100.000 acetatos en una zapatería

La música del mundo en una bodega secreta del centro de Bogotá

Elkin Giraldo, su propietario, tiene en formato vinilo cantidad de éxitos guapachosos y nostálgicos de diciembre, pero no sabe bailar, no bebe y nunca ha asistido a una fiesta

Ricardo Rondón Ch.

“¡Aquí hay acetatos hasta en el sanitario!”

Elkin Giraldo Giraldo, un comerciante paisa de esos que llaman de hueso colorado, nació un 25 de diciembre; tiene en su almacén de calzado en Bogotá más de 100.000 discos, pero asegura que jamás aprendió a bailar, que nunca en su vida ha asistido a una fiesta, que menos sabe de un paseo de olla o de una guachafita con tragos, porque es un abstemio incorregible.

Es que Elkin, lo acepta sin ruborizarse, es trabajólico, es decir adicto al trabajo, o ergomaníaco, cuando dicha adicción obliga a un tratamiento clínico.

Y como por obvias razones de agitadas fechas decembrinas se triplica el trabajo, el hombre se goza como mono la temporada haciendo lo que más le gusta: “camellando de sol a sol”, así sus familiares y amigos le jueguen bromas de obsesivo y metalizado.

Cuando le preguntan, a propósito de la música que oferta y demanda con una clientela propia de años, ¿cuál es el sonido que más le gusta?, él tiene la respuesta automática: El sonido que producen los billeticos cuando uno los cuenta, puntualiza con sorna.

Ese pensamiento no abrigaba sus querencias de adolescente, cuando luego de recibirse como bachiller en Medellín, su terruño natal, auspiciado por su padre, don Gilberto Giraldo, empleado oficial,  ingresó al Seminario de los Padres Agustinos Recoletos a cursar Filosofía, y luego al Seminario Mayor de Manizales, donde aprendió latín y teología, y complementó estudios filosóficos.

Aunque vestir los ornamentos sacerdotales no estuvo en sus planes, su preparación humanística, la férrea disciplina, el respeto y la vocación por compartir sus conocimientos, le valieron un escaño como docente en la Universidad Pontificia Bolivariana, donde dictó por tres años cátedra de vocacionales, humanidades y religión.

Desertó de su misión de maestro en 1.980 por la paga irrisoria que siempre ha sido el dolor de cabeza del magisterio nacional, y se estableció en Bogotá picado por el bichito del comercio, de hacer plata con las destrezas de negociante que ha identificado a los paisas, capaces de vender un hueco con cremallera, como Giraldo sostiene.

Fue empleado aventajado de los Hernández Ortiz (Germán, Humberto y Gustavo), próspera familia de fabricantes y distribuidores de calzado, propietarios de la marca Cosmos, afincada en el centro capitalino, donde Elkin, por su pericia como vendedor llegó a ocupar el cargo de administrador hasta 1985, cuando decidió independizarse y con unos ahorros armar nicho propio como distribuidor, con un primer almacén que abrió en el barrio Venecia (pagando de entrada cuatro meses de arriendo por adelantado porque no encontró fiador), y al que bautizó con el nombre de Amadeus, inspirado en su gusto por la música clásica, herencia de sus años en los seminarios.

A comienzos de la década de los 90, Giraldo fue convocado por sus antiguos patrones, los Ortiz, que por edad y trajín querían arrendar sus almacenes para establecerse del todo en Bucaramanga. Nadie más que él, por la responsabilidad y la efectividad laboral que les había demostrado como trabajador, para dejar el negocio en sus manos.

Comenzó tomando en arriendo un primer almacén, el de la calle 17 con carrera 8°, por el que pagó $350.000. A los seis meses alquiló el del frente por la misma suma, y con el paso del tiempo el resto de los locales, de ocho que integraban la cadena Cosmos, uno en la calle 15 con carrera 9°; otro en la calle 20 con carrera 8°, y dos más en la carrera 10° con calle 21. 

Años boyantes de la distribución del calzado nacional, el mejor zapato, afirma Giraldo, que cuando acordó no siguió cancelando puntual los arriendos sino que uno a uno los fue comprando. Hasta 2005, cuando comenzó a reducir sus locales a solo tres para calzado, y los demás arrendarlos para otros menesteres como apuestas. 

Varios factores influyeron en esa caída: la inseguridad que comenzó a apoderarse del centro, la amplia comercialización del producto en el tradicional barrio Restrepo, y la avalancha del mercado chino, que no es zapato de cuero sino de lona y plástico, y se descose con el primer aguacero, y que ha sido la debacle para los fabricantes y distribuidores de calzado nacional.

Por la mercadería china, de cargazón, como él llama, Giraldo ha visto extinguirse marcas de reconocimiento como Olafo, Alfa, Chang, Grulla, Cauchosol, y la cadena Garvi que, como su firma Cosmos, se sostiene con una clientela que él ha cultivado de generación en generación, por las permanentes promociones, y porque mi Dios es muy grande, ya que vender calzado no es negocio, no obstante la fidelidad de mis proveedores y la calidad del zapato, que es cuero legítimo.

“Mire -agrega Elkin-, aquí en este almacén, a principios de los 90, se vendían entre 900 y 1.000 pares de zapatos. Cifra promedio en cada local. En la actualidad, no pasa de venderse 400. Le parecerá increíble, pero de un tiempo a esta parte, estoy vendiendo más discos que zapatos.

Un mundo de vinilos

Lo del disco, es cuento aparte. Elkin Giraldo Giraldo no sabe en qué momento se le llenó de acetatos la bodega, las habitaciones adjuntas y hasta el baño. Hay discos por todas partes, eso sí muy bien organizados, clasificados en estanterías, por géneros; un inventario del que él sólo tiene idea en el disco duro de su memoria y en la de un kardex a la antigua como soporte de existencias.

Porque aunque Giraldo no presume de melómano ni coleccionista, ni de llevar apuntes pormenorizados de autores, intérpretes, orquestas y solistas del extraordinario repertorio de músicas del mundo (de la India, Egipto, China, Australia, Japón, Alemania, Corea, la antigua Checoslovaquia, etc.) que integra su ambicioso muestrario de vinilos, tiene un conocimiento preciso de su procedencia y de su estimable valor, depende del interés de los coleccionistas que lo visitan: pura psicología de buen vendedor.

“Por allá en el año 85 empecé a comprar por gusto personal las colecciones de Música clásica del sello Salvat, que era de 100 elepés. Luego vino la de Jazz y Blues. Y así me fui aficionando a adquirir acetatos raros que veía en las vitrinas de discos de esa esa época, hoy ya desaparecidas: Discorama, Bambuco, Discos Daro, Mercado Mundial del Disco, y hasta en los mercados de las pulgas. Cuando alerté tenía una cantidad considerable de acetatos que organizaba en canastas de plástico y que disponía a la vista del público que ingresaba a los almacenes a preguntar por calzado. Sin proponérmelo, advertí que la gente se interesaba a la par tanto por el zapato como por la música”.

En ese roce diario de oferta y demanda con la clientela del calzado, inició una particular con la del disco:

“Caballeros que llegaban al almacén acompañados de sus esposas y de sus hijos (oportuno resaltar que la línea de calzado de Cosmos siempre ha sido masculina), y manifestaban que tenían en sus hogares cantidad de discos de los que se querían deshacer por la novedad del discompacto o Cd, que causaba furor en esa época. Inmediatamente les extendía mi tarjeta de presentación para que me llamaran y en el momento oportuno ir a ver la mercancía y negociarla. Eso se fue creciendo por el voz a voz, no solo por los clientes del calzado sino por coleccionistas, proveedores, emisoras y aficionados intermediarios, estos últimos que saben dónde ponen las garzas a la hora de cazar remates”.

A la par de los acetatos, Giraldo también se interesó en la adquisición de radiolas y tocadiscos de época que conseguía en anticuarios y rastrillos. Algunas en estado deplorable que él resucitaba con un esmerado mantenimiento, y en lo concerniente a reparaciones eléctricas, en los talleres confiables del sector donde siempre ha residido: Ciudad Jardín, al sur de Bogotá.

Dichos aparatos hacen parte de la decoración de sus almacenes, pero están a la venta si el cliente se interesa. Yo no soy coleccionista, ni melómano ni erudito de la música. Soy comerciante y mi consigna es que el cliente se vaya contento con la mercancía, tanto la del disco, como la del calzado. Al cliente satisfecho no hay que decirle que vuelva, porque uno se da el lujo de recibirlo con más clientes, familiares, amigos, compañeros de trabajo.

La única radiola que es de su uso, es una Phillips del año 1960, que ocupa un lugar privilegiado en el segundo piso de su almacén, que él acondicionó como depósito de sus miles de discos. Allí pasa largas jornadas limpiando con varsol los acetatos y poniéndoles fundas nuevas de plástico a las carátulas. En eso se la ha pasado los últimos veinte años. Cuando lo sorprende altas horas de la noche en ese trajín, no tiene problema porque ahí mismo pernocta en una amplia cama de cedro y una guarnición de cobijas cuatro tigres.

Ni fiestas ni bebeta

Como buen capricorniano, Giraldo es un hombre pragmático, realista y coherente con su espíritu de negociante. No sufre de nostalgias del pasado ni siente apego por ningún tipo de celebraciones. Solo el trabajo lo hace feliz, que es de todos los días, sin descontar domingos ni festivos. Por eso un mes como diciembre lo aprovecha al máximo y lo agradece en el alma, “porque se multiplican las divisas”. En los tiempos del comercio próspero en el centro, cuando la seguridad lo permitía, cerraba sus almacenes a las once de la noche.

“Hoy no se puede hacer esas gracias porque lo dejan a uno en pantaloncillos. A más tardar a las ocho de la noche estoy bajando rejas y deseándoles la feliz navidad o el feliz año a mis empleados. Cierro, y como en Cinco pa’las doce, la canción de Oswaldo Oropeza, interpretada por Néstor Zavarce (ambos venezolanos), me voy para la casa a recibir la bendición de mi viejita que ya frisa los 87 años; saludo a mis hermanos, ceno con ellos, y si el ambiente se caliente con francachela y tragos, me escabullo y regreso al almacén”.

-¿Y qué puede hacer usted un 24 o un 31 de diciembre a las doce de la noche, solo en una bodega del centro de Bogotá repleta de discos y de zapatos?- le indago.

“Como le dije al principio: no soy de bebeta ni de fiestas ni de paseos. No sé bailar. Tampoco tengo mujer ni hijos. Nunca me casé por estar concentrado en los negocios. Enamorar, conquistar, casarse, tener hijos, criarlos, es una enorme responsabilidad que necesita de tiempo, paciencia y vocación. Yo, en ese aspecto, no la tuve. Asumo lo que usted dijo, que soy trabajólico -me gusta esa palabra-, adicto al trabajo, pero no me considero un tipo aburrido ni huraño ni amargado. Disfruto lo que hago. También soy sedentario. Si viajo, es por cuestión de negocios, por ir a ver un remate, pero no más. Esa es mi forma de ser. Y eso me hace feliz”.

Aquellos diciembres

Quizás Elkin Giraldo Giraldo sea de los pocos colombianos que ostente una discoteca decembrina de vieja guardia que envidiaría el más obstinado coleccionista. Aunque él no se apropia ese rótulo, la exhibe gustoso para la venta por dos razones: porque muchas personas quieren revivir en sus hogares la música autóctona que nunca pasará de moda en estas festividades, y por su agudo olfato de comerciante que songo sorongo le está sacando provecho al regreso triunfal del acetato y de los pinchadiscos, como se les conoce a los viejos tornamesas, hoy de modernos diseños y manufacturas.

Cientos de discos guapachosos y de antología saltan a la vista con esa impronta de las carátulas a todo color que obliga a devolverse en el tiempo de aquellos diciembres que no volverán: los rostros juveniles de Gustavo El Loko Quintero, con Los Hispanos; de Rodolfo Aicardi, con Los Graduados, del Indio Pastor López, Guillermo Buitrago; Los Univox, Los Falcons, el tradicional mosaico del Cuarteto Imperial, Los Teen Ayers, la Billo’s Caracas, Los Melódicos; Richie Ray & Bobby Cruz, Fania All Star y sus descargas navideñas con Willy Colón y Héctor Lavoe, y uno de los más solicitados, himno oficial de las despedidas de años, el de Cinco pa’las doce, el original de la RCA Víctor, letra lacrimógena de Oropeza, con el vozarrón de Zavarce.

“Es el que más demanda tiene en estas fechas -agrega Giraldo observando la carátula-, porque además de Cinco pa’las doce, viene con éxitos sabrosones de toda la vida como Rosa María, de Lalo Montané , interpretado por Los Moonligth; Ven ven, famoso merengue de Pacho Galán, en la voz de Carmencita Pernet; El hijo ausente, de Pastor López; Buenas noches diciembre, de Luis Eduardo Gutiérrez, con Edmundo Arias y su Orquesta; Arbolito de Navidad, de Guillermo Buitrago, en la voz de Tito Ávila, El Burrito de Belén, con Los Pico Pico; Con mi botellita de ron, clásico de clásicos navideños en la voz de la venezolana Tania, y de remate, Mamá, ¿dónde están los juguetes?, de Oswaldo Oropeza, interpretada por Raquel Castaños, también de Venezuela. 

-¿Quiere oírlo?-, pregunta Giraldo, señalando con el índice el reloj de la cartulina que es el mismo acetato decorado con guirnaldas y un moño en punto de las doce.

-Pero por supuesto, será la primera vez que oigo esta joya en un pinchadiscos.

Giraldo sopla el acetato y con un recorte de tela de pañal lo limpia. La aguja activa el scratch del primer corte del acetato en perfecto estado, y el introito de la letra revuelve una a una hondas añoranzas del amor de madre, del hijo presuroso que llega a abrazarla y a pedir su bendición. De todos los hijos y de todas las madres:

Las campanas de la iglesia están sonando / anunciando que el año viejo se va, / la alegría del año nuevo viene ya / los abrazos se confunden si cesar / Faltan cinco pa’ las doce / el año va a terminar / me voy corriendo a mi casa / a abrazar a mi mamá (Bis) / Me perdonan que me vaya de la fiesta / pero hay algo que jamás podré dejar / una linda viejecita que me espera / en las noches de una eterna navidad… (Bis).

-Aquí hay más discos de diciembre, de muchos años, y mire usted cómo los conservo-, recalca don Elkin esculcando a dos manos en los escaparates.

En efecto: la mayoría de acetatos no tiene ningún rayón y sus cubiertas no pueden estar en mejor estado. Una discografía congelada en el tiempo que pide pista en esta época para pellizcar el nervio del ánimo al más escéptico y desprogramado.

La pregunta de rigor ante la desconcertante existencia de lo que Giraldo llama clásicos de clásicos, no se hace esperar:

-¿En cuánto valor estima este acetato de Cinco pa’las doce?

-$20.000-, riposta en seco.

-¡$20.000! ¿Luego cuántos más tiene de estos…?

-¿Cuántos va a llevar?

Respuesta típica de mercader antioqueño que obliga a cambiar de tercio:

-¿Cuál ha sido el disco más caro que ha vendido?

-Eso depende del disco, del género, de la antigüedad, del estado del producto, pero sobre todo del cliente. Le doy un dato: cuando el interesado demuestra mucho interés, en esa misma medida se va inflando la bolsa. Por ejemplo, hay coleccionistas que vienen a preguntar por el primer álbum de los 14 Cañonazos, del sello Fuentes. Es de los más escasos. Yo tengo el segundo. El primero de esa serie salió en 1960. A la fecha, han salido 57 cañonazos. ¡Y no nos ha pasado nada!, bromea sonriendo.

Cualquier afiebrado por la música, y en especial, por el gusto del acetato como pieza invaluable de la música de antaño, podría quedarse tardes enteras revisando carátulas, tomando apuntes, y rememorando ilusiones y quimeras alrededor de la melodía de sus preferencias.

Elkin Giraldo dice que sólo un estudioso del tema lo visita de vez en cuando, y que de años es familiar en su almacén: Marco Aurelio Álvarez.

“Creo entender -sostiene el comerciante de marras-, que Marco Aurelio es una de las personas que más sabe de música en Colombia, como lo fue en su momento don Hernán Restrepo Duque. Marco Aurelio viene como usted, cuaderno en mano, y se le va la tarde consultando y poniendo música en la radiola. Cuando él arrima por acá, es como si llegara a su propia casa. Se le recibe con cariño.

-¿Usted sí cree que el acetato vuelve a ponerse de moda como en su época dorada?

-No tanto como en su época dorada -aclara-, pero sí va a tener un público especial. De hecho hay artistas como Andrés Cepeda que están grabando sus trabajos en vinilo. Y también me enteré de un ingeniero en Bogotá que ya tiene listos los equipos y la infraestructura para comenzar a imprimir a partir del próximo año. Eso ayuda al mercado. Todo lo que se haga en beneficio de la música, será bienvenido. 

Sobre el tapete queda el reguero de carátulas de los decembrinos: de Fruko y sus Tesos, del Mano a mano del Loko Quintero y Guillermo Buitrago, del Combo Nutibara, La Sonora Dinamita, Los Corraleros de Majagual; de los 16 éxitos de Buitrago, según Giraldo, otro de los álbumes más requeridos en navidad. Y es que el repertorio no puede ser más atractivo: La víspera de año nuevo, Ron de vinola, Dame tu mujer José, Grito vagabundo, El huerfanito, El amor de Claudia, La araña picua, La piña madura, El testamento, entre otros.

En medio de la mar de vinilos y a punto de levar anclas para reanudar la marcha, aparece Elkin Giraldo con el trofeo de temporada, el más oído, el más mentado en todos los estratos, el infaltable e ineludible a la hora de pasar un calendario solo y despechado, o feliz y acompañado.

Señoras y señores, el Rey de la música decembrina, El año viejo, con su carátula original de la RCA Víctor, letra del maestro Crescencio Salcedo, en la voz del legendario intérprete venezolano Antonio Camargo Carrasco, mundialmente conocido como Tony Camargo, hoy a sus 86 años, radicado en México.

Breves de la contra-carátula firmada por don Hernán Restrepo Duque: “Tony Camargo ya residía en el país azteca cuando grabó El año viejo en 1953, con La Sin par Orquesta, de Ernesto Duarte. Una amable antología decembrina para bailar, recordar, comentar, reflexionar y chillar, si se quiere, porque de eso se trata”. 

El álbum del Año viejo trae en sus dos caras hits de temporada como La pastora, Baila Vicente, El partido por la mitad, Para campo La Habana, La bandolera, El hombre aparecido, Linda guajira y, óigase bien, nada más ni nada menos que El Negrito del batey.

-¡Pa’rematar el año con todos los hierros!, ¡¿Cómo la ve?!-, exclama Giraldo emocionado en su bunker donde lleva más de dos décadas almacenando melodía.

-Pero usted no bebe, no baila, no… 

-¡Pero me la gozo vendiendo!

¡Feliz año!