El Cisne: libros y espacios

La necesidad de un miedo útil

Mariana Enríquez, una de las invitadas a la Filbo2017, hablará de su libro “Las cosas que perdimos en el fuego” (Anagrama, 2016) y de la relevancia que ha tomado el cuento en la literatura latinoamericana.

Mariana Enríquez, además periodista, hace parte de la nueva generación de escritores argentinos. / Nora Lezano

Buenos Aires-Bogotá.

Con las películas de terror el miedo se instalaba por poco tiempo. Las mascotas enterradas en el cementerio de animales no regresaban de verdad, todo terminaba con la palabra “Fin”. Quizás en algún momento se imaginaba al fantasma del gato debajo de la cama, detrás de las cortinas, en cualquier lugar oscuro. Pero la sensación desaparecía, era un miedo inútil. Algunos se sintieron conquistados por estas películas, se les abrió un mundo; otros se quedaron quizás en 1989 con Cementerio maldito —basado en el libro Cementerio de animales de Stephen King— e intentaron no ver nunca más otra película de terror en toda la vida, mucho menos pensar en leer algo parecido.

Por fortuna Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) leyó a Stephen King. “Fue una revelación: yo hasta ese momento pensaba que la literatura no te podía causar cosas físicas… con King me conecté con la literatura, cuando leí ese libro tuve un miedo aterrador, la pasé mal y eso me abrió una puerta emocional. Ahí entendí lo que se podía hacer”, comentó la escritora a la revista digital argentina Continuidad de los Libros. Ella escribe sobre el verdadero terror, ese que se instala porque es cotidiano, porque se necesita.

El término “nunca más” no existe y años después se llega no a una película, sino a las páginas de un libro, a Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016). Enríquez recibió el Premi Ciutat de Barcelona en la categoría Literatura castellana por esta obra el pasado febrero. Sus relatos se disfrutan, aunque “disfrutar” no es la palabra correcta, quizás sería mejor otra que relacione el placer culpable por el detalle escabroso con la belleza de la exactitud que tienen los cuentos a los que no les sobra una palabra, que están bien amarrados.

Cada uno de sus personajes se pega al cuello y no se va: el chico sucio, el guía turístico, el vecino, el adicto a internet, las tres amigas. Son doce cuentos que se leen con velocidad, tanto por la forma como están escritos como por las ganas de saber qué pasará. Con ellos no basta decir como en las películas: “esto no existe, no es verdad”, pues todos sus personajes provienen de la realidad, de la crónica más negra, de lo que uno se entera, a veces sin intención, cada día en las noticias.

Lo que sucede en la historia que le da el título al libro es dolorosamente triste, actual y cotidiano: mujeres quemadas por sus parejas. Ellas mismas comienzan a prenderse fuego para cambiar el canon de belleza, para protestar contra la violencia de género. Sobre este cuento la escritora participó en el debate “Entre lo bello y lo monstruoso” el pasado 30 de abril durante la Filbo. En sus historias también hay niños violados, asesinos en serie, fanáticos religiosos, matoneo escolar, adolescentes drogadictos, abusos de poder, mutaciones y parejas que se odian en silencio. Sí, existe un efecto físico al leer sus relatos. No se pueden parar los golpes contra el estómago, ni se quiere interrumpir la lectura.

Su terror no desaparece. Un cuento suyo, hoy, podría llamarse por ejemplo “La ballena azul”, el juego real entre adolescentes desorientados que cumplen pruebas hasta suicidarse. Se llega a confundir lo que se lee con lo que se ve, con lo que se escucha. Cualquiera en la calle o en internet podría ser un desequilibrado como el Petiso Orejudo o el vecino de la trabajadora social. Y mucha gente va por el mundo metida entre un libro como esté que no se puede dejar de leer; menos mal que son miedos útiles. Con Mariana Enríquez no existe la palabra “Fin”.