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La Gran Colombia y la Gran Holanda: una relación entre sueño y realidad

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Presentamos el primer capítulo del libro sobre las relaciones entre La Gran Colombia y La Gran Holanda, cuyo epicentro fue Curazao, del escritor e historiador Sytze van der Veen, recientemente lanzado en la feria del Libro de Bogotá.

Colombia y Holanda tienen en común el haber alcanzado la independencia a expensas de España. Con una diferencia de dos siglos, en ambas se establecieron repúblicas, y cada una de ellas determinó una fase del ocaso del poderío español a escala mundial. La República de los Países Bajos Unidos marcó el inicio de dicho proceso en el siglo XVII; la República de Colombia el final, entre 1810 y 1825. Unos años antes de que en Colombia se proclamara la república, Holanda se convertía en un reino.

Las relaciones entre ese Reino de los Países Bajos incipiente y la recentísima República de Colombia conforman el tema de este libro. A fin de distinguir a estos Estados de sus sucesores más pequeños, se les antepone el adjetivo «gran». La Gran Colombia existió de 1819 a 1830 y abarcaba los territorios de las actuales repúblicas de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador. La Gran Holanda existió de 1815 a 1830 como la unión de Holanda, Bélgica y Luxemburgo. Estos dos grandes Estados se disolvieron en 1830, una coincidencia que no fue producto de sus relaciones mutuas, aunque sí les puso fin. En la historiografía latinoamericana, «Gran Colombia» es el término habitual para distinguir a esta extensa república de su sucesora menguada. Por analogía, podemos usar «Gran Holanda» para distinguir al histórico Reino Unido de los Países Bajos de su continuación, reducida a la mitad después de 1830: el Reino de los Países Bajos actual o, simplificando, Holanda.1

Años de fechorías liberales

A ojos de los contemporáneos, la insurrección de las colonias españolas en América supuso una revolución «liberal». Ese término no tenía por aquel entonces un significado bien definido, por lo que debe manejarse con cierta prudencia. La proyección indiscriminada al pasado de premisas liberales del presente conduce a una distorsión anacrónica. El liberal de principios del siglo XIX es un ser ambiguo, que se debate entre el ansia de renovación y el conservadurismo. Un día se hace pasar por un conservador de mente amplia, y otro día por un revolucionario empedernido. A falta de univocidad, el término se presta a mucha confusión. El rey Guillermo I y Simón Bolívar, los protagonistas de esta historia, se consideraban a sí mismos liberales. Sus adversarios políticos hacían lo propio, considerándolos a ellos conservadores. Hacia 1820, el término «liberalismo» se puso en boga para referirse a un amplio espectro de ideas más o menos progresistas. A la derecha del espectro liberal se encontraban los ciudadanos que no habían olvidado los excesos de la Revolución francesa y se espantaban ante nuevos experimentos democráticos. Su liberalismo se restringía al constitucionalismo: podían conformarse con el orden posrevolucionario, suponiendo que una constitución los protegería contra la arbitrariedad del monarca y que en el plano económico podrían seguir haciendo de las suyas. Estos ciudadanos liberales moderados tenían en poca estima a los radicales que se manifestaban a su izquierda y seguían insistiendo en ideales de libertad e igualdad. Los liberales de izquierda aspiraban a reformas que a ojos de los de derecha socavaban el Estado y la sociedad. Entre esos dos extremos, cualquier graduación de liberalismo resultaba posible.

El liberalismo tenía en esos años de fechorías una potencia revolucionaria, aunque no todos los liberales fueran revolucionarios, ni mucho menos. Este matiz escapaba a los estadistas conservadores que llevaban la batuta después de 1815. Tendían a meter en el mismo saco a liberales de variado plumaje, considerándolos un peligro para el orden «legítimo». Durante quince años, la legitimidad sirvió de pauta ideológica de la política europea. El dogma pretendía tener un origen metafísico, pero no iba mucho más allá de la defensa del statu quo. Los pragmáticos jefes de gobierno de la Restauración aspiraban más a evitar una recaída revolucionaria que a restablecer una situación prerrevolucionaria. Esto último tampoco tenía mucho sentido, pues después de 1815 el mundo ya nunca sería lo que había sido antes de 1789.

Por temor a un caos renovado, los poderes dominantes se esforzaron por contener las manifestaciones liberales. Considerada con más detenimiento, la calma aparente de la Restauración resulta ser más bien una tensión contenida. Nunca el mundo fue testigo de tantos intentos de revolución como en los años que van de 1815 a 1830. No solo en Latinoamérica tuvieron lugar revoluciones «liberales», también en España, Portugal, Italia, Grecia, Bélgica y Polonia. Los responsables de mantener el orden legítimo intentaron por todos los medios contener la creciente marea democrática. Supieron sofocar temporalmente las revoluciones en el Viejo Mundo, pero no lograron controlar las desatadas en el Nuevo.

A la larga, también en Europa la represión sirvió de poco, pues el liberalismo se expandía pese a todo. Gracias a la Revolución de Julio de 1830, en Francia el liberalismo llegó al poder en su forma moderada. En el transcurso del siglo XIX perdió su aspecto revolucionario, a medida que fue evolucionando más y más hasta convertirse en el ideario de la ciudadanía acomodada. Después de 1848, el liberalismo se transformó en la ideología del orden establecido, mientras el socialismo se hacía cargo de la antorcha de la revolución.

República y reino

Las colonias españolas en América se declararon repúblicas de signatura liberal. Para los conservadores contemporáneos, se trataba de un pleonasmo. A su entender, la legitimidad era sinónimo de monarquía, mientras que una república era producto de una falta de legitimidad. Después de 1815, las repúblicas olían a revolución, por más que Napoleón le hubiera dado a la Revolución francesa un giro monárquico y hasta imperial. Precisamente debido a la forma de gobierno republicana, la independencia del Nuevo Mundo representaba un obstáculo insalvable para el Viejo. Las repúblicas sudamericanas eran consideradas un estallido de la revolución que en Europa acababa de reprimirse. Este inconveniente ideológico no se aplicaba a Brasil, que se independizó en 1822 en forma de imperio bajo un príncipe de la casa real portuguesa (y como tal existiría hasta 1889, cuando acabó convirtiéndose en república). Gracias a su aspecto monárquico, Brasil podía ser reconocido sin problemas por las potencias europeas.

En cambio, el reconocimiento de las repúblicas de habla hispana equivalía a una blasfemia legitimista. Debido a su fama revolucionaria, Hispanoamérica era un tabú ideológico, si bien desde el siglo XVI estaba catalogada al mismo tiempo como un símbolo de riqueza legendaria. El ocaso del Imperio español activó en el imaginario europeo el mito de El Dorado. Una representación exagerada de los tesoros del Nuevo Mundo hizo que la codicia estuviera reñida con la ortodoxia ideológica. La creciente tensión entre corrección política y afán de lucro comercial se convertiría en un punto de ruptura para la Alianza que conducía la política europea después de 1815. La misma tensión tiñó las relaciones entre la Gran Colombia y la Gran Holanda.

Tanto los liberales como los conservadores veían en el Nuevo Mundo el polo opuesto del Viejo, aunque con una valoración contraria. Ambas perspectivas europeas llevaron a la sobrestimación de las nuevas repúblicas por parte del liberalismo. En efecto, los insurgentes se remitían en parte a la Revolución francesa, si bien la guerra de liberación estadounidense suponía un precedente por lo menos igual de importante. La independencia de Latinoamérica es impensable sin esas dos revoluciones, mientras que, por otro lado, también se remite a menudo a la influencia emancipadora de la Ilustración. Esa relación es teóricamente plausible, si bien la repercusión de las ideas ilustradas en la realidad latinoamericana es difícil de medir. Los intelectuales que tomaron la iniciativa abrigaban ideas europeas, pero los mulatos o indios iletrados que integraban el ejército de liberación de Bolívar tenían poca afinidad con la Ilustración.

Los nuevos Estados honraban principios democráticos y enarbolaban estandartes de libertad e igualdad, aunque a menudo se quedaban cortos al llevar a la práctica sus ideales. Del mismo modo que la República de los Países Bajos no se convirtió en el siglo XVII en la teocracia que algunos calvinistas ortodoxos habían imaginado, las repúblicas de Sudamérica no llegaron a ser las utopías liberales con las que algunos radicales europeos soñaban. Con todo, su forma de gobierno se basaba en ideas como soberanía popular y representatividad del gobierno. La abolición de la esclavitud fue otra conquista liberal: una medida que tanto Estados Unidos como Holanda no adoptarían hasta entrada la década de 1860.

Los holandeses que se presentaron en Bogotá a partir de 1825 gustaban de referir a la lucha común contra España. ¿No se habían liberado sus ancestros de la tiranía española igual que los colombianos? La comparación resultaba simpática como introducción, pero desde el punto de vista histórico cojeaba. Los señores que buscaban acercarse a Bolívar no representaban a la República de los Países Bajos, sino al reino homónimo surgido en 1815, cuatro años antes de que se proclamara la República de Colombia.

También dicho Reino de los Países Bajos era el resultado de una guerra de liberación, aunque de proporciones menos épicas que la de su predecesor republicano o de la Colombia republicana. Como veremos, su nacimiento se debía más bien al hundimiento del imperio napoleónico. Visto el ocaso simultáneo de la Gran Colombia y la Gran Holanda en 1830, resulta tentador pensar que tanto este reino como aquella república estaban condenados al fracaso. Esa suposición resulta infundada: en la década de 1820, ambas podían presentarse como Estados viables. Y en ambos casos era impensable hacia 1825 que dentro de unos años irían a parar al estercolero de la historia. Al contrario, en ese momento su situación respectiva generaba esperanzas absolutamente alentadoras para su posterior desarrollo.

Ese auge del optimismo duró poco, pues más o menos al mismo tiempo aparecieron en el horizonte a ambos lados del océano sendos grupos de revoltosos separatistas. Las fuerzas centrífugas se impusieron en ambos Estados y causaron en poco tiempo su desintegración. La cómoda sabiduría a posteriori extrae de ese fracaso la conclusión de inevitabilidad, con base en una lógica que explica la causa partiendo de la consecuencia. Volviendo la vista atrás, la Gran Colombia y la Gran Holanda parecen engendros utópicos sin posibilidades de supervivencia, pero en ambos casos el desenlace podría haber sido distinto si la coyuntura política en momentos decisivos hubiera sido diferente y los protagonistas hubieran dado cuenta de una mayor buena voluntad o sentido común.

Curazao como conexión

Los primeros capítulos de este libro describen el advenimiento de la República de Colombia y del Reino de los Países Bajos, poco antes de que entraran en contacto. La interacción entre dos Estados puede describirse en términos de fuerzas impersonales, pero en este caso esa aproximación mecánica está fuera de lugar. La Gran Colombia estuvo dominada por Simón Bolívar, primer y único presidente de esa república; la Gran Holanda, por Guillermo I, primer y único rey de ese reino. Ambos se identificaban en tal grado con sus respectivos Estados, que sin ellos ni la Gran Colombia ni la Gran Holanda habrían existido. En ambos casos, la personificación es más que una figura retórica.

Las relaciones entre ambos países tuvieron su origen en el hecho de que Guillermo I buscó acercarse a Bolívar. La carga ideológica de la independencia hispanoamericana obligó al rey a operar de forma prudente, con un margen de maniobra determinado por la posición dependiente de su reino en Europa. La política holandesa hacia Colombia estaba íntimamente ligada a las reacciones europeas ante la independencia de las colonias españolas. Por eso, es necesario hacer una excursión a la política internacional previa al momento en que los primeros cónsules holandeses puedan partir para Colombia. Sobre la base de sus informes se describen los acontecimientos internos de la República.

Se pide al lector cierta flexibilidad, pues el relato va saltando una y otra vez entre Colombia y Holanda. El paso intermedio en la rayuela transatlántica lo constituye la isla de Curazao, situada por aquel entonces frente a la costa de Gran Colombia y desde 1830, tras la división de la madre república, frente a la de Venezuela. En cuanto colonia holandesa, Curazao conformaba un nexo natural entre el recentísimo reino y la recién creada república. Los contactos entre Colombia y Holanda se desarrollaban a través de Curazao, que en la visión de Guillermo I debía convertirse en el centro comercial holandés para Latinoamérica. Además, ofrecía la posibilidad de evitar las sensibilidades que suscitaba el reconocimiento de Colombia: a través de Curazao, Guillermo I podía ejercer política exterior en un disfraz colonial. La isla era esa pequeñez que unía a las dos grandezas.

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  1. Este libro se basa en documentos que se conservan en el Archivo Nacional de los Países Bajos, en La Haya, indicado en las notas como anpb. Se han consultado, en primer lugar, el archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores (anpb/rree) 1813-1870, acce-so 2.05.01; el archivo de la Secretaría General del Estado (anpb/sge) 1813-1840, acceso 2.02.01; el archivo del Ministerio de Colonias (anpb/col) 1814-1849, acceso 2.10.01, y los archivos de Curazao, Bonaire y Aruba hasta 1828, acceso 1.05.12.01, y después de 1828, acceso 1.05.12.02 (anpb/cba hasta 1828 y cba después de 1828, respectivamente). De modo incidental, se han consultado en el anpb el archivo de la Legación de los Países Bajos en Gran Bretaña 1813-1850, acceso 2.05.44; el archivo del Consulado de los Países Bajos en Trujillo 1826-1834, acceso 2.05.15.16; la Colección Paulus Roelof Cantz’laar, acce-so 2.21.183.15; la Colección Johannes van den Bosch, acceso 2.21.028; la Colección Anton Reinhard Falck, acceso 2.21.006.48; y la Colección Van Lansberge, acceso 2.21.103. Para los capítulos que describen los acontecimientos internos de Colombia, se han consultado, asimismo, documentos del Archivo General de la Nación (agnc) en Bogotá, provenientes del Ministerio de Relaciones Exteriores (mre). Los títulos completos de los libros o artícu-los mencionados de forma abreviada en las notas pueden consultarse en la bibliografía; en caso de tratarse de referencias únicas, dichos títulos se presentan completos en las notas, con lugar y fecha de publicación. Respecto al término «Gran Holanda» como analogía de «Gran Colombia»: los historiadores Pieter Geyl y Carel Gerretson utilizaron en los años 1930 la noción de «Gran Holanda» para subrayar la unión cultural entre Ho-landa y Bélgica. Lo mismo hicieron más recientemente Ernst Kossmann y Niek van Sas.
Traducción de Diego J. Puls

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Sytze van der Veen es un historiador holandés que desde Ámsterdam trabaja como editor de la revista Boekenwereld (El mundo de los libros). También es investigador y escritor independiente. Recientemente publicó el libro La Gran Colombia y la Gran Holanda 1815-1830 (Banco de la República), en la que describe las relaciones entre la Gran Colombia del Libertador Simón Bolívar y la Gran Holanda del rey Guillermo I. Gran Holanda era la unión de Holanda, Bélgica y Luxemburgo, así como Gran Colombia era la unión de Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador, siendo la interacción entre estos dos ‘superestados’, ambos de breve duración, una historia fascinante y poco conocida. La esperanzadora aproximación de estos gigantes se terminó bruscamente luego de que en 1830 Venezuela y Ecuador se separaran de Colombia, y al otro lado del Atlántico Bélgica se separa de Holanda. Murió Bolívar en el mismo año y desde entonces Guillermo I puso toda su atención en un esfuerzo inútil de reconquistar Bélgica.

 

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