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hace 1 mes
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La Filbo celebra este miércoles la obra de Albalucía Ángel

A propósito, publicamos una mirada a su más reciente libro “¡Oh gloria inmarcesible!”, publicado por Ediciones B.

Albalucía Ángel se ganó un lugar en la historia de la literatura colombiana con “Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón”. / Foto: Edgar Céspedes

Desde el título se juega con el primer verso del himno nacional de la República de Colombia, un emblema nacional que, como Colombia es pasión y Magia salvaje, habla de la identidad de este país: el país de lo imposible. ¡Oh gloria inmarcesible!, el único libro de cuentos de la escritora pereirana Abalucía Ángel (1939), llega en su segunda edición –gracias a Ediciones B– a la trigésima versión de la Feria del Libro de Bogotá.

Este libro de cuentos, que narra en pedazos las historias violentas y negadas de un país perdido, nos recuerda eso que Luisa Valenzuela dijo hace ya varias décadas: que sólo pecando pareciera el hombre poder acercarse a la gloria. Pues, al parecer, esto mismo pensaron los narcotraficantes que en julio de 1976 protagonizaron el escándalo de los 28 kilos de cocaína descubiertos en tarros de café. De esta y otras tantas ironías colombianas salió la antología.

Los treinta y cuatro relatos cortos se publicaron en 1979 por primera vez bajo el sello del Instituto Colombiano de Cultura, quien un tiempo atrás había otorgado a Ángel el premio Vivencias de novela. La apuesta de entonces con esta antología de cuentos era la misma que se hace hoy, casi 40 años después, en su nueva edición: demostrar la calidad literaria de la escritora pereirana, evidenciar la importancia que ha cobrado la mujer dentro de la literatura nacional y darle voz alta a esas historias que conforman la patria oculta que llevamos dentro.

Después de una de sus esporádicas visitas a Colombia, y con el oído y la pluma aguzados, Ángel viajó a Cadaqués, España, en donde terminó los cuentos en 1977. Tal vez la lejanía de nuestro ruido violento le dio la agudeza de quien mira con detenimiento, crítica y sentimiento un cuadro de Goya. Colombia le resultó así un escenario opaco y de trazos truncados que contaban la historia de terror del país más feliz del mundo.

Con la fluidez propia de toda su obra, ¡Oh gloria inmarcesible! evidencia una técnica de escritura libre, la cual dialoga de la manera más creativa con los grandes relatos costumbristas del siglo XIX, y a la vez con la frescura y contundencia propias de la modernidad latinoamericana. Cada cuento es una verdadera fiesta del lenguaje, donde distintos narradores y personajes –muy a la manera de Virginia Woolf y Clarice Lispector– nos conducen por regiones, paisajes e historias que provienen de preguntas y búsquedas vitales de la autora misma. Preguntas que se hace, aun hoy, como mujer, como escritora y como colombiana. Así pues, su calidad literaria, esa donde se encuentran el fluir de conciencia, de pensamiento y las libres asociaciones, es también una forma de recorrido por todas las posibilidades humanas.

Y dentro de esas posibilidades está, para Ángel, la reinvención de lo que significa ser mujer en un país que ha mantenido nuestras voces y palabras al margen de sus decisiones. Al escribir cuentos como “Colombina, la golosina de verdad”, “Lloran los guaduales” y “El guerrillero” la autora se sumerge en la política y le hace fisuras a esa tradicional división de mujer/hogar y hombre/espacio público y político. Valga decir, toda una revolución de época en nuestra república de júbilo inmortal.

Cada uno de los cuentos de ¡Oh gloria inmarcesible! es la evidencia de una apuesta ficcional novedosa que tematizó la violencia, el autoritarismo y la censura de la sociedad colombiana. Pero además, es la prueba del ingenio de una Albalucía autodidacta y revolucionariamente feminista. Cada relato se distancia de los modelos masculinos sociales y literarios que hasta los años setenta restringían al hombre la lucha armada y la política, mientras que mantenía a las mujeres en asuntos “menos sangrientos” y más introspectivos. Sin duda, esta apuesta narrativa de Ángel es lo que imprime al libro un carácter transgresor tanto de las temáticas como de la forma; trasgresiones que aparecen en la mezcla de lo violento y lo erótico, de la fusión entre el dolor, el sexo, la raza y la guerra.

Como testimonio de ese terreno ganado a pulso a través de su literatura, Albalucía le dio voz en cada cuento a esas historias que conforman la Colombia oculta. Con ironía, Ángel nos pone ante un espejo hecho de palabras donde se refleja en mínimos detalles, y con un aire de cotidianidad, este país doloroso y dolido que fue, es y seguramente siga siendo uno que entre cadenas gime.

Las historias de los cuentos de esta antología tienen la misma vigencia que una noche de sexo, pues de ellas se desprende un cansancio bochornoso que, lo mismo que un polvo, deja ganas de seguir muriendo o de huir. Esta sensación es producto de una habilidad narrativa que en cada palabra contienen la mezcla de la sangre, el amor, el miedo, la muerte y el fracaso; elementos todos de un universo narrativo que con magistral retórica nos viene mostrando, desde hace décadas, el paisaje caleidoscópico que es Colombia.  

El cuento que da título al libro no se refiere a la gloria inmarcesible del himno nacional, pues la gloria de la cual la escritora habla no es la de la exaltación de los héroes de la patria.  Los 28 kilos de cocaína descubiertos en tarros de café eran cargados en un buque que encalló varias veces en puertos de Estados Unidos: el buque Gloria, y esa es la inmarcesible de la que habla Albalucía Ángel. Este cuento de la antología está construido con recortes de prensa en donde Ángel refleja con la audacia de su talento la realidad de un país conflictivo y violento.

Nada más paradójico y sarcástico que sea en tarros de café colombiano, el mejor del mundo y símbolo de la productividad colombiana, en donde los narcotraficantes camuflaron la cocaína que iba a ser exportada en el buque Gloria. Más paradójico y sarcástico aun, que la historia siga vigente, que sigamos creyendo que el pecando –donde tiene el trono las violencias y la muerte– siga siendo la única forma de acercarse a la gloria.

¡Oh gloria inmarcesible! sumerge a los lectores en una sensación de júbilo inmortal: júbilo porque abre ventanas para ver esas otras historias de nuestra patria perdida, e inmortal porque esa, como la soledad de García Márquez, pareciera ser la condena de nuestros múltiples fracasos.

 

 

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