La flauta (Cuentos de sábado en la tarde)

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Esa mañana de ensueño y melancolía amaneció sacudida por un aguacero que azotó toda la Sabana. Al soñar que cesaban el arrullo de los laúdes y el diluvio me desperté. Ya el aire se estaba despejando. Pude respirar un viento fresco y desde mi ventana ví las aves levantando vuelo a medida que el sol empezaba a calentar con su usual esplendor de fin de año. Me dirigí al comedor y mientras tomaba el desayuno con chocolate caliente alcancé a escuchar a través del postigo del balcón los caballos del general Murillo bajando a galope por la calle Florián.

Papá regresaba de su acostumbrada cabalgata a la que yo no me había unido esa mañana por la lluvia que caía.  Me asomé al balcón para verlo entrar con ese sonido marcial de los cascos de los caballos golpeando las piedras húmedas del zaguán al ritmo del fino trote.

Después de darse un prolongado baño y terminado el generoso desayuno santafereño que lo reanimaba, papá me acompañó en su carruaje vinotinto hasta la academia de música, dirigida por el profesor Wilson. Estaba ubicada en una bella casona colonial de la calle Coliseo, no muy lejos del recién inaugurado teatro Colón.  Mis memorias de aquellos días son algo confusas porque en medio de la inmensa alegría que sentía por mi primer encuentro con un conservatorio, al tiempo nos tribulaban en el hogar las vejaciones de años vividos bajo un telón lúgubre de gobiernos autoritarios aupados por la ira sacramental de los púlpitos. La convulsionada primavera burguesa que había vivido Bogotá desde mediados de siglo, y en la que prosperaron lúcidos retoños de arte y de ciencia, a pesar del costumbrismo monacal, de repente se veía truncada por la irrupción violenta de la guillotina constitucional del 86 que decapitaba el frágil Estado federal de la Unión. Fue un golpe contundente contra el intento histórico de los gólgotas burgueses, entre ellos mi padre, de modernizar la nación  por la vía del liberalismo político y económico.

A medida que cruzábamos por el barrio Santa Clara para desembocar en la calle de las Águilas, sentía que la villa aún conservaba ese espíritu romántico, pero su monotonía era asfixiante, con sus casas de arquitectura colonial y las fastuosas edificaciones republicanas de estilo neo-clásico como el Capitolio y el Colón que comenzaban a darle cierto aura de ciudad cosmopolita. Era una estética caótica y en muchos aspectos sofisticaba pero sumida en una letanía de resignación y algo de fatalidad. Pensaba para mis adentros que quizás el eterno retorno de las guerras no la dejaban levantarse de ese estado de postración. Al andar con papá por sus calles arborizadas, con las mansiones donde de cada ocho en cuatro sonaban pianos, al cruzar por los cafes y los tertuliaderos algunos de ellos clandestinos o al entrar en alguna chichería de los barrios periféricos de Egipto o las Cruces  sentía de repente en mi esencia la necesidad y el impulso de un día alterar con mi intempestiva  virtud  el aletargamiento de una apatía que me contagiaba.

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Pensaba en la generosidad de papá mientras lo observaba de reojo, con su mirada severa y sus barbas blancas que le recorrían como senderos nevados por el mentón, cubriéndole su cicatriz. Él era para entonces ya un curtido militar de farragosas batallas, soportando en casa el exilio político impuesto por  la derrota estruendosa de una utopía liberal que quedaba errante y extraviada en los laberintos del destino. Un hombre austero, enigmático, a quien su piel y carácter le habían quedado tatuados por los signos de la desgracia que deja la pólvora. Tenía en su garbo  la elegancia ágil de quien ha demostrado en duelo la destreza de ser invencible con el sable. Una esquirla de bala le había cicatrizado la mandíbula con la silueta de una cruz maltrecha, señal que más parecía el sino trágico de los patriarcas federalistas. Durante la Guerra de las Escuelas de 1876, una explosión lo había dejado también cojeando por el resto de sus días. Desde entonces se había aficionado a coleccionar cuanto bastón le atrapaba su exigente gusto. La mayoría de ellos finamente labrados con maderas exóticas que los artesanos de los Mártires y las Nieves le arrancaban a alguno de nuestros fascinantes bosques.  Los tenía exhibidos en las paredes  y algunos estaban arrimados en los rincones de su amplia biblioteca, abigarrada de libros, medallas y revistas. Sobre el escritorio de caoba estaba su mejor compañera y contertulia de todas las tardes, la máquina de escribir.

Tenía aún los hábitos y las maneras propias del disciplinado oficial en un campamento militar, pero para mi satisfacción de primogénito, ese rigor contrastaba con la desbocada ternura que le brotaba natural en el ámbito íntimo del hogar.  Desde muy niño me había enlistado en  sus cabalgatas matutinas con un caballo azabache que escogió especialmente para mi tamaño y era un placer madrugar en su compañía para ver el amanecer desde la cima de los cerros tutelares de Bogotá. Al regresar extenuados, él se escabullía taciturno a buscar la mecedora de la biblioteca para leer algunos de sus autores predilectos entre los que se destacaban Zolá, Victor Hugo y Baudelaire.  No era entonces difícil percibir la deshonra que sentía de vivir bajo el yugo de una república vestida de sotana, represora de todo cuanto él concebía como una sociedad ilustrada. Pero su estirpe era la de un león a pesar de las heridas en su flanco izquierdo. Los principios laicos y seminales inspirados en la revolución francesa de 1848, habían quedado sepultados por el fanatismo religioso de una doctrina política sustentada en el orden y la jerarquía monárquica. Las libertades de opinión y de prensa que habían enaltecido especialmente el semblante ateneniense del olimpo criollo, sufrieron una reacción espartana por parte de la Regeneración, hasta quedar legalmente demolidas por la furia vengativa de obispos y gramáticos.

Durante el olimpo radical un tío de papá había llegado a ser presidente de los Estados Unidos de Colombia, y había forjado su carrera política hasta llegar a la primera magistratura, no precisamente por su tímida y neutral oratoria sino por la brillante sindéresis y explosión de su pluma. Menciono esta anécdota del tío abuelo para destacar que por entonces el periódico representaba la más beligerante y atractiva tribuna para debatir con toda libertad la enciclopedia de ideas y de textos literarios que  maduraban con brío en las conciencias de élites urbanas y de gremios de artesanos.  Para los radicales del federalismo no podía concebirse una libertad moderna y un Estado representativo del pueblo sin libertad de prensa. Era esta la espina dorsal del sistema republicano. Una sociedad cuyos habitantes son lectores de la realidad social y política en ese libro abierto de pocos pliegos y olorosas inquietudes  que es el periódico, tiene ya en su haber un embrión de elementos e inteligencias para tejer una ciudadanía consciente y capaz de imaginar un proyecto político de nación. Pero para llegar al entendimiento de las narraciones del periodismo había que llegar primero a la educación básica y universal. Y ese era un privilegio crítico que había sido consagrado como derecho fundamental y obligatorio por el federalismo del Olimpo, pero rescindido por la constitución que nos regía desde 1886.

A partir de  ese día de diciembre no sólo dispondría del privilegio de saber leer y escribir en medio de un mar de analfabetismo que nos postraba, sino que además gracias a la generosidad de mi padre y a una adivinación premonitoria sobre mis virtudes artísticas hacía mi ingreso formal a una nueva cosmovisión de la vida a través del arte. A pesar de mi temprana edad mi pasión por la música era innata.  Mis padres eran dos melómanos de gustos coincidentes por la música clásica, la ópera y los aires románticos de la música colombiana. Hacía pocos meses habíamos asistido a la magnífica inauguración del Teatro Colón donde tuve la fortuna de alucinar con la ópera Hernani de Giuseppe Verdi, interpretada por la compañía italiana Azzalli. Desde ese momento el instrumento de la orquesta que más cautivó mi delirio por su sonido encantador fue la flauta traversa. El romanticismo  que manaba de ese instrumento estupendo fue el que me llevó a tomar la decisión de compartir con mis padres mi apasionada atracción por la música. Para mi sorpresa la noticia les cayó de muy buen agrado a ambos, quizás porque era la oportunidad de explorar una veta artística como catarsis al oscurantismo estético en el que nos tenía sumidos la represión del estado de sitio permanente. Me llenaba de ilusión la posibilidad de un día llegar a impregnar las tiendas, las casonas, las tertulias con las voces alegres de mi flauta, celebrando la inspiración espontánea del poeta  que le canta al amor y a la danza que vuelve alegre armonía la inexorable diferencia de dos desconocidos.

Mi primer instrumento musical fue entonces una estupenda flauta traversa que adquirieron mis padres en la casa musical de los Conti. Un tiempo antes de entrar a la academia de música, en el San Bartolomé había descubierto el disfrute inmenso que me provocaban las clases de solfeo con el veterano maestro italiano Oreste Sindici. Ya matriculado en la Academia habría de conocer a mis dos grandes maestros del piano, los profesores Honorio Alarcón y Morales Pino. Para entonces la música producía estertores por mis venas, y las líricas de bambucos y pasillos nacionales que relataban poesía romántica o gestas de nuestra independencia  me las memorizaba con pasión. Con la flauta me gustaba musicalizar estrofas que de Pombo había memorizado de niño, como la estrofa de la batalla de Ayacucho relatando el heroismo de Córdova al sellar la independencia suramericana: “También el bambuco fue música de la victoria y aunque lo olvide la historia, yo se lo recordaré: Él a Cordova marcó su paso de vencedores y de los libertadores la hazaña solemnizó”. Papá se sabía de memoria todas estas coplas de bambucos y pasillos que acostumbraba a cantar durante las largas y solitarias campañas de guerra. Cuando las cantaba al anochecer en sus horas de melancolía frente al calor de la chimenea yo aprovechaba para copiar las letras y así fui acumulando un nutrido archivo de música popular colombiana.

En casa teníamos un gramófono que mamá había importado para el café Rosa Blanca a través de un primo en Marsella que trabajaba con una exportadora francesa y hacía negocios con alguna de las casas comerciales de Honda. Me deleitaba escuchando el sonido de sinfonías, óperas y zarzuelas europeas. Los vals franceses y alemanes eran una atracción especialmente alegre en casa y en el café porque mamá era una talentosa bailarina de este ritmo. Con su medio saltado en punta de pies al estilo francés o deslizándose en círculos al estilo vienés. En las veladas privadas en casa o cuando espontáneamente se encendía la fiesta en el Rosa Blanca los asistentes éramos testigos de toda la teatralización que se configuraba al compás de los vals, los pasillos y las polkas mientras las parejas coqueteaban y reían en medio de valencianas, finos licores y elegantes vestuarios.

Naturalmente ese había sido también el ritmo popular por excelencia que bailaban en los bares y las calles en los tiempos revolucionarios contra las monarquías europeas. Era sin duda una manifestación cultural de la libertad de las conciencias y de los cuerpos.  Aprendí que el vals era especialmente alegre y que ante la tentación de bailarlo sucumbían por igual aristócratas y campesinos.  Algo de esta  influencia alegre y estival veía en nuestros aires populares cuando los jueves santos algunos polkistas y pasillistas se mezclaban entre la romería para alegrar la celebración con sus maravillosos ritmos improvisados, ante el deleite y aplauso de los transeúntes.

Pero siempre quedaba con las inquietud de escuchar en ese aparato inverosímil alguno de los bambucos y pasillos que papá tarareaba y que con gran mística y talento interpretaban los juglares de nuestros pueblos tanto en tiempos de guerra como de carnaval.  Desde entonces me surgió la obsesión por escuchar algún día reproducidas las notas de la música nacional y de nuestro músicos populares intepretándonos a nosotros mismos, no solo en los gramófonos sino en los escenarios de las salas y los teatros del mundo. Así nació mi utopía y mi razón de ser para la música colombiana.

Las circunstancias políticas y sociales eran adversas a mis ideales juveniles. Vivíamos bajo un régimen que aferraba sus garras al poder del oscurantismo provocado por el miedo y la monotonía del statu-quo. El Estado y las normas sociales eran regidas por los imperativos de una moral aparatosa ante la que el individuo debía abdicar sus derechos y libre albedrío para someterse a la voluntad divina. De esa misma divinidad emanaba la autoridad legítima del Estado. Para los regeneradores que nos controlaban, la soberanía del estado no residía en el ciudadano ni en el pueblo sino en Dios. Él ordenaba la sumisión y resignación a la sociedad pastoril, hacendaria, dogmática e injusta.  Una danza seductora, un baile  sensual, una palabra crítica, un ensayo liberal, un poema erótico podían ser un intento pecaminoso por subvertir el orden establecido, una amenaza al Estado confesional. La libertad de cultos, el pensamiento ilustrado, el liberalismo, la ciencia y la racionalidad moderna eran todos elementos contaminados de pecado por el hecho de no coincidir con los mandatos del Partido Conservador y de los jerarcas de la Iglesia.

Mis ideales de libertad individual y de goce colectivo a través del arte se enfrentaban pues a los rigores de una élite temerosa de la libertad de pensamiento y  de la inevitable influencia de los movimientos sociales que sacudían el mundo como consecuencia de las revoluciones industrial, americana y francesa. Estas circunstancias sin duda forjarán y definirán mi creación artística y mi conciencia política. Desde esos días de temprana rebeldía  tuve entonces claro que aunque se apresaran las mentes libres y se amoradazara la prensa,  jamás aceptaría como natural e inamovible un orden donde se asumía que las “riquezas ya estaban justamente distribuidas y los derechos debidamente nivelados”, según lo predicaba el ideólogo y constituyente Miguel Antonio Caro. Mi sensibilidad artística comenzó a inspirarse en el reconocimento del otro, en la empatía con el otro, en el entendimiento de que mi identidad con el otro define mi ser y la ética de mi responsabilidad como ciudadano. Aceptar la desigualdad y la pobreza como necesarias y permanentes para permitirle la satisfacción moral de la caridad al poderoso, era un estado de cosas inaceptable contra el que me opondría sin pausa con mi creación y militancia como artista comprometido.

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