La gripa española en la Bogotá de 1918

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El Museo de Bogotá expone “¡No es la peste!: la gripa de 1918 desde el presente”, una muestra digital que se va construyendo gracias al material de archivo y la interacción de los que, a través de las redes del museo, se interesaron por la historia de la pandemia de hace un siglo.

Estar de pie frente a un cuadro para contemplarlo. Contemplarlo hasta notar algo o hasta sentirlo, lo primero que pase. Contemplarlo detalladamente, en silencio, con una concentración casi imperturbable para el momento en el que la pintura vaya revelando su magia, sus mensajes y su carga. Esta sería una de las formas en las que se podría admirar una obra expuesta en un museo. Esta sería una actitud para acercarse a ella. Y aunque está descrita de una forma exagerada, como si entre lo que se mirara y los ojos se cumpliera la dinámica de un cable que se conecta a un computador con el que se transfiere información, es una de las concepciones que se tienen de la experiencia en un museo. La idea del recinto dotado de obras para admirar presencialmente y en silencio es válida y útil, pero no es la única.

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Para mitigar la propagación de la COVID-19, las obras de todos los museos del país también entraron en cuarentena. Con las puertas cerradas, la idea de acudir al recinto a contemplarlas quedó descartada. ¿Qué más puede ofrecer un museo? Por fortuna, mucho más que las condiciones para una convivencia silenciosa entre el arte y la contemplación. Un museo es también un medio social. Un agente comunicador que, además de prestar su infraestructura para vivir experiencias presenciales, debe generar diálogos sobre el presente. Un lugar que se presta para debatir sobre lo que pasó, sus incidencias sobre lo que pasa y las posibles proyecciones y anhelos de lo que pasará. Un museo es un generador de preguntas.

La exposición “¡No es la peste!: la gripa de 1918 desde el presente”, además de ser una muestra, es una oportunidad para reflexionar sobre las posibilidades de, en este caso, el Museo de Bogotá. Para esta exposición hay que tener celular, internet y redes sociales. En las cuentas de Facebook, Instagram y Twitter del Museo estarán las salas digitales en las que, con ayuda de fotografías, encuestas y videos, hay una narración de lo que ocurrió con Bogotá y la gripa española de 1918.

Hay, por ejemplo, una sala en Instagram llamada “El microbio”. El recorrido se inicia con una encuesta: “En 1918 se pensó que el virus era un catarro. ¿Usted ha confundido los síntomas del resfriado con los síntomas generados por la COVID-19?”. El 65 % de los participantes dijo que sí. Después, aparece una voz que va corriendo en medio de ilustraciones: “No estamos habituados a mirar el catarro como una verdadera entidad patológica. Es una enfermedad familiar netamente doméstica, que a nadie alarma y que hace necesarios los cuidados cariñosos del hogar y le da ocasión a las señoras de desplegar sus conocimientos en yerbas aromáticas y medicinales”, un texto escrito por Armando Solano y publicado en El Espectador el 15 de octubre de 1918. Después, en una serie de historias se habla sobre las enfermedades respiratorias que ya aquejaban a los bogotanos de ese entonces, la tasa de mortalidad y las circunstancias que, en ese momento, pensaban que agravaban la propagación de la gripa: la falta de higiene, mala alimentación y el consumo de chicha.

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En la mayoría de las salas digitales hay interacciones visibles: se etiqueta al espectador que hizo alguna pregunta y se responde con ayuda de gráficas o fotografías de archivo (la mayoría, sacadas de registros de la revista Cromos y el periódico El Espectador). Esta es otra de las particularidades de esta muestra: no está terminada. Desde su lanzamiento, el 11 de abril, hasta su finalización, el próximo 17 de julio, la exposición se irá configurando con las interacciones de los participantes que, desde sus casas, han elegido entre continuar el recorrido como espectadores o convertirse en colaboradores del Museo de Bogotá. La muestra se ha enriquecido con el material y los análisis que los seguidores han enviado.

No tendría sentido comparar la Bogotá de 1918 con la actual. La evolución de su infraestructura, la expansión de sus fronteras y el aumento de sus habitantes convierten a la capital de 2020 en un escenario totalmente distinto. La propuesta es detenerse para preguntarse: ¿cómo lo estamos haciendo ahora? ¿Cómo reaccionamos? ¿Es la solidaridad un valor que prime en estos momentos? ¿Dependemos de los otros y del ambiente? ¿El manejo de este virus tiene que ver con los movimientos políticos que acontecen actualmente?

El morbo, esa pulsión que se despierta cuando se quiere conocer las situaciones crueles, prohibidas o desagradables, podría salir sin tanta atadura en esta muestra, que también recuerda el aumento de los fallecimientos diarios, la dificultad para enterrar los cuerpos y la falta de agua para enfrentar una pandemia. Tal vez el morbo sirva para atraer ojos curiosos que se pregunten cómo fue vivir en aquella Bogotá. Tal vez el morbo sea útil para indagar cómo hicieron para curarse, abrigarse, alimentarse y protegerse del contagio. Tal vez funcione para que, una vez superada la fase curiosa, la información atravesada por los ojos llegue al cerebro, permanezca y se quede dando vueltas. Para que retumbe.

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