La historia de un loco (Cuentos de sábado en la tarde)

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Les presentamos un cuento escrito porAna María Sánchez, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, integrante del semillero de creación “CrossmediaLab”.

El frío volvió a despertarme esta mañana, preferí meterme bajo mis dos cobijas; en ese preciso instante anhelo –como todas las mañanas- despertar con ganas, pero no es así. Asomo mi cabeza y se me congela la nariz, las mañanas de Bogotá son muy frías; no puedo decir que vaya a ser un día grandioso, simplemente que será uno más. A veces siento que soy muy desagradecido; solo dejo de pensar y vuelvo a dormir.

Una hora más tarde me despierto; quiero mantener una posición optimista y entonces recuerdo todo lo que tengo: una casa gigante, puedo escoger en cuál de todas las camas pasar la noche y casi nunca hay problemas por eso; pocas veces cocino mi propia comida, siempre está lista cuando llego; tengo una familia muy grande, no todos son buenos conmigo, pero no me abandonan, algunos están pendientes de mí y de vez en cuando me dan algo de dinero; siento que ya olvidé mi nombre, porque a mi familia le gusta llamarme ‘Loco’ y me gusta, pues me recuerda que no hago parte de su realidad; tiene sus altas y sus bajas, por ejemplo, me enorgullece saber que no debo andar por toda la casa o la ciudad corriendo de un lado al otro, viviendo de afán y cumpliendo los sueños ajenos; pero también me llena de tristeza: me recuerda que no soy capaz de amar.

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Me arreglo rápidamente, busco una pinta que me dé abrigo pero que me haga ver bien, entonces me pongo una camiseta delgada debajo, porque el clima de Bogotá es impredecible. Me peino, me termino de pispear y me voy a la cocina, veo si ya hay algo para desayunar o si apenas me dejaron algo; para mi fortuna, desayuné dos panes y un café, empiezo a seguir, optimista, respecto a que será un gran día. Camino hasta el Museo Nacional, me siento en una de las bancas y empiezo a ver a las personas, me gusta imaginar sus vidas mientras veo cómo corren de un lado para otro buscando llegar a tiempo a sus trabajos o buscando la dirección correcta, o, simplemente, la razón; a veces me duele verlos y notar que ellos no se dan cuenta de lo afortunados que son, conocen al amor. Ellos saben lo que se siente que te espere tu mamá o tu papá con un plato de comida, ellos saben que al llegar a casa hay alguien esperándolos; ellos tienen un propósito, seguramente uno más grande a no despertar cuando amanezca.

Al cabo de un rato llegan William y Rodrigo, mis compinches, llegaron a salvarme; nos saludamos y nos ponemos a pensar en qué hacer, pero el día está tan frío que no queremos siquiera movernos de donde estamos. Caminamos hasta la Plaza de la Mariposa, allí nos recibe Parcera, se tira encima de mí y empieza a lamer mi cara; Lucía le silba y ella se controla, nos saludamos, cruzamos un par de palabras y las dejamos allí, junto con Rodrigo. Son una linda familia. William y yo seguimos caminando por todo el centro, hablando de las personas, de la vida, del alcohol y del amor; siempre llegamos a la misma conclusión: mi familia tiene razón, estoy loco.

Sobre la Avenida Caracas nos sentamos a tomar un poco del sol que se cuela entre las nubes, un señor sale y nos pide que lo ayudemos a sacar unas mesas de su restaurante, a cambio, nos promete un almuerzo para cada uno. Rápidamente accedemos y ayudamos al pobre hombre; los que van pasando nos miran mal, ya estoy acostumbrado, así que no me importa. Las conversaciones ajenas sobre mí, normalmente, traen un “eso le pasa por tomar malas decisiones”, “pobre hombre” o, simplemente, “ni siquiera Dios lo quiso”; ya me resigné al hecho de que soy el hijo no deseado de esta familia y de esta ciudad. Nunca he tenido la suerte de tener una oportunidad, de aprender algo bueno, de poder darle algo bueno de mí a quienes me rodean, entonces solo me convierto en la persona detestable que todos desean que sea.

Sueño con encontrarme a alguien que realmente me entienda, Rodrigo no puede hacerlo, él tiene a Lucia y a Parcera, y William ya está a punto de dejarme botado por irse detrás de una botella de licor o unos cigarrillos; a ellos al menos algo o alguien los espera, pero a mí solo me espera la desgracia, la mala vida y mi familia que me odia.

Apenas terminamos de organizar las mesas, nos sirven dos almuerzos en una de ellas, me siento a disfrutar de él mientras veo a William desesperado, tembloroso y ansioso por tener un poco de licor cerca; arruinó de nuevo mi almuerzo, así que comí tan rápido como pude, me levanté, agradecí y me marché, no tengo idea de qué hacer en este momento con mi vida, así que solo camino por toda la ciudad, me detengo en algunos momentos y le hago chistes a la gente, me agradan aquellos que me escuchan y se ríen conmigo, me hacen sentir un poquito más vivo.

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Empezó a llover muy fuerte, ajusté mi chaqueta, busqué refugio y me senté a ver la lluvia pasar, toda mi vida pasó por en frente de mis ojos, incluso, aquellos recuerdos que no sabía que existían, entonces la tristeza vuelve a mí, me recuerda lo poco que soy, lo poco que valgo; empieza a atardecer y busco el camino de vuelta a donde sea; escampó y me paré en la punta de un puente vehicular, me quedo mirando hacia abajo, tratando de controlar mis impulsos de arrojarme a los autos, decido orar; escucho la voz de mi padre: “No mires al frente, mira hacia adelante”; abro mis ojos y miro al frente, quedo atónito, sin poder si quiera respirar: puedo creer lo que hay en el occidente: el cielo es azul claro en la parte alta, pero hacia la línea del horizonte es amarillo, las nubes están pintadas de rojo, como si hubieran bajado los mismísimos ángeles a colorear cada una de ellas, está entrecortado, pero todo hace parte del mismo paisaje.

Lloro como un niño pequeño, desconsolado, me abrazo a mí mismo; nunca había sentido tanta felicidad en mi vida, por fin encontré el amor, siempre ha estado delante de mí, pero siempre me enfoqué en ver al frente. Seco mis lágrimas, me levanto, camino unas cuantas cuadras y armo mi cama en un pastizal, no me importa lo mojado que está, me acuesto encima, miro hacia arriba y le agradezco a Dios, jamás había sentido tantas ganas de vivir.

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