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La imagen desnuda de una máquina de escribir

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Una obra del artista Felipe García que nos dice cosas sobre el tiempo, la memoria y el lenguaje.

Esta obra del artista Felipe García (Medellín, 1994) en la que una tradicional máquina de escribir ha quedado petrificada a través de la técnica de vaciado, es un signo visual que nos enfrenta a una paradoja: la máquina hecha para escribir ya no escribe, es ahora un objeto sumido en una quietud infinita gracias al gesto con el que García imposibilitó la función del aparato. El gesto es entonces el acto esencial que da sentido a la obra: el mecanismo ya no opera, el carácter “moderno” del invento que acelera la escritura quedó anulado. Es así como este objeto intervenido o readymade remite a una idea de tiempo contenido; vemos la réplica minuciosa de una máquina, lo que ha hecho el artista es crear una imagen de la cosa, una pausa (una temporalidad congelada) en tres dimensiones; pero lo que vemos ya no es una máquina, es una representación de esta. Y en este punto podemos evocar a René Magritte y su seductora pintura de la pipa, porque con su hazaña Felipe García también nos está diciendo cosas sobre el lenguaje y sus formas de operar. 

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García además nos revela su oficio como fotógrafo, más que una escultura esta obra es una fotografía. La técnica del vaciado le ha permitido la imagen desnuda de la máquina y por demás - esa manía que encarna el hacer una réplica - le ha concedido el placer de ver lo no visto: el concreto acentuó las formas del aparato y evidenció el más mínimo detalle. Con una apariencia que raya en la simpleza, la obra nos insinúa una forma del tiempo y también de la memoria. La máquina ha sido privada de su uso a través de una osadía artística, ese artefacto hecho para la comunicación quedó enmudecido y ese acto de suspensión engendra un silencio y señala lo muerto, la censura y lo indecible. Me atrevo a decir - inmediatamente después de lo que acabo de escribir - que si Cortázar hubiese visto esta pieza de García habría pensado en el fragmento del inicio de su cuento Las babas del diablo (1959) en el que expresa: “Si se pudiera ir a beber un bock (jarra de cerveza de un cuarto de litro) por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina) sería la perfección (…) Sé que si me voy esta Remington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas móviles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir, si es que esto va a ser contado”. No olvidemos que el magistral cuento de Cortázar nos sumerge en una historia narrada a través de un montaje experimental en el que se constituye un pensamiento crítico que entrecruza la fotografía, la escritura y la traducción. Volviendo a pensar en la imagen que consolida García con su obra, cierro con otra breve apartado del cuento: “ (…) basta elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena. Y claro, todo esto es más bien difícil”. 

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