“El tiempo es una imagen móvil de la eternidad”
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La historia de un acto de desagravio a García Márquez

Años después de huir de la persecución estatal rumbo al exilio en México, el autor de este relato cuenta cómo se gestó una condecoración al ganador del premio Nobel de Literatura, que este aceptó diciendo: "Claro que sí, sobre todo porque quiero saborear el plato frío de la venganza".

Gabriel García Márquez en la lente de Guillermo AnguloCortesía de Guillermo Angulo

Fabio Lozano Simonelli, el reconocido intelectual y académico Liberal, llamó un día  de marzo de 1978 a mi residencia en Armenia, para solicitarme que le contribuyera con una investigación sobre las dinámicas del mercado agrícola regional.

Había tenido oportunidad de conocerlo en la capital del país y acercarme a su conversación ilustrada a través del Estadista Hernando Agudelo Villa,un pensador de la izquierda democrática de inmensa autoridad política y moral, por cuyas tesis económicas de lucha contra los monopolios industriales y financieros y a favor de la paz negociada fue ignorado en los medios masivos de comunicación y bloqueado en sus legítimas aspiraciones presidenciales por las camarillas decadentes de la política tradicional.

Un mes requerí para concluir la investigación, auxiliado en buena parte por el conocimiento depurado de expertos de la Universidad del Quindío y técnicos del  Comité departamental de Cafeteros. Apliqué, entonces, el modelo de análisis sociológico de Pierre Bourdieu “Teoría de los campos”, en el que la sociedad es observada como un conjunto de "campos" relacionados entre sí y, a la vez, relativamente autónomos.

La base sociológica del estudio, incluía la descripción --a partir de la selección de datos cuantitativos, y la construcción de la representación de un objeto como problema social-- del despilfarro (la paradojal “mala hora”) de la millonaria “Bonanza cafetera”,y el impacto socio-económico de la prolongada batahola colectiva a que dio lugar la inequitativa como temporal producción de la "rubiácea".

La desbordante prosperidad fue a parar a las henchidas faltriqueras de las elites socio-económicas con su alegre irresponsabilidad social y su mal gusto estético. Solo el "ripio" de esa enorme masa monetaria rozó fugazmente  las manos encallecidas de los pequeños agricultores, al tiempo que sus núbiles chapoleras se vieron constreñidas a ejercer oficios nada virtuosos para sobrevivir.

El fulgurante desencanto de la clase media y de los sectores campesinos y populares se dejó sentir: diseminó las estructuras familiares, jerarquizó aún más la escala social y empujó una fuerte oleada migratoria campo-ciudad, que fue pronta y brutalmente atendida con represión militar. La ciudad vio invadidos sus lotes desiertos con familias y etnias necesitadas de abrigo.

Fue un fenómeno visible en las aceras urbanas, en los parques públicos y en las severas patologías sociales, en hospitales y cárceles. Una cicatriz en el mapa sociocultural de la región, que todavía gravita como una turbulencia caótica sobre la comunidad del Eje Cafetero, principalmente en Armenia. Desde entonces, la capital quindiana, viene figurando alternativamente con Quibdó, entre el primero y segundo lugares en las estadísticas de pobreza, desempleo, y suicidios de jóvenes y ancianos en las cuentas que el DANE hace periódicamente sobre estos flagelos.

Con el estudio concluido, desde el aeropuerto Eldorado le telefoneé a Lozano Simonelli anunciándole mi llegada. Se dejaban sentir ya las primeras lluvias de abril y hacía un frío glacial en Bogotá. Entonces me dijo: “Enviaré a mi conductor a recogerte; nos vemos en mi casa, allí tendrás una agradable sorpresa”.

Al llegar a su residencia en el norte de Bogotá, él mismo abrió la puerta y me recibió con un abrazo filial. Su faz rozagante exhalaba una fragancia a lavanda que parecía luchar contra el aire contaminado de las ruidosas avenidas.  Entonces me dijo:

- Mientras ordeno algo de tomar sube a mi estudio. Ya les caigo.

- ¿Les caigo?, ¿quién más estará allí?, me interrogué.

(Quizás quiera leer: Los "informes privados" de Gabriel García Márquez a Guillermo Cano)

En el mezanine, observé los copiosos libros encuadernados,con letras doradas en los lomos, obras maestras de la historia de las ideas, los clásicos griegos, los 32 tomos de la Gran Enciclopedia Británica, toda la ensayística y la poética  de Paul Verlaine, Charles Baudelaire y Holderling (“El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”), y numerosos trabajos sobre la erudición, el conocimiento científico y la investigación académica. Entonces recordé que “el gran Heresiarca” Jorge Luís Borges imaginaba el  paraíso como una biblioteca.

Al centro, un escritorio de cedro reflejaba el fuego crepitante que ondeaba en la chimenea para entibiar e iluminar un desnudo femenino. Su autor, el gran pintor y artista figurativo cartagenero Darío Morales le había dedicado una copia de medio pliego en París, durante la revolución estudiantil de mayo del 68. Un ejercicio de virtuosismo técnico y, al mismo tiempo, una maravillosa expresión estética. El conjunto de ese escenario reflejaba la mente brillante y el conocimiento organizado y profundo de Fabio Lozano.

Al bajar la mirada observé frente a la ventana que da a los cerros orientales de la gran ciudad --donde la bruma se extendía como un páramo en una bifuminación espectral que invitaba a pensar sin límites--, el perfil de una persona de mediana estatura, abundantes cabellos ondulados, coronados por una desvaída tonsura y, sobre su labio superior unos bigotes también azabaches y frondosos. Llevaba un sobretodo de paño escocés encima de una chaqueta blazer azul-marino. Leía --a la distancia de sus manos-- un pequeño libro: Lenguaje y control, de Roger Fowler.

Carraspee deliberadamente y dije con entusiasmo: “Buenos días”. Aun no sabía de quién se trataba.

Al girar, la figura buscó el origen del saludo. No quedaba duda, era nadie menos que el más grande escritor colombiano de todos los tiempos: Gabriel José de la Concordia García Márquez.

La presencia de ese “monstruo” de las letras universales me produjo una agitación que rápidamente se transformó en alegría. Sentí como si hubiese recuperado una etapa feliz de mi vida. Tras saludarme con intimidante cordialidad, al momento de estrechar mi mano y darme palmaditas amistosas sobre el hombro, con suave  acento caribe, me dijo:

- Ajá, ¿tú eres el investigador cafetero, que esperamos?

- Sí señor. Y Agregué “qué alegría conocerlo en persona, maestro”. Y con una frase de su producción le dije: “He leído con gran gozo estético toda su obra, pero nunca releo sus libros porque me dan miedo”.

Gabo se rio con estruendo samario y señalándome con el índice derecho, me dijo: “El logro supremo de la vida consiste en el ejercicio de la libre elección”. Fue química pura, a primera vista.

La genialidad creadora de Gabo, superaba con creces al ficcionalismo literario en boga con su realismo mágico. Su mirada sobre los objetos, las personas y sus contextos históricos era distinta a la de los demás novelistas, a la del común de los estilistas del arte literario.

Esa subjetividad fue la que siempre le permitió observar todo con una penetración más aguda; identificar y aprehender la estética de lo feo y lo sutil en lo descomunal y grotesco, que era lo que atraía a los escritores contemporáneos y alrededor de lo cual construían su espacio narrativo.

En un instante y sin previo acuerdo nos vimos –mientras intercambiábamos opiniones sobre las relaciones de producción y los escasos desarrollos tecnológicos en la zona cafetera-- examinando las obras de nuestra predilección en la gran biblioteca: Gabo, hojeaba “El misterio del lenguaje” de su amigo el filósofo Danilo Cruz Vélez y yo los ensayos del historiador y politólogo Isaiah Berlin.

Percibí que García Márquez no era solo un periodista y un escritor profesional, sino un intelectual y un erudito con pensamiento crítico y vocación científica, siempre procurando –a través de la investigación--, el incremento progresivo de un fondo de saber fiable acerca de las interrelaciones entre una sociedad cambiante y la naturaleza inerte.

En esas llegó Lozano Simonelli y levantó sus pobladas cejas plateadas, que destacaban su nariz, representativa del biotipo histórico de los Lozano.

- A juzgar por la familiaridad en el trato, supongo que ya se conocían, preguntó  Lozano.

- No, pero es como si fuéramos de la misma vereda de Génova, Quindío, donde nació y creció el legendario Manuel Marulanda, Tirofijo, y en donde su contrapunto ideológico y moral Carlos Lehder sembró las semillas del mal, dijo García Márquez.

Allí empezó –precedido de la explicación metodológica de mi informe sobre la economía cafetera--, un espléndido festival de conversación a tres bandas sobre la recomposición ideal del mundo, la historia, la cultura y anécdotas de la biografía particular de cada cual.

De aquel encuentro quedaba claro que la compleja historia política y cultural del último cuarto del siglo XX colombiano apenas se entendería sin las contribuciones periodísticas exclusivas de Lozano Simonelli y de García Márquez en el diario El Espectador.

Lozano Simonelli era, sin duda, un intelectual tan agudo como preciso en su pensamiento; era un ser humano de firme e implacable honestidad. “Un morador de la verdad”, tal como él la veía y la sentía. Hubiera podido ejercer en nuestro país un magisterio intelectual comparable al de José Carlos Mariátegui en el Perú o de Octavio Paz en México. Cada vez que yo leía su prosa recordaba al filósofo de origen polaco Chaim Perelman: “La calidad de un producto intelectual expresa la calidad de la persona que lo realiza”.

Era, por lo demás –él mismo lo manifestaba-- “un novelista frustrado”. Tal era el ritmo de su prosa elegante, circuida de metáforas y contenidas imágenes en su diáfano estilo literario. Este fue el lazo que articuló la estrecha y duradera amistad con García Márquez, por encima de prosapias diferenciadoras.

García Márquez adobaba el animado palique con su sentido del humor portentoso y sutil. Lozano Simonelli, pese a su habitual pesimismo nihilista no se quedaba atrás con sus destellos de humor y genialidad. El eco de nuestras risas resonaba en ese recinto de autores universales y poetas criollos, hasta cerca de las cuatro de la tarde, cuando Gabito anunció su despedida: “Ciao, bambinos: en invierno hasta Dios sale de vacaciones”. Y partió velozmente.

Debía viajar esa noche a Santiago de Chile a encontrarse al día siguiente con un grupo de intelectuales y dirigentes socialistas, antiguos amigos del presidente Salvador Allende que regresaban del exilio tras el sangriento golpe militar del general Augusto Pinochet (el 11 de septiembre de 1973) y ofrecían un homenaje en memoria del poeta Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto o Pablo Neruda: tal como se conocía universalmente“al más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”.

Volvería a ver a Gabo 13 años después, en 1990, tras su precipitada salida del país cuando sus amigos bien enterados (“el mejor servicio de inteligencia que cualquier humano pueda tener son sus buenos amigos” GGM) le habían dicho que corría peligro de ser  conducido a la Escuela de Caballería por el régimen de Turbay Ayala y su instrumento de estirpe fascista, el Estatuto de Seguridad, para ser interrogado sobre sus presuntos nexos con Cuba, la guerrilla del M19 y el tráfico de armas. Fue como soltar en la mesa una granada de fragmentación sin la espoleta de seguridad.

Entonces recordó que en ese mismo sitio –la Escuela de Caballería de Usaquén--, el anciano poeta  calarqueño de 82 años, don Luís Vidales, había sido sometido a una horrenda violación de sus derechos humanos en un plantón toda una noche bajo interrogatorios de susto e inenarrables torturas. Lo mismo le había ocurrido a la escultora Feliza Burstein en un allanamiento a su propia casa en Cali, a quien le fueron a buscar en su dormitorio privado “los polvos perdidos”, y a la brillante periodista Olga Behar, a quien los militares le  prensaron los pezones con una pinza metálica y luego le conectaron electricidad en las heridas palpitantes. Pálido, con las aterradoras noticias, García Márquez decidió irse a México a un exilio -el 31 de marzo de 1981-, que el mundo sensible reprochó con expresiones de indignación. En diciembre de 1982 ganaría el Premio Nobel de literatura.

Sin embargo, la tragedia para muchos de nosotros en el campo de la amistad y la creatividad literaria y periodística no terminaría con el Estatuto de Seguridad. Cuando ya las nubes de invierno presagiaban una nueva tempestad sobre el país, la mirada limpia de Fabio Lozano Simonelli --el intelectual y amigo más cercano a García Márquez en Bogotá--, decidió extinguirse a sus 78 años. Gabo sólo retornaría a Colombia para concurrir a su sepelio y, luego, con mayor frecuencia, bajo el gobierno decente y garantista de Belisario Betancur. 

(Puede leer: El viaje de García Márquez, crónica de una salida anticipada)

El primero de junio de 1990 el alcalde electo del Distrito Especial de Bogotá, Juan Martín Caicedo Ferrer, en el mismo acto de posesión me nombró secretario privado de la Alcaldía Mayor. Ya nos conocíamos, pues cuando Caicedo fue ministro de Trabajo yo desempeñaba la Secretaría de esa cartera ministerial y habíamos establecido una constructiva relación profesional que dio paso a una paz laboral duradera y al proceso de modernización institucional con la OIT.

La asunción de la nueva posición en el Distrito implicaba ejercer de manera paralela --además de las de coordinador del gabinete de secretarios--,las funciones de "canciller de la Orden Gonzalo Jiménez de Quesada´, máxima distinción otorgada a estadistas y personalidades de la ciencia, el arte y la cultura. En tal calidad debía presentar y sustentar las candidaturas ante el Consejo de Cultura y Bellas Artes del Distrito.

Entonces me comuniqué con García Márquez y le comenté mi interés en postularlo. Obviamente le pregunté si aceptaba la presea. Era una forma poco convencional de resarcir el daño reputacional que el sistema político le había infringido al más universal de los colombianos, después del libertador Simón Bolívar.

- Claro que sí, me respondió agradecido. Y agregó: “sobre todo porque quiero saborear el plato frío de la venganza, pues fue allí, durante la alcaldía del turbayista Durán Dussán, en donde se fraguó la conspiración del general Camacho Leyva para conculcar mis derechos y libertades. Pero eso lo comentamos a espacio aquí en mi casa, donde te espero a almorzar este mediodía”.

Un poco antes de las dos de la tarde llegué a su apartamento en el barrio La Castellana. Ya me esperaban su hijo  Gonzalo García Barcha y Verónica, la empleada doméstica, de melodioso acento boyacense.

- Papá está en la ducha, dijo Gonzalo, “pero ya te atenderá”.

A esa hora el escritor concluía su habitual jornada de trabajo creativo, que empezaba todos los días a las nueve temprano en su máquina de escribir Smith Corona.

Doña Mercedes Barcha fue hasta la puerta del baño y le gritó bajito: “Gabo, mijo, ya llegó tu invitado, y aquí en la casa del Premio Nobel no hay nada qué leer mientras sales y lo atiendes (estaban en plena mudanza y el menaje doméstico aún permanecía depositado en cajas de cartón).

- Dile que ya salgo. Dale un vinito, él es de toda mi confianza, dijo García Márquez.

Ya reunidos en el almuerzo, le conté los pormenores de la ceremonia: la Alcaldía postulaba  50 invitados del protocolo oficial entre ministros de Estado y altos funcionarios y empresarios de la ciudad. El condecorado podría llevar 50 amigos.

Por supuesto, yo tenía el listado y lo leí en voz alta. García Márquez iba asintiendo, hasta cuando me escuchó pronunciar el nombre de Andrés Pastrana; entonces se levantó con la agilidad de un felino, y tras golpear (¡plas!) con su mano la superficie de la mesa, advirtió con un mohín de fastidio: “Como dicen los cachacos: ¡Ni pu’ el chiras!”.

Gabo atacaba con la fuerza de un leñador y disertaba con la inteligencia de un filósofo, acerca de cada invitado.Yo taché de inmediato el nombre del exalcalde. Lo mismo ocurrió con el de Hernando Durán Dussán. Y Luego con el de Jaime Castro de quien dijo con sarcasmo. “déjelo ahí. Él dice en todas partes que es muy amigo mío, sin yo saberlo. ¡De todas maneras, allá lo veremos!”.

A las 7 y 30 de la noche de ese mismo día, el repicar de la línea privada me indicó que ya estaba el personaje en el estacionamiento de la Alcaldía. Era el capitán de la Policía, encargado de la vigilancia:

“Aquí hay un tal Gabriel García preguntando por usted, doctor”, dijo el oficial.

- Ya bajo, le respondí con sequedad.

Le pedí a Olga Behar, la directora de prensa de la Alcaldía, que me acompañara. García Márquez y doña Mercedes Barcha se apearon del BMW y emprendimos el camino hacía el salón de actos.

La ceremonia se realizó en la noche del 21 de mayo de 1991. Tras la sesión de fotografías y tomas de tv, García Márquez invitó al eminente profesor y filósofo Guillermo Hoyos Vásquez y al documentalista de cine colombiano Carlos Álvarez Núñez a sentarse junto a él.

El alcalde Caicedo Ferrer pronunció unas sobrias palabras de bienvenida y dio paso a la intervención del Nobel, quien en lugar de un discurso académico escrito con el rigor lingüístico de su artesanía intelectual, hizo una divertida charla improvisada que empezó con una frase de corte platónico: “Amigos todos: El tiempo es una imagen móvil de la eternidad”.

Y agregó: “Me hallo entre quienes consideran que la comprensión del pasado permitirá prever el futuro”. Luego trajo de sus lecturas una expresión del filósofo alemán Jurgen Habermas relacionada con la confrontación  político-militar que padecía Colombia: Lo malo de la guerra radica en que crea más personas malas que las que elimina. Y muy pronto tendremos mandatarios elegidos por la contraguerrilla paramilitar agenciando mandatos fascistas e incendiando el país. (¿Se refería premonitoriamente a Uribe Vélez…?)

Al terminar su intervención, Gabo recorrió todas las mesas, estrechó las manos anhelantes y entregó autógrafos ilustrados con una flor de trébol. Luego se sentó frente al profesor Hoyos Vásquez y abrió el diálogo con una exposición sobre el proceso de la civilización y  las dinámicas de la historia, articulando una secuencia de teorías relacionadas con el tema de la evolución biológica, para lo cual estaba ya investigando en medios científicos con el apoyo de expertos como el sociólogo y antropólogo brasileño Darcy Ribeiro.

Entonces nos preguntó al profesor Guillermo Hoyos a Carlos Álvarez y a mí: “¿A propósito, qué pasó con el profesor Emilio Yunis? ¡Habíamos convenido en encontrarnos aquí!".

- “Tuvo que salir de urgencia para atender un compromiso familiar”, le respondí.

- Lástima --repuso Gabo-- porque quería su orientación sobre un asunto de biología molecular en el que estoy investigando y, según me dijeron en Berlín, Yunis es uno de los más competentes científicos de la genética en el mundo. Aún más, lo que no domine Yunis en la biología de nuestra especie, muy pocos lo han logrado después de Charles Darwin”.

Y en esas, como si le estuvieran leyendo la mente, el "maestro de ceremonias" anunció "la llegada del prestigioso genetista sucreño Emilio Yunis". Éste avanzó –en medio de aplausos-- directamente hasta la mesa de Gabo y le hizo entrega de su manuscrito inédito “¿Por qué somos así?”, Un análisis genético y comportamental del mestizaje de la población colombiana desde el descubrimiento hasta nuestros días.

En este estudio, Yunis explica de qué manera la fragmentación geográfica inicial de las comunidades y la inequitativa distribución de las tierras y los ingresos fueron y son las principales bases del conflicto social y político que vive Colombia. Este factor ha impedido el favorecimiento que reportaría el intercambio de genes, productos y culturas.

El desconocimiento, el aislamiento y la no aceptación del otro, del extraño, del foráneo contribuyen a consolidar las endogamias culturales “que se vistieron luego  con intolerancia religiosa, partidista después, hasta aclimatar  las violencias de todo tipo, con la corrupción y la injusticia al frente”.

(Puede complementar con: Emilio José Yunis, un genetista de mal humor)

Compartimos sin pausas hasta el amanecer. Al despedirnos, me pidió que le hiciera llegar copia de mi estudio sobre el café: “para apoyar una historia que me ha desvelado y que estaba concibiendo a partir de nuestra reunión con Fabito Lozano”.

Gabo había cumplido 65 años de edad (en marzo 6 de 1991). Y su conversación esa noche era la de un hombre feliz y sin prisas. Su regreso a la Colombia que lo vio nacer (desde la hamaca de Aracataca) y crecer biológica e intelectualmente hasta la cumbre del Nobel, le imprimía a su rostro unregocijo inocultable.

* Investigador en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Políticos y culturales, ensayista, columnista,   Autor de los libros “Desastre en la ciudad” y “Grandes Imágenes”, sobre el terremoto de 1999 en el Eje Cafetero.

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Alpher Rojas C* / especial para El Espectador

Cultura

La historia de un acto de desagravio a García Márquez

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