La OFB cumple 50 años: reminiscencias de un violín y una batuta

Este año la Orquesta Filarmónica de Bogotá cumplió 50 años. Mario Posada, uno de sus fundadores, recuerda los detalles del inicio de uno de los tesoros culturales de la capital.

Mario Posada Torres recibió en el 2017 el Premio Vida y Obra, otorgado por la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá. Cortesía

Un piano y más bibliotecas que habitaciones. Los libros, e inclusive el mismo piano, hablan de una época que se ha ido quedando atrás, pero que instalarse en ella inspira curiosidad. El valor de las antigüedades no se basa únicamente en lo que reflejan de ese momento de la historia, sino también por las historias que hay detrás de ellos, por el carácter de lo irremplazable y de lo excepcional.  Mario Posada, uno de los fundadores de la Filarmónica de Bogotá, me invitó a tomar asiento mientras alistaba las fotocopias de varios documentos que tenía preparados para la entrevista. Su orden, su educación, su galantería y su bondad se veían respaldados por su tacto al presentar documentos tan preciados como su primer borrador de una nueva composición musical o como brindar la posibilidad de ver un texto firmado por Gabriel García Márquez.

La música en general ha sido su amante, pero el cómplice de esa estrecha relación es el violín. Un instrumento que no solo lo ha llevado a reconocer los instantes más bellos y preciados de su vida, también ha sido quien le ha permitido poseer una memoria tan prodigiosa como las notas que ha interpretado desde que su papá le regaló un violín a sus primeros años de vida.

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Recogieron 50 firmas de artistas, políticos e intelectuales de la década de 1960 que apoyaban la creación de una orquesta que reflejara en su música de academia los valores nacionales y resguardara las armonías y los principios de un país que hasta ese entonces, había logrado mantener las costumbres de una nación en vía de desarrollo. Los desvíos y la violencia que se coló en las raíces ya eran otra historia.

En la entonces Casa de la Cultura, en cabeza de Alfonso López Michelsen y de Jorge Zalamea, Mario Posada buscaría la firma de Michelsen para dar así inicio a la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Mientras Mario recordaba el génesis de la agrupación, sonaba de fondo aquella música que ha interpretado toda su vida, aquella que aún existe en las emisoras y que lo acompaña en sus comidas, en sus memorias, en su trasegar de la cotidianidad. Mario contaba que le dio todo un discurso a López Michelsen y que éste lo cortó de tajo y le preguntó “Usted lo que quiere es que yo le firme ese papel, ¿no es cierto?” y él asintió. Con la firma de él empezaba a aclararse el panorama. Posteriormente, consiguieron la firma de Belisario Betancur, quien en ese momento era el Presidente de la Fundación Filarmónica Colombiana. 

Llegaba el momento de iniciar por todo lo alto. El reto de la Filarmónica no era más ni menos que recibir el VIII Congreso Eucarístico Internacional, evento que traería por primera vez a este rincón del continente al Papa, máxima autoridad de la Iglesia Católica a nivel mundial. Con el lema de “Cuando toca toca”, al que los fundadores decidieron sumarle “y ahora le toca a la Filarmónica”, la Orquesta bogotana alistaría sus mejores trajes y afinaría mejor que nunca aquellos instrumentos que no habían sido vistos en un escenario. El Papa Pablo VI recibió su bienvenida en la Catedral Primada. Allí, los compases se alinearían entorno a las melodías más solemnes y a un episodio cumbre de la historia. El director norteamericano Melvin Strauss, quien Mario califica de buen músico y buena persona, fue quien decidió tomar el timonel de la Orquesta y dirigirla hacia el primer y uno de los mejores conciertos de la Filarmónica en su historial. El Director Titular, Jesús Pinzón Correa, uno de los compositores colombianos más importantes en la historia del país, no pudo presentarse en esa ocasión pues en ese momento no contaba con el renombre que en el medio exigían para la presentación.

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Raúl García, clarinetista que acompañó a Mario en esos años fructíferos y pomposos, elevó el talante de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. El concierto inaugural de un festival musical paralelo al Congreso en el Teatro Colón, tendría en exclusiva a la Filarmónica. En ese entonces presentaron el Concierto de Mendelsohnn en mi menor y los solos de las Danzas Húngaras de Bartok.

Posada recuerda al pie de la letra cada vivencia. Mira el horizonte, sonríe y evoca los instantes gloriosos que vivió la Filarmónica y que él tuvo el honor y el privilegio de acompañar. Recuerda, entre muchos conciertos y ensayos, una lectura general de la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Al finalizar la interpretación, la Orquesta se levantó, aplaudió y ovacionó el manejo que le había dado al grupo y la belleza con que surgieron las notas coordinadas por Posada.

Una de sus obras más preciadas se llama “Macondo”, y como su nombre lo referencia, fue dedicada Gabriel García Márquez. Fue justo en 1967, año en que se publicó Cien años de soledad, que el fundador de la Filarmónica estaba en proceso de componer una “Cumbia Sinfónica”, obra que asociaba con el Bolero de Ravel. Tras leer la novela, devorarla y quedar atiborrado de sentimientos e impresiones, Posada reconsideró su composición y mucho tiempo después, renombraría a la pieza como Macondo y así no solo expresaría su profunda admiración por las letras sublimes de García Márquez, sino que también daría un valor agregado a un mundo tan complejo y tan bien relatado como lo fue Macondo.

El principio que fundaría la Orquesta Filarmónica es el mismo que Mario Posada busca dejarle a este tiempo. Su coherencia, su ímpetu y su pasión lo encaminan al mismo objetivo: lograr la democratización de la música culta y, en general, de la cultura. La importancia de llevar las mejores piezas de la música, de la literatura, del arte, a todos los rincones, a todas las edades y abarcar la mayor cantidad de espacio y personas, destruye prejuicios y construye escenarios de esparcimiento, de ocio y de conocimiento. La posibilidad de democratizar el aporte de la música clásica a través de nuestras orquestas, ayuda a borrar el estigma del gremio acerca del privilegio y la exclusividad, pues en los 50 años que lleva la Orquesta Filarmónica de Bogotá, su propósito no ha sido otro que llevar sus mejores compases y sus mejores tonalidades a todos los escondrijos y lugares posibles, pues la elegancia y la altura de sus composiciones debe ser un espectáculo y una oportunidad que merece ser vivida por todos sin excepción alguna.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

La OFB cumple 50 años: reminiscencias de un violín y una batuta

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