La pensión (Cuentos de sábado en la tarde)

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Dejó sobre una pila de libros un sobre estampado que le habían dado en portería y que el cansancio no le permitió abrir. Guardó los billetes de denominación más baja en una bolsa Ziploc; ahorraba para los transportes de fin de mes. Antes de tirarse sobre la cama, abrió la nevera beige, cuyos bordes el tiempo había pintado de sepia, y metió las sobras de un sándwich envuelto de afán. Se acercaba la media noche.

Al día siguiente, a las cuatro, ya había comenzado su rutina. Tenía planeada la rueda de prensa y el discurso que propondría durante el consejo de redacción. Escuchaba las noticias de la radio, luego de contrastar el periódico de donde ella trabajaba con el del gobierno. Esos diarios se habían convertido en parte de la alfombra gruesa de ediciones anteriores que repelían el frío de la baldosa del apartamento arrendado de un solo espacio. Una envoltura abierta de Naproxeno Sódico, otra de Xanax y un café decoraban la mesa de comedor, que también funcionaba como escritorio. Ser la primera en contar una noticia le daba la adrenalina para ignorar el dolor de su artritis y el vértigo del cierre era la distracción más efectiva para dejar de pensar que le sobraban colegas, pero le faltaban amigos. Conocía el periodismo, había aprendido a quererlo.

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Antes de que vibrara el celular, leyó la carta que había dejado sobre los libros y supo que a partir de entonces recibiría una pensión de un salario mínimo. Contestó -sin mirar la pantalla- pensando que era el de siempre, el que le ordenaba cubrir, sin saludar siquiera, el incendio urgente, el último accidente o el bombazo más reciente.

En efecto era él. Después de renunciar y de darle las gracias, colgó. Sacó el sándwich de la nevera, y desayunó como lo hizo siempre por los últimos treinta años: sola. Pero esta vez, se tomó el tiempo para saborear su café.

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