“La palabra derrite el afilado puñal de la soberbia” (Parte II)

Acaba de imprimirse en Colombia el libro “Diario de la guerra y la paz. Relatos y poemas de trinchera”, del guerrillero en tránsito a la vida civil Martín Cruz. Segunda entrega.

Óscar Pérez – El Espectador

Hay en el libro Diario de la Guerra y la Paz una historia sobre un bombardeo que a alguien le destrozó el alma: Gente que murió soñando en sus toldillos, incluso haciendo el amor. Muertos, húmedos, desnudos, pasados por esquirlas. ¿Cómo hacer del guerrero que ordena una operación militar, una emboscada, un asalto guerrillero, una marcha; también un poeta? Martín Cruz, el hombre de tez oscura, locuaz, bastante amable y muy versado, sabe que la vida -como la muerte- es una valija de versos. Fue a él a quien le destrozó el alma. Su madre, muy niño, le cosía sus camisas y pantaloncitos con retazos del dril que quedaba de los uniformes de los guerrilleros de Marquetalia. “La vida comenzó en medio de una vorágine contra la vida y por la vida nos alzamos en armas”.

En la guerra contra ese corregimiento de Gaitania, esa primera “República Independiente” (Tolima, 1964), su mamá tuvo que salir con él junto a sus hermanas, Olga y Marta. Se fueron hasta Planadas en donde ella les dio la primaria a todos. En el 75 se reencontraron con su padre y se fueron para Viotá, Cundinamarca. Las mujeres se quedaron, los hombres viajaron Bogotá, Distrito Capital. “Hice hasta tercero de bachillerato y me dijo un día mi papá que lo acompañara a San Juan de Sumapaz. Pasamos el municipio Duda y a él lo nombraron Intendente General, encargado de logística, municiones, mulas y otras cosas en la Unidad del Secretariado -que estaba en la causa de FARC - EP de la mano de Marulanda y Jacobo Arenas-. Miraba la guerrilla y nunca me inquietaba con nada. Tomé un curso de enfermería más o menos en el 76, con gente de varios Frentes, yo como civil. Y fui el mejor estudiante”.

Cuando todos estarían de regreso, relata, le insistieron vincularse al movimiento. Pasaba enero del 77. Escribió una nota al camarada Marulanda: «Camarada Manuel, yo necesito que me dé ingreso». Le dijo: ¡Listo!, ¿qué dice su papá. «Lo que mi papá piensa no me interesa», contestaba radicalmente resuelto. Sobre la guerra en el individuo, porque tan demasiado humanos somos, diría Nietzsche que “En una misma vida hallamos una lucha tenaz entre lo heredado y lo adquirido, entre lo del padre y lo del hijo, entre dos generaciones; cada cual sabe muy bien el estado de la parte contraria, pero con conocimiento injusto de sus medios y sus fines”. 

En ese tiempo ingresó Timo y comenzó la marcha de Zanja Honda, La caucha, Ranchón, Guayavero, Guaduas allá en el Meta, Caquetá, Guayabo Negro, la Tagua, el Pato. Se ubicaron en un cuartel que se mojaba más adentro que afuera, dice el Comandante Rubín, el comandante y poeta. Y llegó por la época la literatura de García Márquez, que leyó con explícito orden: La triste historia de la cándida eréndira y de su abuela desalmada, Cuentos peregrinos, Ojos de perro azul, El general en su laberinto, Cien años de Soledad, El amor en los tiempos del cólera. Recomendaba García Márquez, advierte, que siempre se debe tener un diccionario a la mano al escribir. “Nunca me ha hecho falta”.

Regresando al viaje itinerante, a Zanja Honda, exactamente en el 76, con las letras del Nobel llegó también la literatura Soviética: Los Misterios de Saturno de Ardamatski, Treblinka de Grossman, Así se templó el acero de Ostrovski, la revista Sputnik publicada por la Agencia de Prensa Novosti de la Unión Soviética durante gran parte de la Guerra de la Patria Soviética. También la literatura húngara; La madre de Maksim Gorki, Lenin de Marx. Bolívar fue más adelante. “Sabíamos más en ese tiempo de Lenin y de la URSS que de la misma Colombia”.

Ya estando en el Pato, siguió San Vicente del Caguán. Lo mandaron con un médico que se llamaba Andrés Galán. En el 79 comenzó a darle perfil a su escritura y en el 80 tenía un acumulado que perdió en totalidad en un asalto guerrillero. Recomenzó en el 89. Cada día con mano más veloz, y en el 90, en el Urabá, lo nombraron jefe de una emisora, la primera Resistencia Fm Stereo “La Conga del Dial de las FARC-EP”en la región, recuerda. Fundaron el Bloque José María Córdoba, luego Iván Ríos y luego, en la Décima Conferencia, en homenaje a un marquetaliano, encarnaron el nombre del Bloque Efraín Guzmán.

Más o menos en el 2000 fue nombrado comandante del Frente Aurelio Rodríguez que operaba en el Occidente de Risaralda, allá estuvo por cerca de 14 años. En el 2014, esa guerra tan compleja, fue la más fértil para escribir poemas: “Fue en esos momentos como una terapia: cómo en medio de la guerra, de bombardeos, de asedio, de marchas, yo me sentaba sobre un tronco, o una piedra, y hacía un trocito interpretando lo que nos estaba pasando... Con Uribe y sus operativos constantes. Sufrí en carne propia triunfos pero también grandes derrotas”.

Estaba en la selva, sin embargo, con un arroyo y una cascada de mil metros, con unas flores naturales, unas palmeras, unos bejucos que simulaban cuadros, unas nubes, la lluvia que cayendo, la arena, el mar. “Soy poeta de las rocas, del agua, de la rosa. El cabello, el cuerpo de la mujer guerrillera. Amaba con la poesía a la mujer que nunca me amó, a la que nunca tuve acceso y en verso desnudé y estuve con ella”. Su sicología era de guerra, de selva, de monte, de estar pendiente de un enemigo. -”Lo que define mi sicología es lo que vivo, uno piensa como vive, y no al contrario-”.

Por qué Guaviare, por qué Chocó. Pese a un plan estratégico de ubicar cuadros de acuerdo a un propósito político, económico y militar, y aunque descansaban sobre las principales ciudades la cabeza del movimiento; Cauca, Tumaco, Urabá, Los Llanos, Arauca, lugares benditos, otorgaban otra percepción de la vida. La poesía, dice, es cómo alguien percibe la vida. “Yo soy un artesano con alma de poeta. La muerte pasó mis talones por mucho tiempo”.

 

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