El 9 de septiembre a las 8 p.m.

La música que nos hace creer

En el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, la Sinfonietta de Ámsterdam y el Coro de Cámara de los Países Bajos estarán tocando a uno de los compositores vivos más profundos que existen: Arvo Pärt. Estarán interpretando también a Bach, Nystedt, Shostakóvich y Fauré.

Cortesía

Así es como imagino la música:
Es como el alimento, como un campo sembrado de granos.

La música es mi amiga, es comprensiva,
empática,
perdona,
reconforta,
es un paño para secar lágrimas de tristeza,
y una fuente de lágrimas de felicidad.
Liberación y vuelo.
Aunque también una dolorosa espina, en la carne y el alma.

Arvo Pärt, Even if I loose everything (Incluso si lo pierdo todo).

 

Arvo Pärt (Estonia, 1935) es nuestro milagro del día. Es quien hace del silencio, magia. De espíritu terrenal, ha compuesto grandes plegarias que nos hacen mirar al cielo para pensar en lo humano. En todas sus dimensiones. Como la oración que se interpretará en Bogotá -Da Pacem Dominem- y que escribió de un tirón, una noche “profundamente afectado”, tan pronto supo que en Madrid ese 11 de marzo de 2004 unos fundamentalistas habían colocado explosivos en la estación del metro en hora pico.  

Hay quienes definen su música en términos de llantos cantados o como algo similar a la luz que pasa a través de un prisma. ¿Puede haber más bellos adjetivos? Porque en medio del ruido que nos rodea, de la música que atraviesa los oídos pero se olvida, la suya queda clavada en el alma y la eleva, conmociona y emociona. Detona eso que nos permite hacer creer. En algo o en alguien. En tiempos de descreimiento y desconfianza, consuela saber que alguien nos invita a creer sin templos ni diezmos. Como también lo hace otro compositor del programa, que seguramente será un descubrimiento para muchos: Knut Nystedt. Trabajó casi toda su vida como organista en la iglesia Torshov, de Oslo,​ y como profesor de dirección de coro en la Universidad de Oslo. Veremos su espíritu salir en esa música dedicada a Bach para coro a capella.

(Y llegan los recuerdos. Propios este paréntesis es para su ejercicio de memoria personal. Ese sentimiento extraño de sentir el espíritu en la mano, de la mano de la música coral. De perderse en esa idea del creer. Un padre poniéndoles a sus hijos la Misa Criolla, ese ruego sincrético de folkloristas argentinos de los años 60, que me hacía soñar con La Misión. Luego, vinieron los Réquiem. El de Mozart. Y luego el de Verdi. Y el de Fauré que se tocará en este concierto también. Esa música de adiós me emocionaba mucho, tanto como Los funerales de la Reina María de Purcell, que ese papá escenificaba con sus manos y su relato contándonos cómo es que iba pasando el féretro de la Reina por la calles de Londres hasta llegar a la Abadía de Westminster para recibir allí la despedida. Y cómo olvidar la obsesión que tuve con el Stabat Mater de Dvořák. Pienso que lo dramatúrgico de este adiós, lo dramático es quizá un ingrediente clave acá, esa monumentalidad, esa estructura narrativa que con las voces y sus matices, el tono y los órganos nos va llevando y llenando de emoción. Más recientemente, me he conmovido igual con los alabaos del Pacífico, con esas cantaoras llenas de vida y cargadas de dolor que lloran la pérdida. Fin del recuerdo).

Para poder transmitir esto de lo que estamos hablando, es necesario decir que Pärt vivió una crisis espiritual que lo llevó a producir los cantos y melodías que han regocijado ya por décadas a tantos. A la mitad de su carrera, se volcó a los cantos gregorianos y a la iglesia ortodoxa rusa. Hasta tiene un icono ruso frente a su piano. Educado en la Estonia soviética, con el rigor soviético y un ateísmo soviético, es decir obligado, su corazón no pudo más que componer estridencias que iban en contravía con lo exigido por el Partido. Pero, sobre todo, no quería vivir en un mundo sin fe. Fue el impulsor, si no creador, de eso llamado Minimalismo –que luego se llamó minimalismo sacro–, y, tiene poco que ver con el sosiego del que hablamos hoy de su trabajo. Él no quería rendirle cuentas a nadie, no quería que nadie rigiera su mundo creativo, no quería que éste le sirviera a nadie. Por ello, su primera música es tan difícil de oír, tan cortante. Estaba sentando un punto. Reclamaba un lugar distinto en el mundo que le querían imponer.

“El arte pertenece a todo el mundo y a nadie. El arte pertenece a todas las épocas y a ninguna. El arte pertenece a quienes lo crean y a quienes lo disfrutan. El arte no pertenece al Pueblo y al Partido de lo que perteneció en otro tiempo a la aristocracia y a los mecenas. El arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo. El arte no existe por amor al arte: existe por el bien de la gente. Pero ¿qué gente y quién la define? Él siempre pensó que su arte era antiaristocrático. ¿Escribía, como sus detractores sostenían, para una élite burguesa y cosmopolita? No. ¿Escribía, como sus detractores querían, para el minero de Donbass fatigado de su turno de trabajo y necesitado de un reposo tranquilizador? No. Escribía música para todos y para nadie. La escribía para quienes más apreciaban la música que escribía, sin tener en cuenta su extracción social. La escribía para los oídos que podían escucharla. Y sabía, por consiguiente, que todas las definiciones verdaderas del arte son circulares, y todas las definiciones falsas del arte le atribuyen una función específica”. Julian Barnes, El ruido del tiempo.

Estas frases bien podría pensarlas Pärt. Pero las pensó Shostakóvich –de quien también oiremos una pieza en este concierto–, o al menos eso cree el novelista Julian Barnes, quien le dedicó este libro a recuperar la memoria del compositor ruso al que tildaron de vendido al régimen estalinista, por nunca haber huido de él. La procesión va por dentro, claramente, y su música llena de incomodidad y hondura lo grita. En eso se parecen mucho ambos compositores, en ese intento intenso por decir lo que sienten sin panfletos, pero con la profundidad de su música. Por mostrar su desazón por el mundo en el que les tocó vivir. Bien decía Barnes que escribir dentro del régimen tiene sus implicaciones. Y sus resistencias.

Y ya para terminar, sin miedo a romper estructuras, Pärt, como la propia Sinfonietta de Ámsterdam, han irrumpido en otros géneros musicales y artes. El estonio ha trabajado, por ejemplo, en colaboración con el afamado director de teatro Bob Wilson (Adam´s passion) y su música ha sido parte de la banda sonora de numerosas películas (Promised Land, Farenheit 9-11, Soldados de Salamina, La gran belleza o Avengers, entre otras muchas). Por su parte, la orquesta de cámara holandesa, tiene la particularidad de no contar con director, sino que su directora artística, Candida Thompson, forma parte de la orquesta y conduce desde el lugar del concertino. Pero eso es lo de menos en sus gestos innovadores. Además de ser excepcionales intérpretes clásicos, han hecho proyectos con la banda británica de Trip hop Lamb o con el cantante canadiense Rufus Wainwright, lo que demuestra que no le tienen miedo a la música popular y, en su lugar, la enaltecen con sus mezclas.

De nuevo, vemos, que todo es cuestión de creer. Creer que es posible. Y sí, lo es.