La piel de las ciruelas maduras (Cuentos de sábado en la tarde)

No fue un son de Ismael Rivera el que irrumpió entre las luces de la discoteca y se esparció con el humo, bajó por los manteles, caminó entre las piernas e hizo temblar los vasos de la fiesta mientras Dainis, en contra de todos los pronósticos, extendía los diecisiete años de sus manos hacia las manos incrédulas de su profesor de Química.

Ismael Rivera, uno de los más trascendentes músicos del Caribe. Cortesía

Él, contrariado, dejó a un lado el coctel con jugo de naranja, caminó hipnotizado hasta la pista, acercó su cuerpo al cuerpo de ella y supo que esa reacción no estaba descrita en ningún libro. El placer que sintió no pudo descifrarlo, no pudo siquiera darle un nombre, una tonalidad o un peso. 

Ahora explicaba la nomenclatura inorgánica de los óxidos metálicos en un salón sin Dainis y no entendía por qué le era imposible evocar la canción. A menudo pensaba que si hacía un poco de memoria podía recordar con certeza qué canciones bailó con cada mujer que amó en su vida, pero esta vez la melodía se había borrado, aunque era seguro que no había sido un bullerengue de Etelvina ni un jíbaro de Florencio Morales.

Si le interesa leer otro texto de Cuentos de sábado en la tarde, ingrese acá: El jugador de billar (Cuentos de sábado en la tarde)

José Agustín Logreira había cumplido los cincuenta sumido en una tristeza que a él se le antojaba hipoclorosa o cúprica. Tal vez por eso no mostró ningún entusiasmo cuando supo de su nombramiento en un colegio ubicado en una vereda a más de una hora de la capital. A su edad ya había olvidado casi por completo la poca química que había mal aprendido en sus días de universitario. No había olvidado, en cambio, su promesa juvenil de dedicarse a la música, pero la vida le tocó siempre la clave de un guaguancó y él nunca aprendió a entrar con la guitarra en ese compás.

Justificaba su desventura con una supuesta maldición que él mismo había construido y que lo ocupaba largas horas cada noche. Pensaba, con la cabeza en la almohada, que cada cosa en su vida había llegado con prisa o con retraso. Su divorcio, por ejemplo, se había dado por fin luego de siete años de dilaciones. Danna, su única hija, había llegado quince años antes de lo previsto. La primera guitarra la tuvo a los dieciséis, es decir, diez años tarde según sus cálculos. Jugaba Logreira a esparcir sobre el colchón estos sucesos, y concluía cada noche que no hacía falta eliminar ninguno, ni el más trágico; que bastaba reacomodarlos en el tiempo para ser feliz.

Por ahora lo único feliz de su nuevo trabajo era el viaje hacia el colegio, pues estaba plagado de árboles que dejaban caer flores amarillas sobre la carretera y vacas que, a veces, en vez de caminar, corrían. Intentaba en vano no aburrirse en sus propias clases. La química era demasiado abstracta para unos niños que solo querían trepar a los árboles de mango durante el recreo y darse un chapuzón en las represas de las fincas aledañas a la salida. La química era demasiado concreta para él, que solo quería tomar el mayor número de limonadas antes de morir. 

Si está interesado en otro texto de Cuentos de sábado en la tarde, ingrese acá: Batalla en pareja (Cuentos de sábado en la tarde)

Miró hacia la silla que ocupara Dainis el año anterior y se encontró la mirada fría de César Sarabia. Suspiró. Hace unos meses no más, Dainis estaba hundida en esa misma silla con un dedo metido entre sus labios rojos como la piel de las ciruelas maduras, pensó Logreira, y también pensó que estaba mal hacer metáforas con los labios de sus estudiantes. El cabello abundante le cubría medio rostro y la falda recogida (por inocencia o malicia; esto Logreira nunca pudo determinarlo) dejaba ver sus muslos, que eran al mismo tiempo blancos y rosados. Era la primera vez en la vida que Logreira entraba a un salón a dictar una clase. Había cuarenta rostros y él no podía ver sino dos muslos, como una ceguera blanca y rosada en sus pupilas.

Quiso pensar que el asunto no pasaría a mayores, pero a los pocos días se sorprendió en casa pensando en Dainis, arreglándose la camisa para Dainis, tapándose la calva con los pocos pelos que le quedaban para Dainis. Preparando sus clases con esmero solo para Dainis. Buscando los exámenes de Dainis para apreciar su caligrafía y encontrar en ellos, quizá, algún mensaje oculto para él.

Ella, a su vez, cada tanto fingía preocupación por sus notas y se acercaba a Logreira con la boca húmeda a preguntar tonterías. Era claro que se sabía irresistible y que podía ver los relámpagos que caían sobre la cabeza de su profesor. Él trataba de pensar en la valencia del calcio para no decirle «bésame».

Sintió calor y fastidio, el timbre estaba lejos de sonar. Escribió la fórmula del óxido de oro en el tablero y se arrepintió al instante. Jamás en su vida había visto la oxidación del oro, ¿por qué existía entonces esa fórmula? Temió que alguien levantara la mano con la misma pregunta. El libro de consulta decía que también podía llamarse óxido áurico. A Logreira le gustó la palabra áurico. De forma casi inconsciente escondió en el bolsillo de su pantalón la mano en la que usaba un viejo anillo de oro, gesto innecesario, pues nadie prestaba atención a la clase, ni el propio Logreira que volvió a mirar hacia Sarabia no sabe bien por qué. 

Era evidente que no superaba la ausencia de Dainis; en los recreos sentía su voz y volteaba a mirar para encontrarse a alguna niña con el mismo uniforme y otro rostro. 

No fue el canto de Lavoe el que sirvió de puente aquella noche en que profesores y alumnos se habían separado por instintos naturales. Reían y guardaban silencio a destiempo bajo el mismo techo y la misma música. Solo Logreira se había sentado en el balcón de ese universo impuesto y, desde allí, miraba la terraza del universo vecino. Nunca antes había visto a sus estudiantes tan alegres. Le causaba una felicidad incierta verlos reír y bailar. Ver bailar a Dainis. Ver a Dainis acercarse hasta su lugar con la sonrisa pícara de la juventud y extender los diecisiete años de sus manos hacia las suyas. «Diecisiete años y medio», se repetía Logreira para sentirse menos ruin y poder apretarla contra su pecho con menos remordimientos de los que ya tenía. Parecía el fin de una condena exótica. 

La condena de tener que preguntarle a Dainis la configuración electrónica del átomo de oxígeno solo para contrarrestar el deseo de formular la verdadera pregunta: «¿por qué eres tan bella, Dainis?, dime por qué, solo por qué; lo demás no importa». Si el átomo es blanco con puntos anaranjados es lo de menos. «¿Por qué soy tan viejo, Dainis?, ¿por qué el mundo se hizo joven de repente?, ¿por qué no viene un verdadero profesor a dictar esta clase aburrida y yo, mientras, me siento a tu lado, a donde pertenezco? No tienes que responder ahora mismo, Dainis, tómate tu tiempo, mas no abuses».

Ella le enterraba sus uñas en la espalda. Y él no sabía cómo interpretar el asunto; o sí sabía, pero no podía creerlo. No era un merengue de Leandro Díaz ni un paseo de Hernando Marín; lo cierto es que Logreira no quería que terminara. Con un nudo en su garganta, en medio de la canción, alcanzó a decirle al oído «te voy a extrañar» y Dainis guardó silencio. Él quiso pensar que esa frase no lo ponía en riesgo ni en ridículo, pero el silencio de ella lo hizo dudar. Se sintió un tanto desdichado, pero los muslos de ella rozaban ahora con sus propios muslos y los senos de ella se hundían en su pecho, así que la desdicha estaba felizmente incompleta.

Cuando la canción estuvo por terminar, ella por fin habló. «Tengo que decirle algo, profesor, pero me avergüenza». Logreira se estremeció al punto de perder el ritmo de una canción que, estaba seguro, no era de Celia Cruz ni del Cacique. Tuvo que luchar para recobrar el paso. El percance los obligó a separar y encajar sus cuerpos nuevamente. Él la apretó como si se aferrara a su último baño de juventud; y, en su imaginación, besó los senos de Dainis con tanto apetito que Dainis sentía, en la imaginación de Logreira, que la besaban diez bocas. 

Desde la pista, Logreira miró hacia la mesa de los docentes y se le antojó que lucían viejos y cansados. Bailó con casi todas las estudiantes sin perder de vista a Dainis. La celó con cada muchacho que la invitó a bailar. Bebió a gusto, comió hasta la saciedad, y en todas las fotografías posó con una carcajada real. 

Pidió silencio al grupo del fondo con tanto desgano que nadie hizo caso. Escribió la fórmula del óxido férrico y del óxido alumínico. Pensó en el placer que le produjo abrazar el cuerpo de Dainis y lo comparó con el placer de treparse al árbol de níspero que había en el patio de su casa cuando niño. Abrazar a Dainis había sido, según Logreira, como volver a abrazar aquella rama con la edad de aquel entonces. 

Cuando el vaivén de los cuerpos volvió a reunirlos, él no perdió un minuto para retomar el diálogo. Ella lo condujo hasta una mesa solitaria en un rincón del lugar y allí no pararon de reírse sin entenderse siquiera, pues el volumen de la música arrastraba las palabras que se decían y ponía un verbo en donde iba, tal vez, un adjetivo. Ella escribió un mensaje en una servilleta y como pudo le hizo prometer a Logreira que no debía leerlo hasta llegar a casa. Él lo guardó en el bolsillo de su camisa, extasiado. Dainis se fue al centro de la pista hasta que prendieron las luces del lugar en señal de que había que marcharse. Logreira pensó al salir que Dios debió asignarle el don de la eternidad a las fiestas y no a la muerte.

Abrió los ojos la mañana siguiente con la cabeza envuelta en una tierna maraña. Salió de la cama adolorido y el viejo colchón (también adolorido, pensó Logreira) intentó en vano recobrar su forma. Revisó su celular con la certeza de que las fotos ya estarían colgadas en las redes de sus estudiantes. Por algún motivo cercano a la demencia pretendía aparecer en las fotos tal cual se sentía la noche anterior; es decir, joven y espléndido, pero la cámara no había dejado por fuera ni una sola señal de su medio siglo en el mundo. Se quedó mirando un zapato viejo largo rato. La foto junto a Dainis lo trastocó. Quiso comparar el contraste que había entre ellos dos, pero no tuvo aliento para causarse ese daño. 

Alexa levantó su mano: ¿se oxida el oro, profesor?, pero José Agustín no estaba ya en condición de asustarse, pues había sentido por fin que un fragmento de la canción se revelaba. Ahora estaba seguro de que había sido una salsa y de que no era Ruben Blades.

Buscó la camisa en el piso de su habitación y sacó la servilleta. La desdobló con el corazón en grietas y leyó al fin: Profesor, de grado quisiera un par de zapatos.

El salón hizo un silencio crudo a la espera de su respuesta. Logreira lo aprovechó para estirar la melodía. Alcanzó a reunir tres o cuatro compases en pocos segundos, y de golpe escuchó la voz. Era sin duda el centurión de la noche: Álvaro José Arroyo. El timbre sonó.

Logreira le sonrió a Alexa, y ella devolvió la sonrisa por compromiso. 

«Rompe tu risa el cristal de mi soledad», susurró Logreira para sí mismo. Tomó su maletín y se marchó un tanto feliz. Estaba convencido de que haber recordado la canción era el primer paso, de una serie infinita, para olvidar a Dainis de una buena vez. 

875470

2019-08-10T13:02:46-05:00

article

2019-08-10T13:02:46-05:00

faraujo22_102

none

Luis Mallarino

Cultura

La piel de las ciruelas maduras (Cuentos de sábado en la tarde)

64

11740

11804

 

últimas noticias

Una fuga filosófica

"La defensa del dragón": servidumbre y soledad