El Magazín

La otra

La niña lo sabía porque cuando él iba a buscar a su madre, ella salía con la mirada altiva, sonriente y caminaba orgullosa, pero al regreso sus hombros estaban caídos, llegaba con la boca apretada y maldecía desde el momento en que metía la mano en el bolso para buscar las llaves y luego entraba golpeando la reja, la puerta, la vida.

Archivo particular

A ti debieron haberte puesto Simona, Verónica o Martina, no sé, un nombre de mujer fuerte, de niña que va a ser grande. Serás recordada para siempre, lo sé, lo veo en tus ojos. Tienes unos ojos hermosos, tienes un cabello brillante y suave, tu cuerpo es ágil, suave. Baila otra vez, dale, muéstrame cómo bailas. Me encanta cómo lo haces, eres hermosa, no entiendo cómo los demás no lo ven, cómo ignoran todo el encanto que hay en ti, pero todos te verán un día y aquel que te vea, todos aquellos que te vean no podrán olvidarse de ti jamás, lo juro. Todos te amarán, todos, no habrá nadie que pueda ignorar tu presencia, despreciar tu cariño.

Luego de decir esas últimas palabras tuvo que levantarse rápido del piso y correr a sentarse en el escritorio a fingir que hacía las tareas, había escuchado el chirrido de la reja vieja que sonaba más fuerte con los movimientos bruscos que su madre hacía al abrirla, había escuchado también las groserías que decía al llegar. Para la niña era evidente que su madre odiaba llegar a la casa, que prefería quedarse afuera con su amigo el casado. La niña lo sabía porque cuando él iba a buscar a su madre, ella salía con la mirada altiva, sonriente y caminaba orgullosa, pero al regreso sus hombros estaban caídos, llegaba con la boca apretada y maldecía desde el momento en que metía la mano en el bolso para buscar las llaves y luego entraba golpeando la reja, la puerta, la vida. —Soy mejor que esa hijueputa, tengo mejor cuerpo y yo sí te sé coger, pendejo. Decía la madre desde la puerta a su amigo el casado, que podía llegar tarde a su propia casa pero no amanecer afuera.

La niña intentó escribir bonito, pero las líneas de sus letras no salían rectas, las tareas hechas en casa parecían un mamarracho, parecía que tuviera Parkinson, decía la maestra. La niña no puede evitarlo, tiembla cuando su mamá llega a la casa, tiembla por estar sola con ella en la vida.

La madre entró, tiró el bolso a la mesa, siguió hasta la cocina, se sirvió un vaso de ron, lo bebió entero, volvió a servirse, volvió a vaciarlo, lo llenó una vez más y fue directo al baño con la botella y el vaso en las manos. Se sentó en el inodoro y volvió a llorar por no poder dejar ella también esa vida, esa familia.

En la única habitación de la casa la niña hacía la tarea. Escribe cinco palabras graves: padre, muerte, cuerda, abandono, le faltaba una, cadáver. Y repitió para sí —Lo escribirás hasta que te acostumbres, hasta que no te haga llorar—. Lo decía sólo por hábito porque en realidad ya esas palabras no la hacían llorar, sólo su mamá la hacía llorar cuando salía del baño cada noche después del quinto vaso de ron y le recordaba que la única palabra que le faltaba anotar en sus tareas o en su diario eraculpable. Esa noche se lo dijo, como todas las noches, las mañanas o las tardes que, para desgracia de ambas, tenían que compartir. La agarró del cabello y golpeó una y otra vez la cabeza de la niña contra el escritorio mientras le repetía —Culpable, culpable, culpable—, hasta que se cansó y le dijo —la palabra que te falta es “culpable”—. Echó a la niña del cuarto y la mandó a terminar la tarea en la mesa de la sala, ella se encerró en la habitación con el radio prendido y la botella de ron. Sólo podía dormir si estaba borracha y por suerte, cada vez se emborrachaba más fácil.

La niña sabía que su madre no tendría fuerzas para pararse de la cama, ni para salir de la habitación, tampoco la dejaría entrar a dormir, pero eso no le parecía grave. Peores eran las noches en las que su madre la echaba del cuarto para encerrarse un par de horas con el amigo casado, entonces, a la niña no le quedaba más remedio que sentarse en la terraza para fingir concentrarse en los ruidos de los carros o de los perros callejeros y no en los gemidos o las palabras que gritaba y que a la niña le producción vergüenza.

 

En fin, esa noche dormiría en el sofá, mejor, sin sentir el aliento a ron de su madre, a cigarrillos, a vómito, sin que la empujara cuando la niña dormida se le acercara demasiado.

Borró las palabras del cuaderno de español pero las escribió en planas en su diario. Padre, muerte, cuerda, cadáver, abandono.Y al final, en el último renglón, colocó la única culpable eres tú, mamá. Eso no se lo había dicho, en realidad no decía palabras delante de su mamá, pero al principio, claro, cuando era muy niña había buscado en ella algo, cualquier cosa; un cariño, una mirada tierna, un poco de complicidad, hasta que entendió que tenía que hacerse invisible para su madre y conformarse con tener padre y abuelos. Pero luego el padre se convirtió en muerte, cuerda, cadáver, abandono y en la casa quedaron la niña, la madre y los espejos.

Lo poco que compartían ellas dos era el gusto por los espejos, la madre había llenado de espejos la casa. Era absurdo que tuvieran más espejos que personas en esa casa, —Más espejos que hijos—, había dicho el padre, pero ella le respondió —Bastante que me costó recuperar mi cuerpo, desaparecer la barriga gorda, el cuero escurrido. No te pases,  ya te parí una hija, confórmate con eso y agradece que aún no me he ido con uno mejor que tú.

A la niña le gustaban los espejos, en ausencia de su madre, corría frente a uno de ellos, se sentaba ahí y alimentaba a otra que era ella pero que era feliz y amada. Era otra a la que su padre no había dejado sola, a la que su madre le preparaba la comida todas las noches, le hacía cosquillas y le daba un beso antes de dormir, era otra que todos querían y admiraban, que cantaba y hacía reír en las reuniones familiares.

Pero la niña creció y con los años había dejado de imaginarse como una pequeña que era amada por sus padres y entonces pensaba en esa otra como una mujer amada por un hombre, por muchos hombres. Quería que los hombres se pelearan por ella, ser la más linda de las mujeres, más linda que sus amigas adolescentes, más linda que su madre, sobre todo, quería seducir a más o mejores hombres que ella o, incluso, seducir a los hombres que su ella amaba.

Por eso le pareció desleal que su madre se fuera enojada con ella de la casa y la dejara ahí sola, no porque la abandonara como madre, porque de hecho nunca lo había sido, sino porque la dejaba sin su rival preferida. —Adiós culpable, acuéstate con quien te dé la gana ahora sí— le dijo su madre y ella, más enojada por el abandono que por las palabras, le dijo —La única culpable eres tú, fue a ti a quien él encontró borracha y acompañada.

Sin quererlo, había logrado lo que había deseado, ser la dueña de la casa, la que mandara y la que diera órdenes. Su madre se había ido y le había dejado el reino entero para ella, pero no había reino si no tenía a quién dar órdenes, a quién seducir, a quién maltratar, a quién tener bajo su control.

Se aburría sola, volvía a los espejos, se encontraba hermosa, sus senos crecidos, sus nalgas firmes y altivas, sus piernas esbeltas y la cabellera larga, pero necesitaba a quién seducir, necesitaba quién la admirara, la deseara o la envidiara. Se repetía, —te amarán, los hombres te amarán, las mujeres sentirán envidia de ti, de tu belleza, de tu cuerpo, serás amada y los hombres se pelearán por ti—. Pero en realidad le aburría ir de un hombre a otro, encontraba más placer en el amor desesperado de un solo hombre. Y encontró a uno que la amara, lo sedujo, lo enamoró. Se dio gusto viendo como era amada, viendo como él enloquecía de celos, se dio gusto viéndolo llorar cuando ella jugaba a dejarlo, cuando le decía que ella merecía a un hombre mejor que él, que tuviera mejor cuerpo, que fuera más divertido, que la supiera coger. Y disfrutaba su desespero cuando ella le coqueteaba a los amigos de él, a los primos de él, a los hermanos de él, cuando ella se emborrachaba y coqueteaba con cualquier otro hombre sólo para confirmar que él la amaba y le perdonaba todo.

Pero aunque él le perdonara todo, no sólo quería poseerla y amarla, quería también los hijos, la casa, la familia, la mascota y se lo pedía, se lo pedía a punta de gritos, de lágrimas, de argumentos, de súplicas, pero entonces ella se miraba al espejo y le decía a él, le decía a la otra, — ¿Darte un hijo a ti? De tantos hombres maravillosos que hay, ¿de verdad tú esperas que yo te dé un hijo justo a ti? No, no, no puedo darte un hijo, además, podré adelgazar después de parir pero no podré librarme de las estrías, del cuero escurrido, de las tetas caídas. ¿Y si te vas? ¿Y si me dejas? ¿Y si decides no llevarte a tu hijo contigo sino que me lo dejas a mí?

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