En librerías bajo el sello Aguilar

La revolución por hacer, según Diana Uribe y su hija

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La analista internacional presenta hoy a las 7 p. m. en Bogotá su nuevo libro “Revoluciones”, en el que revisa los puntos de quiebre de la humanidad. En este fragmento propone un nuevo mundo no basado en la destrucción.

El mundo integrado alrededor de las comodidades y el consumo tiene un precio demasiado alto: es el mundo de la contaminación, la extinción de especies, las pandemias, las basuras y el desperdicio. Mediante los procesos de las revoluciones que son la espina dorsal de este libro, al fin hemos creado un mundo donde todas las relaciones que tenemos con nosotros mismos y con el entorno se basan en la explotación.

Explotamos hasta el agotamiento todo lo que nos rodea, desde la naturaleza, la cual se toma como un almacén de recursos disponibles, hasta nosotros mismos. Hemos construido una manera de ser en el mundo en la que nos parece natural que algunas personas trabajen en condiciones miserables para producir objetos que vamos a desechar casi de inmediato; que la existencia solo se conciba alrededor de trabajar para producir. Por eso es tiempo ya de hacer una revolución de tal magnitud que reconfigure nuestra existencia en el mundo; que cambie el sistema de relaciones que hemos creado entre el individuo y la realidad que lo rodea. (Recomendamos la reseña de otro libro de Diana Uribe).

El Centro de Resiliencia de Estocolmo identifica nueve procesos que se encargan de regular la estabilidad y la capacidad de resiliencia de la Tierra. Así se creó el concepto de los límites planetarios. Superar cualquiera de estos límites aumenta la posibilidad de cambios climáticos abruptos e irreversibles a gran escala. En la actualidad hemos superado cuatro de ellos.

El primero es el cambio climático generado por la producción excesiva de dióxido de carbono, cuyas partículas permanecen en la atmósfera y crean un efecto invernadero, ya que la irradiación solar que llega a la Tierra no puede salir. El segundo es la transformación de la biósfera, esto es, la afectación en todas las especies vivas, que ha causado una alarmante ola de extinción de especies en los últimos cincuenta años. (Diana Uribe y los momentos que marcaron la historia).

El tercero es el cambio en el uso de la tierra debido a la deforestación para la agricultura y la ganadería extensivas, la construcción de ciudades, las megaobras, etc. Y, por último, el desbalance marítimo causado por los bioquímicos, principalmente los que contienen fósforo y nitrógeno, que se utilizan en los fertilizantes industriales y terminan contaminando las fuentes hídricas. La acumulación de fósforo y nitrógeno produce algas que cortan el oxígeno en ríos y lagos, causando la extinción de especies submarinas.

Estos límites están interrelacionados; por ejemplo, la deforestación y el cambio del uso de la tierra a su vez agravan el cambio climático. Estamos atravesando una transformación climática del planeta causada directamente por la industrialización y todo lo que esta implica, desde la sobreproducción, hasta la imposición económica y cultural para que todos los países estén industrializados. Esto ha traído, en otros cientos miles de casos, los incendios forestales en California y Australia, la migración en lugares de África Subsahariana y Siria, la transformación del clima donde cada estación es más fría, lluviosa, caliente o helada. Lo estamos viviendo en este instante: las actividades industriales deterioran el mundo de manera irreversible.

Por eso necesitamos revolucionar nuestra manera de existir en la Tierra. Necesitamos romper con las hegemonías que han logrado que concibamos la naturaleza como algo separado de nosotros, como algo ajeno a la sociedad y a la cultura. El ser y el mundo natural son parte de la misma realidad. Es curioso que nos parezca que la civilización y la naturaleza son entes opuestos, ya que la civilización se basa en los recursos que nos proveen los ecosistemas.

Después de todo, el petróleo y el carbón son los que alimentan el sistema global de transporte y producción; el fósforo es un mineral que se usa en los fertilizantes; el tantanlio, extraído del coltán, se utiliza en la elaboración de computadores, celulares y cámaras. Los humanos seguimos comiendo vegetales y animales, sembramos, criamos y sobreexplotamos. La electricidad es generada por el agua o por el combustible fósil. Es decir, solo es posible habitar el mundo como lo hacemos gracias a los recursos de la naturaleza.

Sin embargo, nos encaminamos al agotamiento de estos recursos. Por ejemplo, cada vez es más difícil obtener petróleo. Y aunque existan técnicas para extraer este material aún más agresivas con los ecosistemas, como el fracking o las arenas bituminosas, se cree que estamos cerca del pico petrolero (peak oil), cuando será tan costoso extraer petróleo que ni siquiera será viable.

En esa extracción y combinación de recursos naturales, estos son transformados por la actividad humana y regresan a la tierra como desechos químicos y contaminación. Los ecosistemas no pueden absorber los fertilizantes, ni el dióxido de carbono, ni el metano que producen todas las actividades industriales, como el transporte, la agricultura y la ganadería. Hemos creado un elaborado sistema basado en el conocimiento de la naturaleza para su sobreexplotación; la actividad humana industrial transforma estos recursos naturales en desechos, lo cual destruye los mismos ecosistemas que nos proveen. Esta dinámica impide la regeneración y estabilidad del hábitat en el que vivimos.

El problema fundamental de la sociedad es que nuestra identidad está separada de la naturaleza, como si fueran cosas opuestas y contradictorias, aunque en la práctica es una relación indivisible. El dominio sobre la naturaleza que produjo la Revolución Científica y agudizó la Industrial distorsionó nuestra relación con el hábitat y creó una relación basada en la extracción, sin tener en cuenta el equilibrio que requiere cualquier sistema de vida para subsistir.

El concepto de lo “ilimitado”, fundamentando en que si el conocimiento es infinito, la energía debe serlo también, ha hecho que perdamos la conciencia sobre la interconectividad de los ecosistemas. Hoy quizás más que nunca, gracias al conocimiento del mundo natural que hemos alcanzado, tenemos un panorama bastante detallado de hasta qué punto hemos afectado los ritmos del planeta, agotado los recursos y puesto tal presión sobre los ecosistemas que muchos están al borde de desaparecer.

Pensar el futuro como algo que será mejor ha sido una de las grandes obsesiones de los últimos siglos, pero la mayor de las ironías es que vivimos en un sistema desequilibrado que solo piensa en el presente: lo que hoy es viable y genera ganancias, aun cuando sabemos que es inviable para garantizar nuestra propia existencia.

Como el sistema de interconectividad de mercancías y la dependencia de la energía fósil son lo que destruyen los recursos naturales, necesitamos una revolución para transformar todo este aparataje que hemos construido durante los últimos siglos. Necesitamos reformular los términos en los que la humanidad está integrada. No será fácil ni ocurrirá de un día para otro.

La revolución se hará a partir de la experimentación y la creatividad, no de la ortodoxia y la destrucción. En vez de abstractos métodos internacionales que perpetúan la inherente desigualdad del sistema de centro-periferia, necesitamos pensar en biorregiones. Es decir, reestructurar nuestro entendimiento de los recursos a partir de nuestra relación directa con los lugares donde habitamos. Debemos volvernos guardianes de nuestro hábitat inmediato, protegiendo y entendiendo la interacción de nuestras actividades con las especies que nos rodean.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Aguilar. El evento será un facebook live en la plataforma de Penguin Colombia, hoy martes 15 de diciembre a las 7 de la noche, con presencia de las autoras.

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