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"La literatura infantil ha sido asaltada por lo políticamente correcto": Fanuel Hanán Díaz

“¡No, tú no!” (Ediciones Tecolote) aborda temas de inclusión y de lo que el autor venezolano llama infancias no domesticadas.

Libro ¡No, tú no!

Como autor de literatura infantil, ¿qué opina de la creación de una conciencia del mundo en el niño por medio de las enseñanzas o ideas que deja el libro?

Definitivamente los libros tienen un poder transformador. Como dice una frase que me gusta mucho: “Después de leer un libro, uno no vuelve a ser el mismo”. Sí, muchas cosas ocurren en el lector cuando cierra las páginas, a distintos niveles. Hay cambios que son como un deshielo, suceden muy internamente y toman su tiempo.  Hay otros que son inmediatos, como un destello, porque muchas lecturas proveen revelaciones. Todo esto es parte de un proceso complejo y profundo en este intercambio entre lector y libro. Por eso, lo más desfavorable que un autor puede hacer es pretender usar la literatura como un vehículo para enseñar algo, cosa que ocurre con mucha frecuencia en los libros para niños. La ficción es  lo suficientemente poderosa para generar reflexiones y mostrarle al lector la materia de la que está hecha el ser humano, y el bien y el mal que lo circunda.

Con base en la pregunta anterior, ¿cómo usted como autor asume un rol o una responsabilidad (si considera que se debe asumir) de inducir al niño a reconocer algunos valores y comportamientos del ser humano?

La responsabilidad comienza por asumir la altura del lector. Los libros son actos de lenguaje y son objetos estéticos. Querer adoctrinar con ellos empobrece su esencia más luminosa. Lo estético y lo didáctico, aunque muchos adultos no estén de acuerdo, son como aceite y agua en una botella, por más que la agites nunca se mezclan. Eso no quiere decir que los libros para niños estén desprovisto de valores, ideologías y enseñanzas. Toda la literatura, incluso la del absurdo más puro o la fantástica, prometen viajes al interior del alma humana. Gregorio Samsa, convertido en escarabajo, genera una enorme compasión; los habitantes de la Tierra Media libran la pugna entre la luz y la oscuridad. La responsabilidad que se asume desde la construcción del discurso para la infancia es con el lector, ofrecerle una experiencia que lo eleve y que lo haga sentir que un libro le propone cruzar un umbral, hacia la aventura de la vida, sin pretender enseñarle el rumbo que debe seguir. También le puede interesar: El libro como revelación

¿Por qué partir de monstruos, de animales fantásticos? ¿Esto tiene algún propósito relacionado con el desarrollo de la imaginación?

En realidad los personajes imaginarios se aclimatan muy bien al país de la infancia. Sin embargo, en este caso tiene un sentido muy coherente con la  historia pues a nivel simbólico lo que se propone es una conexión con ese lado salvaje, no domesticado. Sí, existe un territorio cuyas fronteras son inabarcables, el de Fantasía, que está poblado por seres quiméricos, muchos de los cuales son proyecciones de la psique y la emoción humana. La dicotomía salvaje-domesticado es la base de los planteamientos del antropólogo Jack Goody, a partir del trabajo de campo con sociedades “primitivas”. En lo más profundo del territorio de la infancia no existen las separaciones que demarca la sociedad normada entre qué es correcto o incorrecto, qué se debe decir o cómo se deben filtrar las palabras y las emociones. En ese caso, los monstruos (que son tan populares en la literatura infantil) pueden ayudar a erigir ese modelo irreverente en la mente del lector. 

Parto de una pregunta bastante general para ir a lo específico: ¿para usted cuáles son las funciones o los efectos de la literatura y qué tanto se asemejan o diferencian a la hora de escribir literatura infantil? Por ejemplo, un personaje como Raskolnikov propone postulados sobre ética y moral que generan todo tipo de debates. ¿Es válido que la literatura infantil tenga personajes que asumen posturas políticamente incorrectas?

Creo que la literatura infantil ha sido suficientemente asaltada por lo políticamente correcto y por intromisiones tan devastadoras como el didactismo, la educación moral y religiosa. En sus bases, la literatura infantil se ha desmoronado y ha perdido en mucho esta capacidad para estremecer al lector. Particularmente celebro las obras inquietantes o incómodas, y no porque aborden temas prohibidos precisamente, sino porque hacen pensar, proponen personajes ambivalentes, sortean los finales felices y no le temen a los dilemas. La narrativa infantil y juvenil auténtica también deja esas huellas en los lectores. Justo ahora me acabo de leer un libro que se llama El pequeño reino, sin duda un libro esencial, porque es conmovedor y terrible al mismo tiempo. Todavía sigo pensando en un interrogante que quedó instalada en mí después de haber leído ese libro ¿En qué momento perdí mi infancia y qué abandoné de mí en ese destierro? Sin duda una gran inquietud que deja resonando un libro auténtico. 

Las ilustraciones del libro ayudan a entender la idea del relato. ¿Cómo se piensan estas ilustraciones para lograr el efecto o la coherencia con la historia?

Esta pregunta tiene mucho que ver con el concepto del libro, con el concepto del mundo que se quiere crear. Las ilustraciones indudablemente transmiten otros contenidos que los textos no pueden, y me refiero a la caracterización de los personajes, a los ambientes, a los gestos, a las transformaciones. Este libros tiene una doble página donde solo hablan las ilustraciones, allí el personaje muta, en un proceso que tienen que ver con el agua, el renacimiento y lo imperceptible. Por tanto, la solución que aportan las imágenes son tan contundentes que el texto sobra. Los detalles visuales extienden el universo que se quiere crear, aportan humor, poesía o maravilla. En este caso, la protagonista es una niña perfecta, acartonada, contenida. Creo que las imágenes logran transmitir esta rigidez y también cómo paulatinamente el personaje alcanza un grado de plenitud cuando ya ha encontrado a su yo interno. En ese sentido, las imágenes surgen de una trabajo de interpretación del texto, lo que hace que el ilustrador sume e incluso construya nuevas zonas de significado.

Pienso que el libro aborda temas de inclusión, de aceptación de la diferencia. ¿Ese tipo de tópicos, o por lo menos las enseñanzas que se hallan implícitas en el libro se piensan antes de la historia o surgen en el proceso creativo? Aclarando, por supuesto, que la lectura y las moralejas son subjetivas y que no existen en la literatura un manifiesto explícito sobre lo que se pretende mostrar.

Sí, el libro asume temas de inclusión, desde el mismo título. Se trata de una experiencia muy propia de la infancia, cuando uno desea participar en un juego y los demás compañeros dicen que no, eso sucede. Ser diferente genera rechazo, pero también el deseo de agradar. Más allá de este conflicto el libro originó otra historia, que es más subversiva si se quiere. La de conectarse con el lado indómito, desparpajado y libre que tiene la infancia. Si uno observa la manera como se interrelacionan los niños en el juego, cómo socializan sin la intervención de los adultos uno advierte la soltura con la que se mueven, lo rápido que evolucionan sus emociones, la facilidad con la que se tiran al piso sin importarles si se ensucian o se despeinan, gritan a todo pulmón y al final del día caen rendidos como troncos. Y eso no lo hacemos cuando ya hemos crecido. En realidad creo que esas son las nostalgias (o envidias) que tenemos los adultos, perdemos algo en el camino.  

Hay una idea sobre la felicidad que también se evidencia en el libro y que, según mi lectura, podría estar relacionada con una pérdida del miedo, con una exploración de mundos y de lugares en los que el niño es feliz en la medida que no teme empaparse o convertirse en una criatura similar a las que encuentra. ¿Qué podemos decir sobre la felicidad en el desarrollo de la personalidad de un niño.

En la infancia hay ciertos esquemas que uno no tiene, las ideas de fracaso, de poder y posesión no son obsesiones a esas edades. Lo que uno siempre admira de los niños es su capacidad para disfrutar con pocas cosas o con cosas muy sencillas. Incluso en medio de las adversidades y en contextos destrozados los niños tiene la capacidad para reir y soñar. Quizás no viene al caso, pero recuerdo una película terrible, Cafarnáum, donde un niño demanda a sus padres por haberlo traído al mundo. Aún en medio de la pobreza y la cruda realidad, el protagonista tiene tiempo para olvidarse de sus cargas, para jugar. Aunque suene a consigna de un libro de gerencia emocional, estoy de acuerdo con la frase de que los niños necesitan ser felices, no ser los mejores.Y yo añadiría… ni perfectos. 

 

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Andrés Osorio Guillot

Cultura

"La literatura infantil ha sido asaltada por lo políticamente correcto": Fanuel Hanán Díaz

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