La momia (Cuentos de sábado en la tarde)

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El largo apéndice de ceniza seca colgaba todavía del cigarrillo muerto. Tan muerto como la mano ajada, huesuda y descompuesta, a medias, que lo sostenía. Si en su momento hubiera caído al piso, aún caliente, a lo mejor hubiera provocado un incendio, empezando con el remedo de tapete persa de la sala, siguiendo con las cortinas de velo mugriento y acabando en la cocina con una bonita y efectiva explosión.

“Con el pucho de la vida, apretado entre los labios”, Las Cuarenta, Rolando Laserie.

Pero no. Las leyes de la física también fueron víctimas del tedio, de la inercia mortal que, al parecer, había consumido los últimos días de Amancio Peláez, en la más completa y podrida soledad. No obstante, contrario a lo que había parecido ser su vida anodina y triste, ahora sería famoso.

En adelante y mientras nuevos recuerdos poblaran la cabeza de los vecinos de la zona, sería conocido con el pintoresco apelativo de La Momia de Paloquemao. Estaría en la bonita boca de las presentadoras de televisión y en la letra de molde de los periódicos capitalinos. No todos los días aparecían ancianos momificados en uno de los miles de edificios que pululan en la ciudad sin rostro.

De los aproximadamente 50 habitantes del Edificio María Luisa, en el que había residido los últimos 20 años, apenas dos sabían cómo se llamaba (uno de ellos, la aseadora por días del inmueble) y otras cinco personas lo reconocían solo como un habitante más del mismo, viudo y sin familia conocida.

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Frases del talante de: “apenas saludaba, no se metía con nadie, nunca se le veía acompañado y ni idea” se escucharon por esquinas y pasillos. Los agentes del orden, designados en su caso, se encontraron entonces con una pared de silencio y una polvareda de indiferencia. Al parecer nadie nunca había intimado con La Momia.

Yo llegué a su apartamento a eso de las 9:30 de la mañana, cuando ni siquiera la furgoneta de Medicina Legal había aparecido. Todo esto gracias a los buenos oficios del Cabo Rojas, uno de los dos jefes de prensa de la Policía Metropolitana de aquel entonces. El mensaje en el beeper fue lacónico y certero: “Muerto en Paloquemao, calle 20 No. 14-15. Apto 306. Barajas va para allá”. Efectivamente, Barajas y los demás patrulleros habían sido los primeros en llegar, ante las quejas de los vecinos de un “olor extraño que brotaba del apartamento del pensionado” al que desde hace mucho no veían por ningún lado.

Con la ‘delicadeza’ de siempre, los uniformados habían arrancado ya la puerta de sus goznes y se habían introducido en el apartamento para buscar al anciano, que los esperaba tranquilamente sentado frente a su televisor, fundido ya, tras innumerables horas de actividad interrumpida desde solo Dios sabe hace cuántos meses.

En la puerta curioseaban una colegiala, de falda demasiado arriba de la rodilla, y la que, deduje, era la aseadora. Ambas hablaban con Barajas, intercambiando barridos visuales hacia dentro para capturar el máximo de información posible que distribuirían minutos después por todo el vecindario.

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Adentro, Don Amancio, o lo que quedaba de él, estaba en calzoncillos, camiseta sin mangas y calcetines de lana. Los ojos, secos como de pescado congelado, fijos en la pantalla del TV. Las manos, atenazadas a los brazos de una mullida poltrona. En una de ellas, la colilla del cigarrillo. A su lado, una mesita de madera con el control remoto del aparato y un plato con rastros de lo que alguna vez había sido espaguetis con salsa de tomate.

En el piso había más colillas aplastadas y restos de comida. La escena se me antojó como una instalación artística de corte pop decadente cuya temática hubiera sido la soledad o el abandono. ‘Hombre podrido sentado’, ‘Inercia interior’ o ‘Los gusanos del tedio’ habrían sido buenos títulos.

Su aspecto no era el de un muerto cualquiera. En lugar de la lividez tradicional de los difuntos, su piel tenía un color amarillo cobrizo y casi transparente, tanto que se le alcanzaban a ver músculos y tendones. La crisálida octogenaria tenía algunos mechones de pelo entrecano en la cabeza y apenas unos cuantos dientecillos deteriorados que asomaban de los labios resecos y morados, entreabiertos en un rictus que mediaba entre la sonrisa displicente y la indiferencia. Parecía estar entretenido con el partido de fútbol o el noticiero de turno.

Y el olor, ese maldito olor, que lo asaltaba a uno desde el primer piso. No era a podrido, pero sí penetrante y desagradable, mezcla de alcanfor y ropa sucia y mojada. Hasta los policías, acostumbrados a ver, oír y oler de todo, llevaban tapabocas. Barajas me paso uno: “Pilas se vomita y se tira la escena del crimen, jajaja”.

“¿Cuál crimen?”, pregunté interesado, olvidándome de su tradicional mamagallismo, incluso en las situaciones más trágicas.

“En una ciudad repleta de gente, como esta, es un crimen que un viejito se muera solo y que ni los vecinos se den cuenta”, repuntó Barajas, con una sonrisa resignada, mientras se agachaba para ver mejor debajo de la silla en la que reposaba la momia.

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Yo le disparé varias fotos con la rudimentaria cámara del periódico, que solían prestarnos a los periodistas cuando no había fotógrafo disponible. Capturé no solo el cadáver sino todo lo que pude de su entorno, su burda mesa de comedor repleta de periódicos viejos, y botellas vacías; las fotos amarillentas de las paredes, de los que habían sido unos tiempos felices, normales y reales para don Amancio, con familiares y amigos, y no esta arruga enmohecida del destino.

Hasta me tomé el atrevimiento de arrancar un par de páginas de la libreta de teléfonos que encontré en una repisa polvorienta. Como parte de mi seguimiento del caso, llamé a varios de esos números y solo uno de ellos me respondió con algo de información: uno de sus amigos de vieja data, con el que solía jugar ajedrez todos los viernes en uno de los cafés del centro: “Al Amancio hace rato no se le veía por allá. Tenía una hija que vive en el exterior. Siempre andaba bien vestido y era muy conversador. Vivía en el centro solo y tenía una pensioncita de Telecom, en donde trabajamos juntos hasta finales de los 90”.

De acuerdo con los médicos legistas, la de don Amancio, de 78 años de edad, había sido una ‘muerte natural’. Fallo hepático, cirrosis avanzada y presión arterial deteriorada. O parafraseando a las abuelas: lo mató una ‘complicación de males’. De entre los cuales, el peor había sido la desidia de quienes lo rodearon en vida. No obstante, nadie fue capaz de precisar las razones por las cuales el cuerpo había alcanzado un estado de momificación semejante, que habría envidiado cualquier embalsamador egipcio.

“De pronto la temperatura y la atmósfera seca en la que vivía el occiso. Ventanas cerradas, aparatos eléctricos, poca ventilación, y una dieta intensa de alcohol y tabaco quizá obraron el milagro en este caso”, me comentó Lugo, uno de los forenses que presenció la autopsia de La Momia, este último, serio y nervudo, cual gárgola de piedra.

Como nadie se apareció para hacerse cargo del cuerpo, Don Amancio Peláez terminó en una fosa común en el Cementerio del Sur, en el que se sumió para siempre en el anonimato. Un muerto más, un número menos, una momia viva, una momia muerta. De su existencia, solo polvo. Un polvo informativo, escurridizo y volátil similar que dejó lo que fuese su brazo izquierdo, aquella misma mañana, cuando intentaron subirlo en una de las frías y brillantes bandejas metálicas de la morgue.

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