La pluralidad que censura

¿La censura pone en peligro la supervivencia de la literatura? ¿Es el feminismo su más férreo enemigo? Estas preguntas surgen en una época que exhibe, como heridas de guerra, sus propias tribulaciones.

George Orwell, autor de la profética novela "1984", censurada por el franquismo por supuestos contenidos pronográficos. Cortesía

Se asiste a una constante disputa entre lo medieval y lo moderno, no sólo en lo político, sino en el arte. No deja de llamar la atención que una época caracterizada por una defensa del pluralismo convierta esta bandera en una forma de hegemonía. En otras palabras, se censura lo que ofende (o puede ofender) a la pluralidad. Y mediante esta práctica, algo es excluido.

Es claro, entonces, que no se trata nada más que de un eufemismo. La libertad de expresión es vigilada y purgada de los males del pasado. El mundo está bajo la mirada de un Gran Hermano que pone en una balanza moral nuestros actos y nuestras palabras. La literatura corre el mismo destino.

Esto recuerda, paradójicamente, las palabras escritas por Gunter Grass en su texto Censura y literatura, publicado en El País de España el 20 de marzo de 1992, traducido del alemán por Luis Meana:

«Aunque parezca que el fundamentalismo islámico, con su praxis de sabor medieval, vaya a eclipsar las últimas ideologías restantes, los refinados sistemas occidentales prometen un futuro, sin embargo, al terror diferenciado: Edad Media y modernidad dándose simultáneamente, la Inquisición viene de nuevo, esta vez completada con la ayuda de la computadora y el almacenamiento de datos».

Las palabras del escritor alemán, publicadas hace 26 años, resultan reveladoras en una sociedad cada vez más vigilada y controlada moralmente. Pero, esto descrito no es un rasgo exclusivo del siglo que vivimos. Muchos libros y autores fueron objeto de censura en el pasado. El retrato de Dorian Gray fue censurado por la moral victoriana, obligando a Oscar Wilde a recortar pasajes para poder publicarse; sin olvidar el hecho de que el autor fue sometido a varios juicios por su orientación sexual. En su momento, Lolita, de Vladimir Nabokov, sufrió un destino similar. Curiosamente, 1984, de George Orwell, fue censurado durante la España franquista por tener, supuestamente, contenido pornográfico, obligando a la editorial Destino a recortar parte de la obra. La lista de obras censuradas es demasiado larga para enumerarla.

Sin embargo, bastan las mencionadas para dejar claro que no estamos asistiendo a un hecho único. Más bien, repetimos la historia. Si bien, se piensa que vivimos en una sociedad más liberal, donde la censura en la literatura (o en el arte) es algo superado, está lejos de ser así. Cada época defiende una moralidad. Y esta no es la excepción. Temas que no podían abordarse, ahora son tratados con éxito, mientras otros se cubren con un manto de silencio y miradas prejuiciosas. Para muestra un botón: El origen del mundo, del pintor francés Gustave Courbet, fue censurada en la palestra electrónica. Gallimard suspende la publicación del panfleto antisemita de Céline. En España dos profesoras proponen eliminar las lecturas obligatorias de Neruda y otros autores de la Federación de Enseñanza de CC.OO.

¿Es posible en la actualidad leer Luna caliente de Mempo Giardinelli sin que se desate un debate sobre lo apropiado de la misma? Basta con ver algunas reseñas que lectores y lectoras, no críticos, publican sobre esta novela en plataformas como Goodreads para creer que no es así. Un hombre de 32 años que viola a una niña de 13 años no parece una escena adecuada para estos días.

Esto nos lleva a las preguntas iniciales: ¿La censura pone en peligro la supervivencia de la literatura? ¿Es el feminismo su más férreo enemigo? Ni lo uno, ni lo otro. El arte se ha enfrentado de manera constante a la censura porque su naturaleza es transgresora. No estamos presenciando el ocaso de la literatura en manos del feminismo, nos enfrentamos a los rasgos de una época, cuyas estructuras morales son únicas y corresponden por un lado a su historicidad y, por otro lado, a sus ambiciones ideológicas.

El “Breve decálogo de ideas para una escuela feminista”, escrito por Melani Penna y Yera Moreno, no busca censurar a Neruda, Arturo Pérez Reverte y Javier Marías. En cambio, plantea que se eliminen como lecturas obligatorias de un currículo feminista específico. Esto, por supuesto, no quiere decir que no puedan ser leídos en otros momentos por los alumnos, o que no puedan ser parte de lecturas complementarias. Es una ligereza pensar que el feminismo es el más férreo enemigo de la literatura, omitiendo lo que ha aportado a la misma.

No obstante, es cierto que la literatura (y el arte en general) se enfrenta a una nueva inquisición, la de una pluralidad que vigila y controla lo que moralmente agrede la diferencia. Se olvida que el arte no responde a un “deber ser” o a un imperativo categórico. Su propósito no es exaltar la moralidad de una época, sino mostrar lo indeterminado, exaltando en este proceso la belleza o la animalidad; permitiéndonos comprender lo humano y lo divino.

 

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Javier Zamudio

Cultura

La pluralidad que censura

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