La “maldita” teoría sueca del amor

El amor moderno está basado en la autosatisfacción ¿cuáles son sus consecuencias, sus límites, sus beneficios, sus daños?

El sociólogo Zigmunt Bauman, quien escribió varios textos sobre el amor. Cortesía

Autonomía, libertad, Independencia, autodeterminación. Creemos sin dudar que todos estos sustantivos son sinónimos de todo lo conveniente que resultó para el individuo liberarse del lastre paternal del Antiguo Régimen, con todo y su fundamentación teológica y teleológica del mundo.

Independencia, en particular, es la palabra insigne de la Ilustración. El individuo entra en disputa por su liberalismo político, liberalismo económico, liberalismo sexual. En todas las esferas de la vida humana es el individuo quien debe mantener su imperio, apartado de cualquier autoridad externa a él, oyendo sus deseos, su decisión, su yo.

Erik Gandini presentó hace dos años un documental examinando las consecuencias de la modernidad en su país, Suecia, una nación con los más altos índices de desarrollo del mundo.

El documental “La teoría sueca del amor” hace una crítica hacia el sistema de valores elegido a principios de los 70 del siglo pasado en el país nórdico. En Suecia el ideal ilustrado se hizo carne. La teoría sueca del amor, recuerda el documental, se basa “en la independencia fundamental entre las personas”.

El estado sueco se propuso construir una sociedad donde “toda persona debe ser considerada como un individuo independiente”. La función del Estado sería ahora garantizar las condiciones sociales y económicas que permitieran la plena independencia del individuo.

Lograr la menor dependencia posible: niños liberados de sus abuelos, adolescentes de sus padres, mujeres de hombres. ¡Sal de tu minoría de edad! Se escucha el eco kantiano.

“Es cosa de cada cual decidir si quiere tener alguien alrededor todo el tiempo”, dice una voz femenina en off al inicio del documental. El poder de decidir por sí mismo es lo que caracteriza al sujeto moderno, es el pecado original de Eva, lo que alejó a los primeros hombres del Paraíso y del Padre.

“Instrucciones para una inseminación artificial”, no, no es un capítulo de alguna serie de ciencia ficción, ocurre en Suecia, de hecho a la mitad de las mujeres en este país. Incluso, la fecundación asistida llega como un “kit” a casa, solo son 20 minutos,  “y después ella puede seguir con su vida”, sí, como si nada. Sin las molestias de la relación afectiva, del tiempo y la cognición que se deben invertir. Sin la intempestiva llegada del amor y su caótica salida. No, de eso no, “tan fácil como en la vida real, porque no necesitas de un hombre”, aclara el genio detrás del banco de esperma más grande de suecia.

“La comunidad colapsa si no se reproduce”, un hecho básico de biología, reconoce el mismo doctor. Pero la soledad del individuo moderno dejó de ser un problema. De hecho, lo dejó de ser cuando el mercado cubrió la demanda de soledad: inseminación artificial, teléfonos celulares, audífonos, redes sociales, Netflix. La tecnología permite lo mismo que la vida real, solo que sin el molesto y dependiente contacto físico.

Maldito aquel amor que nos recuerda lo vulnerables, dependientes, frágiles y emocionales que somos. Ha llegado la hora del amor propio.

El llamado “primer mundo” logró de la mano de políticas económicas liberales (neoliberales) las condiciones necesarias para superar la barrera de la mera supervivencia, empoderando así al individuo para que se dedicara a su autorrealización.

Adiós a los valores tradicionales, aquellos que enfatizan los valores del grupo: la familia, la religión, la nación. Bienvenida la mónada humana, el átomo emancipado.

El politólogo norteamericano Ronald Inglehart afirma que los valores postmaterialistas, aquellos basados en la auto expresión, tendiente a la impersonalidad de la sociedad y el valor acrecentado de las ideas, han tomado protagonismo, sobretodo en la Europa occidental, norteamérica, Japón y Australia, desde el fin de la segunda guerra mundial. Hace varios años, este autor norteamericano ha estudiado los valores de cada país para ubicarlos en un mapa. Sí, un mapa, porque el individuo moderno se siente perdido.

Sin embargo, se encuentra gracias a su auto expresión, prescindiendo del grupo, con el imperativo de la autorrealización. Parece no haber principios eternos e inmutables, hasta que morimos. Todos morimos, memento mori, valar morghulis, debemos morir.

Sin embargo, hasta el significado de la muerte ha cambiado en la sociedad de la tiranía del individuo. Las muertes en soledad han aumentado en Suecia. Terroríficamente el asesinato parece una forma infame de reconocimiento. Pero la muerte en soledad es una implosión, auto aniquilación, negación del conato.

Cuando alguien muere de esta manera en Suecia, nos recuerda el mismo documental, los objetos de valor son recogidos por el Estado, el resto es echado al basurero. Aquí no hay objetos que rememoren la presencia del ausente. Aquí no hay quien guarde una fotografía como la más preciada reliquia.

Y sí, si todos morimos ¿por qué llorar, guardar, depender, recordar? Thomas Hobbes tenía razón, solo erró en la línea temporal. Es decir, no venimos de un estado de naturaleza donde el hombre, en su individualidad, es un lobo para el hombre. Más bien hemos estado construyendo dicho estado de naturaleza, en donde con avidez deseamos prescindir del otro “yo”, del tú, del nosotros.

El caso sueco es una caso extremo, de extrema derecha, según las coordenadas de Inglehart. El desilusionado sociólogo de la sociedad líquida, Zygmunt Bauman, finaliza el documental apelando a una sana interdependencia, la más difícil de conseguir: sin renunciar al yo, sin fundirnos con la masa heterodoxa, pero reconociendo que sin el otro es imposible haber un yo, pues en el otro está nuestro reconocimiento. Aceptando la necesidad que tenemos los unos de los otros, no solo para vivir, sino para vivir bien. Sí, es más fácil decirlo que hacerlo, bienvenidos a la compleja humanidad.

 

 

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