La lujuria tiene el rostro de la muerte (Cuentos de sábado en la tarde)

Este relato es para leerse después del  matrimonio. A los nuevos contrayentes: no olviden jamás que si se encuentran con el rostro de la lujuria, verán que es el mismo de la muerte. Y para que esta no se presente antes del tiempo deseado, se recomienda no seguir al pie de la letra esta historia: mejor dicho, se recomienda no seguirla.

Cortesía

Pero, también se debe considerar lo contrario: pese a que nadie aprende a través de las experiencias de otros, a veces es bueno no despreciar esas experiencias. A veces vale la pena oírlas y luego practicarlas…

Tres años han pasado…

En la habitación principal de la casa de Lucía, ésta y dos costureras con alegría dan los últimos toques al vestido de novia de Catty, vestido cuya cola es más larga que la de un piano y ocupa toda la mesa del comedor. Lucía y sus ayudantes se esfuerzan como enanos trabajando en la armadura de Gulliver. Una de ellas hilvana, mientras las otras dos cosen cintas. Lucía con el dedo prueba a cada rato el calor de la plancha. De vez en cuando rocía con agua el sector a planchar. Aunque casi no suda, pequeñas gotas perlan su frente. Se pregunta: “¿Habría algo peor que quemar un vestido de novia?” La más pequeña mancha echaría a perder el trabajo y ante todo lo que eso significa. Los ojos de Lucía, brillantes de por sí, iluminan la estancia. Pese al tamaño de sus manos y a sus estrechas muñecas, maneja la plancha con firmeza. En todo caso, no es de las que dejan quemar un vestido.  

De vez en cuando, miraba al patio por la ventana. La pequeña estructura de ladrillo o la cárcel, como decía, estaba allí desde hacía tres años pero aún no se acostumbraba a ella. A veces, olvidaba lo que había ocurrido e imaginaba que era la Fiesta del Sol y que habían erigido un árbol afuera. En general, mantenía puesta la cortina de esa ventana pero, aquel día, necesitaba que entrara la luz diurna. En esos tres años, Lucía había envejecido. Pese a su natural piel de agua, bajo sus ojos se veían las arrugas y su cara redonda había adquirido el tono encendido de una fruta madura en exceso. Mantenía ahora la cabeza oculta con un pañuelo, pero su cabello era gris y no negro azabache. Sólo los ojos eran aún juveniles y le brillaban como si estuviera enamorada. Durante tres años había soportado una gran tristeza. Hoy, la pesadumbre era la misma. Sin embargo, bromeaba con sus ayudantes y charlaban acerca de los novios. Las chicas cruzaban entre sí miradas cómplices, porque aquel taller ya no era la casa de antes. Ni por un instante era posible ignorar la casita sin puerta y con una pequeña ventana, en la que estaba Lucas el Urbermitaño, como ahora se le llamaba… 

La revelación de este fenómeno había causado impacto sobre la población circundante, en su mayoría campesina y, además, amante silvestre del chisme más que del rumor, este inofensivo, aquel dañino. Su hermana, siempre tan creyente, había llamado a Lucas y le había prevenido contra lo que pensaba hacer, sin considerar, eso sí, que era tan terco que nada lo haría desistir en su empeño de irse de la ciudad al campo: de ahí, urbermitaño, ermitaño de la urbe o contra-desplazado. Aunque lo normal, en este país de lo anormal, era que el desplazamiento fuera del campo a la ciudad. Cierto que ya muchos años atrás un célebre alemán se había hecho anacoreta y otro, un lituano, tapiado entre ladrillos, pero los colombianos no creían en estas cosas; es más, las repudiaban. El mundo, decían ellos, había sido creado para que los humanos eligieran entre el bien y el mal, aunque se inclinaran por el mal pues el bien les parecía anacrónico. Ignoraban, sí, que la vida se basaba en la libertad, en la abstinencia del mal y no en su encuentro con él. También ignoraban que el hombre, despojado del mal, es ya un cadáver, un muerto más que todavía camina. Pero, convencer a Lucas no era fácil. En los tres años que llevaba apartado del mundo, en una suerte de inxilio o exilio interior, había aprendido mucho. Lo que, en este caso, no era un halago para él, que no había nacido para ocupar un solo rincón, para quien la patria no era sólo la infancia sino el mundo visible. No obstante, entre lo mucho que había aprendido estaban la calma y la serenidad aunque, eso sí, no fuera un prodigio de practicante. En todo caso, nadie le podía quitar lo bailado así que, como lo sustentaba, la calma le venía a dosis iguales de Kafka y Spinoza, así como la sobriedad, palabra clave, de Shakespeare vía Shylock, aquél judío que, sin malicia ni arrogancia, reclama su libra de carne, ecuánime como nadie… aunque se trata de una libra del humano Antonio. La gracia, en todo caso, está en El Cisne más que en Shylock: El mercader de Venecia contiene, en su queja, uno de los más potentes discursos antirracistas por artista alguno elaborado: “¿judío yo? ¿No tiene ojos el judío? ¿No tiene manos? ¿Órganos? ¿Dimensiones? Cuando nos pinchan, ¿acaso no sangramos? Si somos como ustedes en todo lo demás, ¿por qué habríamos de ser distintos en la venganza?”. Esto lo saben muy bien los palestinos: ¡y la culpa no es de Shakespeare, ni menos de aquellos! 

Lucas había aprendido mucho en los últimos tres años. En especial, cosas que la gente cree no sirven: no gritar a los demás; no ofender a quien no se lo merece; no ofender a nadie (… le costaba); había leído mucho, escribía ensayos que divulgaba por Internet (1984, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, El libro de un hombre solo, Marea de ratas, La casa grande, entre otros); iba con frecuencia al cementerio, lo que no hacía antes de los últimos tres años; a pesar de la distancia, estaba en permanente contacto con su otro hijo; había terminado de escribir cinco libros en homenaje a sus hijos; en fin, recordaba con frecuencia tres casos de seres que se habían puesto a sí mismos bajo control, por miedo a no ser capaces de resistir la tentación: uno que se había arrancado los ojos para no volver a mirar a su querida madre; otro, que había jurado permanecer en silencio ante el riesgo de decir palabras calumniosas; y uno más, que durante 25 años había fingido estar ciego para evitar mirar a la esposa del prójimo: por esto, la suya pensó que en efecto había quedado ciego.

Por último, Lucas había empezado a superar la culpa que Alejandra le había endilgado y que a todas luces le parecía un despropósito. Como prueba de ello escribió un cuento, dedicado a una hermana que acababa de ordenarse de monja: 

La culpa de un monje…

Había una vez, hace muchos años, dos monjes que se impusieron todo tipo de privaciones y de mortificaciones: el primero, por haber tratado mal a la madre; el segundo, por haber golpeado al padre. Entre otras cosas, se obligaron a cruzar a pie todo el país, de cabo a rabo. Y se comprometieron también a un silencio total, a no pronunciar ni una sola palabra, ni siquiera en sueños, durante los años que durase ese camino… ni siquiera un sonido: tal vez pensando en qué bueno es estar triste y no decir nada. Pero, una vez, al cruzar un río, oyeron pedir auxilio a una mujer que se estaba ahogando. Sin decir nada, el más joven de los dos se arrojó al agua, se cargó a la mujer a la espalda, la sacó, la dejó en la arena sin decir una palabra y los dos ascetas continuaron su camino en total silencio. Al filo del tiempo de repente el joven que había maltratado a la madre le preguntó a su compañero: “Dime una cosa, ¿crees que pequé por haber cargado a aquella mujer a la espalda?” Y su compañero, que había vejado al padre, le contestó preguntando: “¿Es que aún la llevas a tus espaldas?”

Lucas, que era ateo (negaba a Dios) o, más bien, agnóstico (declaraba inaccesible al entendimiento todo saber divino y que trascendiera la experiencia), pensaba que las normas y convenciones, eran barreras que la sociedad coloca para separar, en apariencia, al hombre del mal. O del pecado, según los… Normas y convenciones que Lucas consideraba irrespetuosas frente al libre albedrío, a la libertad entendida como acción del deseo, al principio del placer al cual las autoridades oponen el de realidad. No en vano, se consideraba un anarquista libertario en el tiempo de los asesinos. Las personas que de una u otra forma habían sido testigos de las discusiones entre Lucas y su hermana, y antes entre él y su mamá, aún hablaban de ellas: ásperas polémicas de las que sólo quedó resentimiento, cuando no odio, lo que hacía recordar a Baudelaire: “Y así el Odio está condenado a la suerte lamentable de no poder dormirse jamás bajo la mesa”; y a Camus: “Y así supo que ninguna guerra es buena, porque vencer a un hombre es tan amargo como ser vencido por él”. Era difícil, en cualquier caso, creer que en tres años aquél ser libertario, hubiera aprendido tanto de lo que antes lo dejaba intocado o le pasaba desapercibido. Ahora podía discutir de igual a igual con quien quisiera; escribir donde se le antojara. Ahora escribía como si tuviera alas en las manos: mejor dicho, ahora estaba más seguro de que las alas que le había puesto a su hija en los pies, ella en su sabiduría las había puesto con más tino en sus manos. En pocas palabras, había llegado a la mayoría de edad en la expresión feliz pero terrible de José E. Pacheco. Pese a las dudas personales y a las diatribas ajenas, Lucas permanecía firme en su resolución: no volvería del todo a la ciudad. Por fin su hermana se resignó y poco después ingresó a las filas del ejército de Cristo; hecho sobre el que, pese a todo, él guardaba un profundo respeto. Porque también eso había aprendido en estos años: a tomar distancia frente a la diferencia, a ser tolerante frente al Otro y a no meterse donde no lo llamaban. Aspectos que los demás no tenían en cuenta hacia él. Lo que lo enfurecía igual que los números pares o que al Che la injusticia; o a Varito o a Chucky, la democracia.  

En las universidades que Lucas había trabajado y a las cuales de alguna forma todavía estaba vinculado, lo mismo que en los sitios donde iba a calmar la sed, se hicieron apuestas sobre cuánto tiempo resistiría el destierro: olvidándose, al paso, que la vida del hombre sobre la tierra es tan breve que parece una ilusión, de manera que por qué preocuparse, pensaba Lucas, no los que se olvidaban del paso del tiempo. Algunos hacían conjeturas: no persistiría en su empeño por más de cinco meses; otros, que ocho o diez. Y él se ponía rojo de ira no tanto con los de la cifra impar como con los de las pares, que nunca había resistido sobre todo desde el día en que uno de los editores de una revista en la que colaboraba le había llamado para notificarle que había salido una nueva edición y quería enviarle unos números: el editor le mandó cuatro. Y Lucas, iracundo, le comentaba a sus amigos: “Pero, ¿por qué no uno o tres, pero cuatro…?” y lanzaba la diatriba del caso: “¡Cacorro!” Pero, la verdad es que tanto a quienes tenían que ver con universidades a las que estaba vinculado, como a los amigos que se reunían en tabernas u otros sitios, muy poco les importaba el hecho de que Lucas no volviera a la ciudad. “Mejor”, decían, cuando él no estaba. O, “lástima”, cuando lo tenían al frente. No es que fuesen hipócritas. Ni más faltaba…

Mientras tanto, Lucas permanecía impasible sentado en una silla y la casa de Lucía invadida por cientos de curiosos al tiempo que tres albañiles trabajaban en la celda de aquél. El hijo de la vecina se subía con frecuencia al árbol del lote aledaño hasta que un día se vino abajo con sus trebejos de fisgonear. Hasta ese momento nadie lo visitaba. Pero, con la ampliación y la demora de la doble calzada Bogotá-Girardot, empezaron a llegar curiosos de todas partes para conocer a ese hombre con pinta de extranjero (lo mismo se consideraba él), que aunque agnóstico, desde que guardó la razón como amuleto sin olvidarse del sentimiento, igual que Bergchem tenía dos religiones: la fraternidad y la libertad. Amaba a los humanos, tenía fe en ellos y vivía en pos de la libertad buscándola en lo más simple, en los mismos principios, en la soledad casi trágica de una naturaleza elemental. También esta fue una pasión vehemente que como jugada funesta del destino lo llevó a la celda, al sacrificio esta vez no como expresión de libertad, libertad que para Tarkovski consiste en el sacrificio hecho a nombre del amor: aunque podría decirse que el caso de Lucas contenía no poco de esa intención, la que casi nadie valoraba. Salvo sus hijos, Lucía y una que otra persona de entre sus amigos o… Y aquí Lucas recordaba lo que había fabulado cuando se enteró del paseo de la muerte que recibió su madre: yendo en la ambulancia del ISS, Ana, al oír el lamento de la sirena, dijo: “Nos pasamos todo el día haciendo planes y resulta que hay quien en la oscuridad se ríe de nosotros y de todos nuestros proyectos”, sabiendo que somos juguetes de poderes extraños. Lo que no significa poder olvidar que así es la vida… que, pese a todo, la gente siempre hará planes porque si no cundiría la desesperación. 

Entre los planes de Lucas quizás no figurara la desesperación. Había aprendido en parte a controlarse, a tener la paciencia que ante todo debía a sus hijos, a serenarse, a tener calma, a entrar poco a poco en la ruta de la sobriedad. Lucía, por el contrario, había llorado, gritado y le había rogado a Lucas hasta la saciedad que renunciara al encierro, hasta que su voz se volvió tan grave como la de Robeson o la de Armstrong. Seguida por su hija y por su madre había puesto alrededor de la casa cientos de velas, como en un eterno siete de diciembre, a fin de invocar a los espíritus que harían desistir a Lucas de su tozudez. Porque aunque lo tuviera más cerca que a la vuelta de la esquina, no dejaría de ser expósita: cosa que también sabían su hija y su madre. Pero, ni consejos advertencias lamentos sentencias insultos habían servido. Los muros de la casita crecían a ritmo continuo aunque a intervalos irregulares, dado el incumplimiento de los albañiles. Lucas había reservado para sí un espacio de cinco por cinco. De no ser lampiño, podría decirse que se había dejado la barba, y se vistió con camiseta, sudadera y tenis. Al interior de la casita sólo había sitio para una pequeña cama, una silla, una mesa, el computador, algunos libros y un pequeño retrete para sus necesidades. En proporción al aumento de las paredes iban los lamentos de las mujeres, a las que Lucas respondía: “Todavía no estoy muerto, así que a calmarse… ¡o llamo a la policía!”, como le tocaba hacer cada vez que los ruidosos vecinos al fondo de su casa venían a pasar sus fines de semana, al cabo de los cuales se registraban muchachitos violados y mujeres abandonadas ahora junto a chulos o atarvanes peores que sus maridos. Y Lucía, entre la cima de la desesperanza y la sima de la amargura, lanzaba uno de sus quejidos habituales: “Si fueras tú el único que pudiera estar muerto… además, desde donde estás la policía no te escucha”. Y Lucas, realista, agregaba: “Ni desde ninguna otra parte…” 

A la postre, la policía a caballo vino por otros motivos a su casita cuando ya la muchedumbre alcanzó las dimensiones de un reconocimiento masivo en los hornos de los paracos o de un desalojo de ahorradores de DMG, sin trabajo ni patrón y debiendo la casa. El teniente de turno, ordenó a los obreros trabajar sin descanso para poner fin a la excitación. Los albañiles tardaron nueve días sin sus noches en terminar su labor. La casita fue recubierta con un techo de zinc, tejas de asbesto y tenía una ventana cuyo postigo podía cerrarse desde adentro. Nada sirvió para desterrar a los curiosos, excepto la natura: todos huyeron al llegar las lluvias. El postigo permanecía cerrado la mayor parte del día. Lucía hizo reparar la valla en torno a la casa para mantener alejados a los extraños. Más tarde que pronto se hizo evidente que quienes habían apostado por la duración de Lucas en cautiverio, habían perdido. Pasaron casi tres años y Lucas, el Urbermitaño, para otros Profesor, y para unos más, en modo autoelogio, Maestro, seguía en su prisión voluntaria. Nada ni nadie, ni siquiera Lucía, lo sacaba de casita ni de casillas. No había cómo. Su encierro no era propiamente un acto del mago Lorgia ni de Mandrake ni de cualquier otro. Lucía le llevaba, sagradamente, la comida: huevos tibios, pan francés y aguadepanela, al desayuno; fríjoles con carne de cerdo o lentejas con papa y carne de res, arroz y jugo, al almuerzo; sánduches de sardina o de atún y limonada, a la comida. En esas tres ocasiones, Lucas abandonaba sus labores y, en atención a Lucía, charlaba con ella.

Afuera, el día era soleado y caluroso, pero en la celda de Lucas imperaban la oscuridad y la frescura por más que por la ventanita se filtraran los rayos del sol o las brisas cálidas. Si la abría por completo, se exponía a que se le metiera alguna mariposa o bicho y en el peor de los casos, según la hora, las moscas o los zancudos. Hasta él llegaban diversos rumores: el canto de los pájaros, el mugir de las vacas, las podadoras a gasolina, los ladridos de los (putos) perros de la vecina. Con ocasión del último invierno, hubiera querido derribar las paredes para librarse del frío y de la humedad pero, ante todo, para desterrar de su cabeza la idea del suicidio a raíz de un súbito ataque de claustrofobia. Pero, lo detuvo la vanidad, contra la que libraba una batalla a diario: a quienes habían apostado por el fin de su encierro no podía darles gusto de recuperar sus dividendos emocionales. Había contraído una tos carrasposa, acompañada de lo único que odiaba: la oclusión nasal. Los brazos y las piernas estaban muy doloridos. Una antigua lesión, producto de la caída en bicicleta a causa de un taxista y de un fuerte pellizco de un viejo profesor/colega en el sitio exacto de un tendón del cuello, había revivido con brío. Fuera de eso, estaba más prostático que su ex amigo Nahum y orinaba cada dos por tres cervezas. Por las noches, permanecía encogido debajo de la colcha y de dos mantas que Lucía le había echado por la ventana, pero le era imposible entrar en calor: en este instante, recordaba a su padre quien, en broma, le pedía a Ana en las noches, un brandy, “para entrar en calor”, en argot ganadero, vaca en celo. Por estas razones, obviando la entrada en…, Lucas sentía que del suelo ascendía un frío tan intenso como el de la noche del viernes en que su hija desapareció. Por esto y las otras razones, algunas veces creía que ya estaba en la tumba o que su casita era la tumba o que la tumba era la oscuridad de la noche. Oscuridad sólo parecida a la que vivió Barrabás, el de Lagerkvist, en el instante en que sintió que Cristo fue sacrificado en lugar suyo. Y por eso, a veces, Lucas era Barrabás respecto a su hija del alma, hermana de su hijo del alma, a quienes siempre amaría en un doble primer lugar. 

Por fortuna, tras nueve meses de invierno, había vuelto el verano y a la izquierda de su guarida había crecido un guayabo y podía oír el rumor de las hojas. Una golondrina había hecho su nido entre el ramaje y todo el día estaba trayendo pequeños tallos y larvas. Si Lucas asomaba la cabeza por la ventana, podía ver el azul del cielo, el campo, los techos vecinos, las cagadas de los putos perros, el valle al fondo del camino. Y percibía en plena nariz, un nuevo y fétido olor: el del formol que agregado a la gallinaza produce un coctel explosivo, sólo comparable al que se da entre el mestizaje en ascenso y la aristocracia en decadencia de la U. en la que trabajó antes de irse al campo y la cual no se menciona quizás porque aquí no es asunto… central. Con sólo quitar un par de ladrillos y encogiéndose un poco, hubiera podido salir por el hueco de la ventana. Pero pensar que en el momento que quisiera podía abrirse paso hacia la libertad, paradójicamente apagaba su anhelo de dejar la celda. Sabía a la perfección que al otro lado de las paredes estaban al acecho la lujuria (cuyo rostro es igual al de la…), el desasosiego, la incertidumbre del futuro. 

Lucas sabía que mientras permaneciese encerrado, tal el deseo de Lucía que sabía disimular, se encontraba a salvo de la tentación. De La tentación de las carnes, como el restaurante de Monseñor Botero y que ahora le hacía un guiño a su memoria, de la que por momentos se enorgullecía; la que en otros tantos lo hería con crueldad. Sus preocupaciones allí eran muy diferentes a las del exterior. Se podría decir que lo que la oscuridad le permitía ver dentro de la habitación, la luz del exterior se lo negaba al enceguecerlo. Adentro, estaba libre de toda clase de necesidades y apetitos. Al pensar en los gastos que tenía por fuera no podía evitar reírse de sí mismo. Su comida en casa, por ejemplo, le costaba cien mil pesos semanales y usaba muy pocas piezas de ropa en ese lapso. En la ciudad, por el contrario, todos los días tenía que bañarse, cambiarse, gastar en comida, transporte y extras. Ganara lo que ganara, nunca tenía suficiente. En una palabra, campo significaba alivio; ciudad, deudas. Víctima de sus propias pasiones, había acabado envuelto en una red cuyas mallas le apretaban cada vez más no se sabe si el cuello o las pelotas. Igual, sentía que lo apretaban, como si en la realidad se tratara de un Mesías con nombre propio. Para saber cómo es la soledad, se había despojado de todas las cosas externas, como los taitas sacan con yagé a los malos espíritus. Con un cuchillo cortó la red, escapó de ella y de un solo golpe canceló todas sus deudas. Partió bienes con su primera esposa y conservó los suyos frente a la segunda: ahora, no poseía otra cosa que la camisa, el pantalón y los zapatos que llevaba puestos. Ah, bueno, los libros, la música y el computador que lo acompañaban en su nueva morada cinco por cinco: otros prefieren una 4X4, pero a Lucas ¡no le gustan la gasolina, los pares, la nariz tapada ni los pinchazos en el culo! Lucía, entretanto, se las había arreglado para ganarse la vida. Pero, ¿era todo aquello suficiente, el destierro, por ejemplo, para que Lucas pudiera borrar su culpa, esa mancha judeo/cristiana imposible de lavar? ¿Podía expiar los males que había hecho, aliviando simplemente el fardo de sus hombros? ¿Y en caso de que en apariencia no hubiera males por expiar le sería posible seguir adelante con su conciencia? Nadie lo sabía. Tampoco él.

Apenas allí, en la paz inconsciente o consciente de su cárcel voluntaria le era posible a Lucas tomar medidas de sus actos, calcular dimensiones de sus errores, abstraerse en el placer pasajero de sus aciertos, pensar en el # de almas que había arrastrado a la desgracia, fuera con intención o sin ella: de todas maneras, a los resultados no les importan las causas, pensaba él, para quien el arte no obedece a intenciones, sino produce resultados. Sólo allí le era posible perderse entre los vericuetos de los recuerdos sin que ni él mismo pudiera captar sus crímenes por los que había llevado a otros al desequilibrio, a la locura, a la muerte. Desde luego, nunca fue uno de los repentinos ricos de Kombach que había asaltado la diligencia de los impuestos para, cual Batman Hood de la selva de cemento, llevarles los dividendos a los pobres: de todas formas sentía que había asesinado. No que era asesino. Sin embargo, en su fuero interno se preguntaba, ¿qué importa la forma en que se dé muerte a alguien? ¿Acaso no era culpable Biberkopf de la muerte de Mieze así ésta hubiera caído a manos de Reinhold en Freienwald? Pero, Lucas no era tonto para no darse cuenta hasta dónde llegaba la pena por los delitos que sólo él tenía que pagar y los que, sin embargo, nadie estaba autorizado para juzgar ni en capacidad de hacerlo. Estaba seguro de que si existiera un creador, no se le podría sobornar ni engañar. Pero, como no había recibido pruebas de su existencia, igual creía que si hubiera un juez terrenal sin culpa por impartir mal justicia, entonces no habría quién pudiera absolverlo. Ni el de arriba, si existiera, ni los de abajo, que por desgracia sí… Con frecuencia, oía las campanas al final de Rompiendo las olas, los gritos desde los techos o maullidos del gato negro desde lo alto de la Torre Eiffel. Con frecuencia, al leer Todos los nombres, sentía que le gritaban desde alguna tumba. No eran estos los únicos horrores que creía haber propiciado o causado o por los que se hacía culpable. No que lo fuera… Ahora se daba cuenta de todos los demás. Pero, de pronto recordaba que era mejor no recordar. Que la memoria igual sirve para lo-bueno-y-lo-malo y en este sentido era imposible ignorar que la memoria es el único tribunal incorruptible, asunto que también cabe tener en cuenta, a menos que uno no quiera que la pena lo haga presa suya. Aunque permaneciera en su celda voluntaria durante cien años y aunque se diga que no hay mal que dure eso ni cuerpo que lo resista, sabía que, si bien no podría expiar todos sus desaciertos errores e iniquidad, tampoco tenía sentido caer bajo el peso de esa casi única herencia de la religión: la implacable herencia de la culpa.

Pero, al mismo tiempo pensaba, ¿cómo salir de ella? Bien sabía que el solo arrepentimiento no soluciona nada pues apenas se puede conseguir la absolución pidiendo perdón y recibiéndolo de la propia víctima. Para el caso sencillamente un imposible. Sabía, también, que si uno tenía una deuda con alguien debería buscarlo y cancelarla, así fuera al otro lado del mundo. Aun así, cada día recordaba algún mal adicional del que se hacía responsable. Había violado muchas veces el contrato social, que otros habían violado mucho más que él: las víctimas de estos, reales e incontables, no simplemente alegóricas, daban la impresión de descolgarse, cual manchones de tinta roja, de los titulares de prensa. Hecho al que la gente parecía haberse acostumbrado, así que lo de los hornos de los paracos, a lo hitleriano, lo de los crímenes de Estado (para la historia oficial “falsos positivos”), lo de los millones de desplazados (para un ex asesor presidencial, “migrantes”), no eran más que recuerdos de eventos ya pasados y sepultados por una nueva noticia: asunto que para fortuna de los pesimistas, optimistas bien informados, con la llegada de la CPI, es probable que cambie. Para poder seguir pensando que la utopía sirve para caminar, así al dirigirse al horizonte este siga corriéndose. En tal sentido, sentía que el horizonte se desdibujaba en su mente sin remedio; y, sin embargo, mientras sentía todo esto, no poco, se creía un hombre recto, competente e incluso se daba el lujo de acusar a los demás: en no pocos casos, con razón. Aun así, olvidaba a su padre: “No hay que señalar con el dedo, mijito, pues aunque apenas uno apunta al frente y otro hacia arriba, tres lo hacen hacia el propio dueño de la pistola”. 

Así, ¿qué podrían hacer las pequeñas molestias, dolencias y autocríticas que ahora lo acosaban, para contrabalancear los dolores que había causado? Aún estaba vivo, como decía a sus vecinas, y gozaba de una relativa buena salud. Incluso la pierna que había sufrido una lesión, por abusar del ejercicio y por lo que casi le da una meralgia parestésica, al cabo de tres meses se alivió pese a la amenaza latente de verse operado. Aun así, Lucas estaba seguro de que nada de lo que hiciera en este se pagaba en otro mundo: “El infierno es aquí y ahora”, le decía Rulfo. Aquí y ahora, antes de morir, debía hacer rendición de cuentas; aquí y ahora, vivo, debía ser responsable de sus pensamientos, palabras y actos; aquí y ahora, antes de partir la nave que no ha de volver, debía dar cuenta de sus actos ante sí, no ante ninguna autoridad terrígena ni celestial. Lo asistía un único consuelo: si un dios existiera, lo absolvería. Pero, ese consuelo le servía como un vendaje a un cadáver, como que el Bien al fin triunfaría sobre el Mal. Sólo que aquí se acordaba de Llinás: “Lo del bien y el mal son pendejadas nuestras. Todo lo que hace el hombre lo hace por conveniencia”. 

Acaso, “¿los humanos son tontos que no ven la realidad?”, le preguntaban sus hijos a Lucas antes del desenlace que llevó a este relato, en ingente esfuerzo por restablecer el equilibrio vital, la armonía familiar, algo que a estas alturas sólo es posible a través de la justicia poética pues la realidad, la que referían sus hijos, es aplastante/inexorable/irreversible. La realidad de los hombres es desproporcionada como para que sea suficiente con la abstracción de una ayuda compasiva. Además: “La divinidad está en ti, no en conceptos ni en libros”, dijo Hesse. Y eso sin contar con la certeza científica del genoma, con la cual el creacionismo se va para la… mientras el evolucionismo conduce a pensar que el hombre debe aprender a labrarse un camino de rectitud, con su propio esfuerzo, sin otras ayudas externas que las que su impotencia, no incapacidad, reclame, utilizando para ello la idea de la libertad como acción del deseo, sin dañar al Otro y sabiendo separar el trigo de la paja. Y el sexo de la paja. El amor del sexo. La llama doble del amor, sexo y erotismo, de lo genital. Todo esto sin olvidar a Zappa: “Información no es conocimiento. Conocimiento no es sabiduría. Sabiduría no es verdad. Verdad no es belleza. Belleza no es amor. Amor no es música. Música es lo mejor”. 

Si no fuera por la música, justo es decirlo, Lucas sucumbiría en la celda en los mismos momentos en que su fe vacilaba. Su fe, decían otros, era tan poderosa que recordaba a Camilo, quien pese a pensar que los que creen no aman y los que aman no creen, permitía inferir que hay los que aun sin creer aman. Con pasión/entrega/radicalidad. De cualquier modo, ante la idea de que quienes aun sin creer aman y viceversa, Lucas se preguntaba si sería posible que Dios existiera a la vez que entraba en contradicción al pensar que la Biblia es invención humana, no divina, por lo cual concluía de forma pasajera: “¿No me torturo en vano?” Oía a los demonios de la conciencia discutir con él, recordarle los placeres pasados, aconsejarle que reemprendiese su libertinaje. Se veía obligado a embaucar a su enemigo, cada vez en forma distinta, a cada instante con un nuevo gag. Cuando aquel lo acosaba con suma intensidad, aceptaba que debía volver al mundo del demonio y la carne, pero, a renglón seguido, posponía el gozar a plenitud su libertad. Otras, replicaba refutando: “Admitamos, viejo Satán, como base para la discusión, que Dios no existe; pero, las palabras que se le atribuyen no dejan de ser correctas. Si el destino de un hombre depende de la desgracia de otro, entonces hay que concluir que no existe buena fortuna para nadie. Ahora, si Dios no existe, el hombre debe comportarse como Tal, como si él fuera Dios, ¿no le parece?” 

En otra ocasión, Lucas le preguntó a Mefistófeles: “Bueno, viejo Mefisto, pero entonces, ¿de dónde viene todo lo que hay en la Naturaleza y quién hace que haga sol, caiga la lluvia, sople el viento, los pulmones reciban oxígeno, el cerebro piense? A este mundo lo creó alguna mano, ¿no cree? ¿Por qué entonces ignorar que detrás de tantas maravillas esté la mano de Dios?” Todo hay que decirlo: pese a la insistencia de Lucas, Mefisto no le respondió otra cosa que “nadie ha visto aún al alma…” Noches de eterna controversia hacían que el primero llegara al borde de la locura; aunque el segundo apenas fuera un engendro mental. Para contribuir al desequilibrio emocional, a su casita empezaron a llegar hombres/mujeres/niños de todo tipo, como si se tratara de un gurú/guía/maestro, en el cabal sentido del término, buscando su consejo, rogando que intercediera por ellos e incluso que hiciera uno que otro milagro. Y en esos momentos, él volvía a recordar la voz de su madre y a Almodóvar que la plagió, con una nitidez que dejaría sin aliento a los ingenieros de Phillips: “¿Qué hice yo para merecer esto?” Y su conciencia, al nanosegundo, le reclamaba con una tautología, de esas que tanto lo divertían otras veces: “Pues lo que hizo, ¡pendejo!”

Lucas argüía en su defensa que lo dejaran en paz, que él no era taumaturgo/faraón ni semidiós; pero, nadie le creía, lo que no surtía otro efecto que aumentar su perplejidad. Y por cosas de aquella hoguera de las vanidades que le quema el culo al que se acerca, acordándose de Satán (“Si Dios no existe, el hombre debe…”), comenzó a creerse su propio cuento: que él era Dios. Y en tal calidad comenzó a operar, valga decir en su favor, porque la presión era tan grande como la de una olla Express olvidada: las mujeres, para desgracia de Lucía, se escurrían hasta el patio y, ahora, trataban de tumbar el postigo a la fuerza. Suplicaban, gritaban, deliraban y, al verse rechazadas, maldecían a Lucas. Le decían: “Pobre…” y enseguida sin solución de continuidad como en los filmes que aborrecía: “¡Marica!” Epítetos que, en el fondo, le dolían más a Lucía puesto que él sabía muy bien que no era ni pobre, como ahora le decían, ni marica, como le dijo alguna vez un hermano: era escaso de recursos, no pobre, y además con dignidad; ahora, no era marica, sólo que a veces se hacía…: decía ser un hombre bajo perfil (lo que tampoco, pero lo hacía para no despertar envidia, suerte de deporte nacional que, para Cochise, supera en víctimas al cáncer), aunque de alta autoestima. 

Lucía lanzaba sus puyas argumentando que aquellas mujeres (de niños u hombres no hablaba) perturbaban sus quehaceres, igual que los de Lucas. Mientras, éste, se sentía preso en su casita y presa del miedo. Había tratado de prever todo, pero no aquel asedio. En realidad, era él quien necesitaba ser aconsejado. Según la ley de la costumbre, ¿era justo que se negara al pueblo que lo aclamaba más que al Mesías, a quien ahora el pueblo maldecía? ¿Razonable negarse al llamado del amor popular? ¿No era todo ello muestra de su soberbia, que tanto endilgaba a los demás? Pero, ¿acaso, podía alguien, como él, escuchar sus peticiones como si fuera Buda/Rama o el mestre Suzuki? Sabiendo de antemano que cualquiera de los tres caminos que escogiera era un error, acudió a su conciencia, la que le aconsejó recibir tres horas al día a los que lo buscaran: sin aceptar gratificaciones económicas, sólo en especie: la ira instantánea de Lucía cundió por la zona, debido a su particular concepción de la expresión en especie. Pero, como tras la tormenta, que es femenina, viene la calma, una de las virtudes de Lucas al lado de la serenidad y la sobriedad, éste cerró el debate interno sosteniendo la caña: “Aquél a quien los demás escuchan pueda que no sea Dios… pero es un dios”.  

Y así, empezó a recibir a la gente de dos a cinco p. m., lun. a vie., aprovechando la ausencia de Lucía. No por temor sino porque ahora sólo venía cada fin de semana: así que le encargó a un vecino, no a una, que en su ausencia le hiciera llegar los alimentos cotidianos. Pero, nada resulta como se ha planeado: Lucía volvió antes de lo previsto, a fin de saber qué había pasado con su marido, bajo el pretexto de revisar si comía bien o mal. A la siguiente semana, para evitar confusiones o para hacer claridad, daba a cada visitante una ficha con número, cual EPS o banco. Intento de solución que resultó problema: los que tenían un enfermo o un inválido en casa o los que habían sufrido una desgracia reciente, exigían ser atendidos antes. Otros intentaban sobornarla con dinero, comida o regalos: como el dinero ajeno no le iba bien, apenas aceptaba si los oferentes eran varones. Si una Yidis se acercaba en afán de cohecho, en el acto surgía la respuesta interior, que por un acto reflejo se volcaba sobre el rostro infractor con una voz que aterraba: “Esto es un piropo indirecto… ¿no, mi amor?” Y cuando decía mi amor parecía que sobre esas seis letras cayera hiel en barra con pedo de bruja. Y la víctima quedaba más petrificada que Sara, ya convertida en estatua de sal. 

No tardó en hablarse, en las veredas circundantes, de los milagros de Lucas. El chisme, más que el rumor, afirmaba que sólo tenía que expresar un deseo y los enfermos sanaban: nunca se hablaba de los cientos que no sanó: se decía que, gracias a él, sin mencionar el motivo, un reinsertado de las FARC pudo escapar de manos de Mancuso; que un mudo había recobrado el habla, cuando Macaco le puso una motosierra al frente y entonces Lucas intervino por él para que FINAGRO le autorizara un préstamo, que luego le dio AFA, vía AIS; que un ciego había recuperado la vista… al sentir alrededor el olor y la presencia del para/asesor Jog. Lucas pasó a ser conocido ahora como el Santo Job no por el paraco (asesinado tres meses después de salir de la Casa de Nari por el sótano, por donde había entrado) sino por el hombre del relato bíblico que, soberbio, pretendía tener razón frente a los dioses de la maldad terrestre que sólo obedecían a indicaciones del Mesías hasta que se hiciera inminente su extradición: la de ellos, claro. También, por la paciencia que tuvo al escuchar los horrores narrados por campesinos a los que paracos, ejército y Estado, por triple lado, y la guerrilla, por otro lado simple, los habían usado vejado violado en tantas formas como víctimas dejaron… Así Lucas vino a conocer la barbarie de la guerra que en paralelo un exhibicionista del periodismo pretendía mostrar a través del maquillado filtro de la televisión, por un canal internacional. Así supo cómo Mancuso había mandado hacer embalses, con caimanes adentro, para que estos no dejaran los rastros humanos de sus caprichos; cómo, a quienes no cedían en sus pretensiones criminales, Macaco los metía a un par de celdas, en cada una de las cuales se encontraba un león hambriento que en menos de cinco minutos los…; cómo lo que Jog negaba frente a lo relacionado con las chuzaDAS era cierto en tanto no se trataba de una infiltración sino de auto-infiltración y que, además, los funcionarios del Gobierno que decían haber sido también chuzados, eran depositarios de la culpa que ellos mismos denunciaban pero de la que pretendían pasar por víctimas. Así supo cómo los crímenes de Estado, que incriminaban al ya ex ministro de defensa eran de proporciones insospechadas: hecho que el Gobierno había minimizado a fin de poder justificar la seguridad democrática, cortina de humo que encubría una revancha personal disfrazada de un programa de gobierno… 

Contra el deseo de Lucas, de pronto su celda fue invadida por monedas y billetes que él ordenaba repartir entre los pobres; incluso, se jactaba de haber pagado letras de cambio que la gente no podía cubrir. Hechos que, por paradojas de la envidia, le granjearon enemigos entre las autoridades locales. Esbirros del líder de acción comunal llegaban con tomates, huevos y limones que estrellaban contra su casa de auto detención. El alcalde de la población más cercana dio instrucciones a fin de que le fuera negado un potencial acceso a la radio, que tanto le gustaba y tan bien conocía. Una de sus vecinas, celosa de sus nuevos ingresos, no le volvió a hablar: excepto para obtener un préstamo que ella devolvería puntual, pero sin intereses. Por último, la policía, víctimas de sus continuas quejas contra los vecinos ruidosos, junto a estos, mandaron elaborar un libelo que relacionaba antiguas actividades de una supuesta militancia: Lucas era, como Chaplin, militante por la vida, la libertad y la justicia y, como el Che, contra la injusticia, como MLK e igual que Malcolm X, por todos los medios que fueran necesarios. Como hizo Hoover con la viuda de King, un ejemplar de ese libelo le fue enviado a Lucía: la única diferencia consistía en que este no era un paquete suicida

Las tentaciones, ya no sólo de la carne, eran incesantes. Aunque Lucas se había retirado del mundo, este se le metía por la ventanilla, así fuera el único que pudiera abrirla. Al lado del aire, el sol y la lluvia, le llegaban las calamidades, empezando por la del dinero que, a la vez, todo hay que decirlo, tantos problemas le resolvían: el mal, la calumnia, la ira, los falsos elogios o los elogios, a secas, al cabo todos son falsos, como Buñuel decía de las estadísticas: el Mesías podía ir cogiéndose de atrás. Es preferible la crítica, que todo el mundo rechaza quizás porque no hay buena crítica. Los medios, decía Lucas, prefieren la usual: la de Mala Salud Fernández, que mostrándose como defensora de lo nacional apenas defiende los intereses gilipollezcos; la de Jog, ese prodigio de la lengua, según María Isabel Gira, por utilizar el adjetivo ríspido que, ignora Chabela, le cae como anillo al dedo de su divulgador: por áspero violento intratable; la de Teto Yamjure, que a cambio de las lápidas que le cuelga a todos los que puede (Córdoba, Molano, Zuleta, Bejarano, Cepeda), reparte a diestra y siniestra entradas al club colombo-libanés y realiza entrevistas a siniestros personajes de su filiación… lo que, al filo del tiempo, le costó la salida de El Espectador y hoy vive en Miami y a la que él llama Miame: “Como quiera”, le respondió Beto Chicoral, quien prefirió cagarlo.

Lucas comprendió así la razón por la que antiguos poetas escogieran el exilio (otros, no lo…), y que cual guerrilleros de la lengua y del saber no durmieran siempre en el mismo lugar o que algunos fingieran estar ciegos, sordos, mudos. No se podía servir a la humanidad entre los demás hombres: menos estando separado de ellos, y de Lucía, por muros de ladrillo. Se vio como Tashi, el personaje de Samsara, con un hatillo al hombro, un cordón y un perro, marchando a lo desconocido, pero entendía que esto podría causar un dolor insoportable a Lucía. ¿Quién podría saberlo? La pena de su ausencia acaso la haría enfermar. Ella misma le había mostrado muchas veces que su salud fallaba y que debía ayudar a cuidarla. Dejándola dormir, v. gr., no escribiendo bobadas hasta altas horas de la noche. No, la paz no es de este mundo. La vida está en otra parte, le recordaba Mayo/68 antes de que Kundera bautizara así a su novela. Como decían los filósofos, no existía un mañana sin tristezas. Pero, más potentes que las tentaciones del exterior, eran las que surgían en el cerebro/corazón del hombre. A cada instante las pasiones asaltaban a Lucas. Al menor descuido, acudían a él fantasías sin estilo, sueños durante la vigilia, deseos repugnantes: Lucía le sonreía sin dientes, le guiñaba un ojo ciclópeo; estando ausente, aparecía a su lado en la oscuridad y se negaba a ser rechazada; por el síndrome de vereda, le parecía sensato desear a la Thatcher. Lanzaba puños y patadas y arrojaba lejos tales fantasías, con la rapidez que le prestaba el pánico, pero no tardaban en volver como pelotas de squash, moscas atraídas por la leche o abejas por la miel. Ansiaba comer cerdo, beber cerveza, volver a la ubre de ladrillo, a cine, a la U.; decía, sincero, “la lascivia no ha disminuido” aunque sin mujeres a su lado quería recibir la mano de Onán, pero desistía. Sólo tenía fuerzas para pensar cómo el hombre podía ser mejor: “No ver fútbol local. No escuchar reguetón vallenato rancheras. No calumniar a nadie”. Lo que no equivalía a no hablar mal… Solo el del grafito era perfecto: “Nadie es perfecto. NADIE”.

Se dijo, este relato es para ser leído después del matrimonio. No obstante, como tan pronto se plantea una tesis esta reclama su antítesis, también se puede leer antes. A la postre, nadie aprende de la experiencia ajena, salvo cuando… Cuando a ello se puede agregar la voluntad de poder, la misma de la que habló el ermitaño Nietzsche, el loquito de Sils-Maria, a quien tanto le debe la poca cordura de Occidente: “Si sólo se dieran limosnas por piedad, todos los mendigos hubieran muerto de hambre”. “Lucas, entre ellos…” como, sacando pecho, decía Lucía. Cosa que muy en el fondo dejaba incólume a Lucas, quien sentenciaba: “Si la filantropía no condujera a la frustración, todas las buenas samaritanas vivirían muertas de risa. Lucía, entre ellas…” Y así sucesivamente. Pero, aquí se detiene esta querella, para no seguir sacando los cueros al sol, en el caso de Lucía, ni a la sombra, en el de Lucas. 

Lucas y Lucía siguen viviendo juntos, pero separados por cuatro paredes; de todas maneras, los ataques de Satán no cesan: ahora Lucía busca a Lucas a cada momento, tratando de levantarle el postigo… de la ventana, lamentándose, atacándole con todos sus fantasmas, lamentos y preocupaciones. Afortunadamente, piensa Lucas, está protegido por esas cuatro paredes que, a pesar de las apuestas en contra para que desista del encierro, no está dispuesto a abandonar: salvo, si el Mesías no es reelegido por segunda vez. Porque no puede ser posible que después de todo lo que ha pasado y máxime ahora que se sabe que el émulo de Bush II, Berlusconi y Blair (los tres por vía de Hitler) es de los que entra al baño, enseguida le pega un berrido a su mujer y, por último, le pide que le traiga la Constitución para limpiarse con ella, sea el líder que el país reclama: a un individuo de semejante calaña, sólo lo puede reclamar la CPI: sin que nadie, desde luego, piense siquiera en reclamarlo, sostenía Lucas.

No hubo poder humano que sacara a éste de su prisión voluntaria. En justicia, una fuerza mesiánica fue la que lo hizo: tras la no reelección del Mesías, Lucas ha vuelto a la ciudad, donde de nuevo se ve con sus amigos y desde luego se ha re-unido con Lucía, ya al margen de molestas expresiones, paredes, mujeres y, entre otras, en especie: sólo así ha podido preservar la suya, su especie como hombre. Hace poco, recibió una carta de Lucía, desde Bogotá, que sencillamente lo conmovió, claro que no tanto como la masacre de Tumaco:

Mi muy querido Lucas (o, ¿debo llamarte Santo Job?). Esta mañana me desperté temprano, me acerqué a la puerta y, después de tres años, vi tu foto en la prensa. Se me ocurrió que te habían detenido por revelar hechos oscuros de la realidad nacional no tanto por este medio sino por Internet… causa en parte de la caída del régimen que hasta hace poco tuvimos y que hoy celebramos. Tan pronto comencé a leer el artículo me di cuenta de los hechos: por primera vez recibías un premio literario, en metálico, como tú dices o se dice en los casos en que el premio no es una palmadita en el hombro ni, en el mismo sentido, una patadita en el ano. La verdad, me alegré. Te lo mereces. Ahora veo que las bobadas nocturnas no eran tanto… La constancia vence lo que la dicha no alcanza, dicen los viejos. Ahora puedo creer esto. En otra dirección, debo señalar que te marchaste sin dejar huella. Desapareciste tan rápido como una piedra en el agua. Hoy te entiendo, debo confesarlo. Aunque no me guste. Si recibes esta, quiero decirte que acepto la responsabilidad de todo lo ocurrido. Apenas cuando ya estabas lejos noté lo mal que me porté contigo. Sabía que estabas enamorado de Angélica, pero te arrastré a aquel enredo. Por lo cual, créeme, soy responsable. Una y otra vez hubiera querido decírtelo, pero tenía la impresión de que te habías ido no sé adónde… En cuanto a tu encierro voluntario y cómo mujeres, hombres y niños esperan junto a la ventana que los ayudes, me causa todavía una impresión imborrable. Casi no puedo continuar escribiendo, a causa de las lágrimas. A menudo he llorado por ti, con alegría. Hoy, con tristeza. Ha pasado medio día y ahora cuando termino esta carta, sigo llorando. En primer lugar, porque has demostrado tener una conciencia muy grande; y, en segundo, porque estás pagando por mis pecados. Y no es justo, aunque me cueste reconocerlo. Por eso, yo también, como tu hermana, he considerado la posibilidad de irme a un convento. De hecho, en diversas ocasiones me he visto allí. Pero, antes, tengo que pensar en mi hija. No pude ocultarle lo que nos había pasado: lo de tu encierro, nuestra separación temporal, tus viajes intempestivos. Cuando lo supo, sufrió un gran golpe. Noche a noche, permanecíamos juntas en cama llorando. Bueno, ya he hablado mucho de mí. No me resulta fácil escribirte. No puedo hacerme a la idea de verte con barba y bigote, como te describen en la prensa. No como estás en la foto. No me atrevo a decirte qué está bien o mal pero, creo, te has infligido un castigo terrible. A pesar de tu fuerza (yo que la he sufrido, pero esto es mejor no decirlo, a riesgo de que se entienda mal), eres una persona delicada y no debes arruinar tu salud. La verdad, no has cometido ningún crimen. Y no eres, como piensas, un asesino. Siempre has mostrado una naturaleza buena, tierna y, sobre todo, humana. Los once años que llevo contigo, ha sido el periodo más feliz de mi vida. Como tú dices, a mí tampoco nadie me quita lo bailado: contigo, claro. Encantada de que estés vivo y de que continúes por muchos años dando la batalla, leyendo, hablando y escribiendo como hasta hoy, me despido hasta un nuevo encuentro. Eternamente tuya, Lucía.       

El vestido de Catty estuvo listo muy poco tiempo después de terminado este relato: relato para leer antes o después de la boda. La que se realizó en Medellín, ciudad donde ahora ella se ha unido a Sebastián, con la convicción y la seguridad de que como decía Rilke: “El amor es la unión de dos soledades que se respetan”. Larga vida a sus cuerpos, buen viento y buena mar en su larga travesía por los cauces de la vida y que lejos de ellos se halle la nave que nunca ha de volver… con toda la alegría y la esperanza por los hijos que han de venir y el anhelo de buena salud y larga vida también para los padres de Catty y Sebastián y para sus familias, es el deseo sincero de Lucas y su hijo Anton y de Lucía y su hija Alina. Sin embargo, S. & C., decidieron, al filo del tiempo, no tener hijos, por aquello de que la lujuria tiene el…

***

Cuando este cuento resultó ganador en un concurso cuyo nombre se omite para poder vencer en el que ahora participa, jejeje, apareció el siguiente comentario, sin mi foto en la prensa y sin firma del benefactor: “Estas imágenes de tranquilidad, tolerancia y paz son una metáfora del país soñado y contrastan con los rostros de muerte que ofrecen políticos y dirigentes: la respuesta obvia a una lujuria arrastrada por los caminos de la desviación, la inversión, el sadismo. Una representación viva/inerte del cuarteto de la muerte y la doncella, en el que esta es, cómo no, el pueblo maltratado y expoliado, humillado y ofendido: víctima, no en últimas, de una sempiterna e inaceptable violación de la que ya no se repondrá jamás. A menos, claro, que haya una nueva repartición del mundo y a Colombia le toque quedar en un utópico lugar, lo más lejano de los EEUU e inaccesible para ellos: pero, esto es un imposible. Ahí está el resultado concreto de la realidad inmediata, desnuda, no inventada”. 

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Luis Carlos Muñoz Sarmiento

Cultura

La lujuria tiene el rostro de la muerte (Cuentos de sábado en la tarde)

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