La música de la infancia

Mayo es el mes en el que se celebra el oficio del maestro, por ello presentamos este texto que sirve como testimonio para entender y comprender el rol de un profesor en la construcción de una sociedad pensante, humana y democrática.

El pasado 15 de mayo se celebró el Día del maestro, una fecha en la que hacemos un reconocimiento a aquellas personas que asumen la responsabilidad de educarnos para ser mejores individuos dentro de la sociedad. Archivo particular

El primer recuerdo de mi vida escolar no es grato. Tenía unos siete años y una profesora, cuya cara se disuelve en mi memoria, me amenazó con un reglazo en la mano porque yo tenía la costumbre de leer cantando. No podía evitarlo. Ella pensaba que lo hacía adrede para incomodar. Sin embargo, no lograba leer sin que las palabras confluyeran en una voz disonante. No había una razón particular y esto me avergonzaba.

Los años que siguieron no fui un estudiante fácil de tratar. No se debía a que fuera latoso. De hecho, era bastante aplicado. Mantenía mis tareas al día y no dejaba escapar palabra en toda la clase. Sin embargo, había desarrollado un carácter explosivo que me hacía desafiar los espacios de aprendizaje. Supongo que decidí revelarme ante quienes intentaron opacar mi canto.

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Estudiaba siguiendo mi criterio y durante mis exámenes, sin ninguna vergüenza, sacaba mi cuaderno para copiar. No me importaba ser atrapado. Al contrario, buscaba eso, desafiar esa relación de poder. Tenía lo más importante: el conocimiento. La nota, por el contrario, me parecía una formalidad. Ponía los cuadernos a la vista y llamaba la atención de los profesores. En un par de ocasiones no recibí más que una breve amonestación verbal, como si el profesor o la profesora entendiera que lo mío no era más que obstinaciones de la edad.

A pesar de mi rebeldía, tenía especial cariño por mis maestros de sociales, religión y español. Nunca lo dije, pero agradecí y disfruté en silencio sus clases con mapas, historias y libros. El profesor de matemática solía desquitarse con los indisciplinados, poniendo ladrillos en sus maletas y obligándolos a hacer sentadillas.

A la universidad llegué con la misma animadversión por las estructuras académicas. No obstante, mi actitud de rechazo no era en contra del conocimiento. Leía con voracidad, sentado frente a una cafetería de paredes rojas, mientras se consumían las horas y el cielo quedaba igual a un pedazo de carbón.

Tenía fobia a los espacios de clase y debo confesar, con vergüenza, que en varias ocasiones entré sin estar totalmente en mis cabales. Fueron muchos los maestros que soportaron mis extravagancias. Uno de ellos, el profesor Omar Díaz, me ayudó a saldar una deuda con la biblioteca; me reunía con él en su oficina para leer minicuentos y escucharlo hablar del Renacimiento o Descartes; tampoco puedo olvidar a la profesora Tina, que llegaba con chocolates y ofrecía un abrazo a quien lo necesitase; o a mis profesoras de francés, que me citaron un día para preguntarme si estaba bien, si pasaba algo conmigo o tenía problemas en casa; por último, a Alfonso Vargas, un gran investigador, maestro y amigo, quien terminó de infundir en mí el amor por la literatura. Me recibía en su casa para desayunar y me involucraba en tareas que retaban mi intelecto, mi escritura y mi capacidad de hablar en público.

Estos maestros me instruyeron en aspectos necesarios para la construcción de una sociedad más abierta y democrática, como la libertad, el amor por el conocimiento y la compasión por el otro. Además de inculcarme asombro, curiosidad y un pensamiento crítico.

En medio del confinamiento, no dejo de recordarlos. Muchos siguen dedicados a la docencia, trabajan desde sus casas para derruir esos muros con los que algunos quieren evitar la música de la infancia.

 

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Javier Zamudio

Cultura

La música de la infancia

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