Óscares a la lata
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La reina Ana Estuardo: entre la silla de ruedas y el gran trono

La película "La favorita" fue basada en el reinado de Ana Estuardo en el siglo XVIII, época en la que la religión, la toma del poder y la guerra pusieron en jaque la salud de una mujer que tuvo que gobernar en medio de una salud insoportable y un estado emocional frágil.

Olivia Colman interpretó el papel de Ana Estuardo en el filme "La Favorita", nominado en la categoría de Mejor película. FOX

“Realmente crees que ganaste, ¿no es verdad Abigail?”, le dijo el personaje de Rachel Weisz, Lady Sarah, al de Emma Stone, Abigail Masham. Se lo dijo casi burlándose porque por culpa de ella estaba siendo despojada de los privilegios que consiguió durante años mientras fungía como consejera de la corona. Era una burla porque solo ella sabía que podía dominar a la reina Ana Estuardo y, aunque perdía el control de su autoridad, estaba convencida de que nadie más podría dominar aquel ser frágil que tuvo que reinar debido a la muerte de muchos y el abandono de otros. Abigail Masham logró escalar, pero no lo disfrutó y se lamentó por subestimar las reglas impuestas por Sarah, quien era la que realmente gobernaba.  

Aunque Yorgos Lanthimos, el director de “La Favorita”, dijo que nunca estuvo interesado en ser fiel a la realidad de Ana Estuardo, no se alejó mucho de lo que fue la vida de esta reina y los hechos que la rodearon durante su mandato. Seguramente la Abigail real sí lamentó su cercanía con una mujer que tuvo que lidiar a diario con la muerte, la soledad, las guerras, el poder, la insatisfacción, la mala salud y los radicalismos de las religiones que se impusieron a través de la muerte con la excusa de la vida y la eternidad.

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Ana Estuardo nació el 6 de febrero de 1665 en el palacio de St. James, en Londres. Fue la cuarta de ocho hijos, de los cuales solo sobrevivieron dos, es decir, fue la segunda hija de los duques de York. Como las probabilidades de que viviera no eran altas, tuvo que conformarse con la oportunidad de habitar el mundo en medio de una fragilidad que muchas veces se tornó insoportable. Era pequeña, gruesa, enfermiza.

No era extraño que las hijas de familias nobles vivieran lejos de sus padres durante el siglo XVIII y Ana Estuardo no fue la excepción. Su adolescencia trascurrió en Francia, país en el que se educó como protestante. A Sarah Jennings, Lady Sarah en la película o Sarah Churchill, Duquesa de Marlborough; la conoció en el año 1673, época en la que se inició la relación de amistad de dos mujeres que más adelante decidirían el futuro de una nación dependiendo de su estado de ánimo.

En el siglo XVIII las religiones eran los puntos más sensibles de cada reino. En Inglaterra y durante la juventud de Ana, el catolicismo comenzó a colarse por entre las dudas y fragilidades del protestantismo, situación que terminó por convencer a su padre, Jacobo II, de que se declarara católico. En 1685 el rey Carlos II murió, hecho que fue acercándola a su inevitable futuro, ya que su padre fue quien ascendió al trono. A él finalmente lo depondrían del trono con la excusa de que cada vez más se acercaba al despotismo y lo reemplazaría la hermana de Ana, María II, con su esposo Guillermo III. Esto se llamó La Revolución Gloriosa. Se llevó a cabo porque la mayoría del parlamento, dividido entre tories y whigts, era puritano. Cuando se culminó y lograron una “estabilidad constitucional” conveniente para ellos, acordaron que de ahí en adelante se turnaría el gobierno.

María II y Guillermo III gobernaron hasta sus días finales, época en la que irremediablemente Ana Estuardo se convirtió en reina. Él plan para deponer a su padre no era una novedad para Ana, quien antepuso su religión e intereses personales a la lealtad que le debía a un hombre que desde que ella fue una niña intentó convencerla de que se adhiriera al catolicismo, llegando incluso a prometerle que ella sería la primera en la línea de espera en el trono si él moría, promesa que desconocía a su hermana mayor, María. Aunque Ana nunca cedió a las pretensiones de su padre, la relación nunca fue tensa.

Él nunca la maltrató, pero ella terminó por firmar un documento en el que accedía a que su padre fuese despojado de la corona. Así trascurrían las cosas a medida que los años pasaban y Ana se iba convirtiendo en una adulta que nunca estuvo preparada para reinar. Se traicionaban, las lealtades eran hilos delgados que podían reventarse en cualquier momento, el destino de las vidas de los soldados y civiles en medio de las guerras se definía en medio de una mesa de centro repleta de té y bizcochos. Se decidía dependiendo el estado de animo de los gobernantes, así era antes, así es ahora y tal parece que así será.

Ana Estuardo, la reina Ana, Ana de Inglaterra o Ana de Gran Bretaña, vio cómo los otros redactaban actas para desviar las leyes o arrebatar poderes. A ella la corona le había aterrizado en los pies y aunque no la desechó, su intimidad era demasiado turbia como para dejarla gobernar un país en guerra. Se casó con Jorge de Dinamarca, un príncipe protestante con el que tuvo un matrimonio extrañamente feliz, y es oportuno resaltar la extrañeza debido que cada unión se arreglaba acorde a los intereses y la incidencia de los apellidos. Ellos no, ellos habían conseguido la armonía doméstica tan anhelada pero lejana para el resto. La alegría no duró mucho y, tiempo después, la pareja tuvo que enfrentar la racha de 19 hijos muertos. Llegaban sin vida y morían a los pocos meses. Algunos fueron abortos espontáneos. Él que más sobrevivió murió días después de cumplir 11 años.

Ana reinó en medio de la guerra de la sucesión española, enfrentamiento que se inició en 1701 y culminó en 1713 con el tratado de Utrecht, y que unió a casi toda Europa contra Francia y las posesiones españolas. El conflicto se desató a causa de la muerte de Carlos II, quien no tenía heredero y despertó interés en casi todos los países del continente. Mientras todo esto pasaba, gastaba los minutos con sus muslos sobre una silla de ruedas a causa de la gota que padeció desde su matrimonio. Su aburrimiento también lo pudo sobrellevar con los consejos de Sarah Churchill, con quien se presume tuvo una relación amorosa debido a las cartas que se escribían. Eran apasionadas y demasiado eufóricas, aunque esto nunca ha sido un motivo para confirmar dicho romance, ya que en esa época las mujeres solían sostener “amistades apasionadas”.

Los grandes protagonistas del siglo XVIII fueron el puritanismo, el incremento de la clase media, la filosofía científica y la novela literaria comenzó a posesionarse como género literario.

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También a Ana Estuardo se le llamó Ana de Gran Bretaña a causa de la unión entre Escocia e Inglaterra, convirtiéndola en la primera gobernante de ese nuevo reino. Este arreglo se dio después de que se firmara el Acta de establecimiento: una ley que garantizaba la sucesión a la corona de Inglaterra a los miembros de la familia protestante de la Casa Hannover, relacionada con los Estuardo por una hija de Jacobo I.

Ana Estuardo reinó hasta el 1 de agosto de 1714. Ese día murió debido a las complicaciones de una gota que la hinchó tanto que tuvieron que doblar el tamaño de un ataúd corriente para enterrarla. Era obesa, fue sedentaria, en más de una ocasión se tiró al piso a llorar, se atragantó con comida mientras vomitaba por exceso y decidió el destino de la guerra o el incremento de los impuestos mientras se deleitaba con los masajes de sus sirvientes o sus consejeras, mujeres con las que tal vez compartió más de una opinión sobre cómo gobernar o la temperatura de su té. Mujeres con las que probablemente sosegó su desesperada existencia y la convulsa época en la que tuvo que turnar la silla de ruedas con la del gran trono.  

 

 

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