La muerte de Stefan Zweig, según Laureano Gómez

Publicamos un fragmento del texto que Laureano Gómez escribió sobre el escritor checo Stefan Zweig, pocos días de su suicidio, en el que dice que la muerte del escritor es de una absoluta falta de imaginación, y que su acto fue inmoral, como su obra.

Stefan Zweig, fallecido en 1942, fue uno de los escritores más relevantes de su tiempo, famoso, en parte, por sus biografías. Cortesía

En la risueña capital del Emperador del Brasil, sobre el lecho de un cuarto de hospedaje, aparecieron muertos Stefan Zweig y su mujer. Se habían envenenado con desinfectante casero. La prensa ha publicado los detalles de aquel fin sin grandeza. No faltó ninguno de los requisitos ramplones y las formalidades cursis de que echan mano los desgraciados que se suicidan. Carta de despedida, aviso a la policía, frase sentimental de última hora: Hoy soy feliz por primera vez. 

¡Horror! Imposible imaginar un abandono de la vida menos bizarro. 

La muerte del escritor judío resultó idéntica a la de cualquier cesante aburrido o cualquiera empleadilla alocada que se imagina víctima de la tragedia sentimental. ¡Qué absoluta falta de imaginación en un novelista! ¡Qué falta de decoro final en quien se ofrecía la admiración de públicos extensos e internacionales como experto en las vidas y los hechos de los más grandes entre los humanos! 

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Las precisas circunstancias de su muerte plantean un interrogante muy nítido: Quien así procedió, ¿era un grande espíritu? ¿Tenía las condiciones intelectuales y morales para acercarse al tribunal de la historia y sentarse a juzgar a los grandes que fueron, con mente limpia y conciencia pura? O su desastrado fin ¿ha puesto de presente lo que ya era notorio para muchos: que sus obras son sistemáticas y perversas falsificaciones, destinadas a torcer el criterio de la multitud desprevenida para abrirle campo a un concepto irreligioso y, sobre todo, contrario al cristianismo, propósito secular e incansable de las inteligencias judaicas? 

(…) 

Para quien escogió la profesión de escritor público y alimentó el propósito de orientar y dirigir a sus contemporáneos, la muerte por suicidio arroja un haz de luz fatídica sobre toda la obra, a cuyos pávidos destellos los relieves y contornos de la fábrica literaria adquieren un sentido exacto y un alcance preciso. El lector debe saber algo sobre la índole moral del autor a cuya sugestión se entrega. Cuando el autor termina por suicidarse, en ese punto y hora el leyente lo sabe todo. Producto de un ser inmoral, así serán la obra, aunque la ponzoña esté oculta y el veneno, dulcificado, son ser perciba. Cada ser engendra su semejante. 

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La razón fundamental de la inmortalidad del suicidio, dice Balmes, está en que el hombre perturba el orden moral, destruyendo una cosa sobre la cual no tiene dominio. Somos usufructuarios de la vida, no propietarios. Se nos ha concedido comer de los frutos del árbol, y con el suicidio nos tomamos la libertad de cortarle. 

El sujeto que perturba el orden moral contra su propio instinto de vida, ¿por qué ha de respetar dicho orden si el acto puede halagar sus pasiones, saciar sus odios o estimular sus esperanzas? Un carácter sin escrúpulos, ejerciendo de historiador, no sacrificará sus impulsos pasionales bajo las apariencias de la erudición, las añagazas evocadoras y los artificios literarios. 

Catedrales de tierra son las obras de Zweig. Hábil para el pulimento del barro, la primera impresión es la de la talla en el duro granito, en la caliza resistente o por lo menos en la arenisca. Y no hay nada de eso. La materia prima es ordinaria, vil. La inspiración es una buscona que corretea por lugares penumbrosos donde presume solicitaciones. La ejecución recuerda el moldeado, nunca la huella del cincel explorador y espontáneo. El acabado es brillante como el de las obras de estuco, satisfacción del gusto plebeyo que subordina la calidad a la apariencia lustrosa. 

Estos estudios con comunes a todos los escritos de Zweig. Aun los que parecen estudios de crítica literaria, sin conexión directa visible, ni indirecta disimulada, con el mundo de las ideas filosóficas exhiben la tendenciosa parcialidad de un beligerante racionalismo, la sistemática preocupación de engañar, falsear y desorientar. 

(…)

Imposible desconocer la enorme boga de los libros de Zweig. Las librerías de todo el mundo están llenas de sus pretendidos libros históricos. Abundan los sujetos que se imaginan poseer una suficiente información sobre la historia universal porque los han leído. Jamás se preocupan por rectificar y comprobar, utilizando fuentes más respetables y puras. Aceptan lo aseverado en dichos libracos como verdades inconclusas. 

Pues no es la exactitud, ni siquiera en asuntos indiferentes, característica de Zweig. En una obra muy conocida: Momentos estelares de la humanidad, al referirse a la batalla de Waterloo comete inexactitudes de marca máxima, perceptibles para los menos eruditos. Mariscales y generales a quienes atribuye acciones decisivas, no estuvieron en la batalla.

(…)

Los libros más populares de este escritor son los dedicados a narrar a su amaño las vidas de dos reinas bellas y desventuradas: María Estuardo y Maria Antonieta. Son dos libros nefastos, cargados de fatal veneno, escritos con disimulo y artería para corromper el criterio de la multitud respecto de dos épocas de viva lucha contra el catolicismo en el mundo moderno. No vaya a creerse que el escritor judío toma la postura de la diatriba, como para Erasmo escogió la del ditirambo. Lejos de eso, la apariencia es de profunda simpatía, de comprensión humana y cariñosa, casi de defensa. Pero la realidad de los escritos es cruel, despiadada, traicionera e infame. Con mórbida delectación, que busca satisfacer el bajo instinto de la maledicencia y dar carne de reina bella y católica a las malas y plebeyas pasiones de la multitud, se extiende en el relato de episodios, en la pintura de intimidades, en la recolección de decires y rumores, chismes, calumnias, hechos ciertos de la vida privada. Hay la hipócrita apariencia de ceder a la necesidad de dar al lector información exacta y de sacrificar su simpatía a los deberes de historiador imparcial. 

(…)

Se conocen bastantes casos en que el suicidio viene a ser el castigo que un hombre estragado de su propia conducta, determina para sí mismo. Testigo de su aviesa intención, conocedor de su falacia, hastiado de sus hipocresías y supercherías, ha de terminar por despreciarse y abominarse. Él sabe cómo contrahizo la historia, y se desfiguró la verdad, mutilándola y disfrazándola con arte sutil. Él tiene la conciencia de haber utilizado el prestigio de la literatura, en el servicio de la materia; y cuanto más completo sea el éxito de su maniobra, y más numerosos filisteos que aceptan sus leyendas y patrañas como verdades, más punzante ha de ser el hastío y el enojo contra todo, inclusive contra sí mismo. Entonces sobreviene el gesto de Judas, que cuando meditó en lo que había hecho, se ahorcó. 

Este es uno de los raros casos de suicidio entre los judíos, de que hay referencia en los libros santos. 

***

El Siglo, Bogotá, febrero 28, 1942, Páginas Literarias, pág. 1. 

Stefan Zweig (1881-1942). Novelista e historiador austriaco. Se hizo mundialmente famoso con sus ensayos y sobre todo con sus biografías, en las que analiza los complejos síquicos de sus personajes, que, aunque no siempre ajustados a la verdad histórica, adorna con buen estilo. De su copiosa obra se destacan: Romain Rolland, María Antonieta, Momentos estelares de la humanidad, Magallanes. 

Compilación y Notas de Ricardo Ruiz Santos 

Obras Completas. Tomo I. Crítica sobre literatura, arte y teatro. Bogotá. Instituto Caro y Cuervo. 1984. Págs. 112-119. 

 

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