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Mujeres así: Rosa Luxemburgo, La "Rosa Roja" inmarchitable

El 15 de enero de 1919, Rosa Luxemburgo, fundadora del Partido Comunista Alemán, fue asesinada por el ejército voluntario de los Freikorps.

Rosa Luxemburgo, quien fue apodada por Lenin como “El Águila de la Revolución”. Cortesía

“Hoy ha estado gris desde por la mañana, por primera vez, pero ni una gota de lluvia. El lago brilla con una superficie lisa del color del acero. Me gusta tanto el clima tranquilo y melancólico como este; lo único malo es que me invita a soñar, no a trabajar”, le escribió Rosa Luxemburgo a Leo Jogiches, un compañero de vida, sueños y lucha. Juntos se unieron al Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y también vivieron un tiempo de revolución. Fue una época para creer mientras se trabajaba y se resistía. La victoria y la leyenda eran fruto del esfuerzo más que del ensueño.

Rosa Luxemburgo nació siendo ajena, siendo semilla de otra tierra. Creció entre los libros de su madre, que era una lectora empedernida y soñadora, tal como después lo fue la misma Rosa, salvo que ella se aventuró a tomar las banderas de las rebeliones. La rebelión de las mujeres que querían estudiar, la de los judíos que querían ser reconocidos y la de los obreros que clamaban igualdad. A todos los reunió en un solo color y por todos escribió, soñó y padeció. 

Desde pequeña agitaba sus ideas. Con tan solo 15 años había logrado instalarse en las filas del socialismo en Polonia, país que hasta el fin de la Primera Guerra Mundial lograría zafarse de Rusia y lograr su independencia. Su activismo y su juicio fueron motivos para que el gobierno la persiguiera y la asediara hasta el punto de exiliarla. En 1889, con 18 años, Rosa Luxemburgo se fue a Suiza, territorio en el que las mujeres podían estudiar sin temor a ser señaladas injustamente por su derecho a educarse. Allí se unió al Partido Socialdemócrata polaco y empezó a cimentar los ideales que desde tiempo atrás estaba persiguiendo. Desde allí empezó a acercarse aún más a las teorías marxistas. Su ojo crítico y su voz entera se levantó siempre en nombre de lo que consideraba correcto, así esto implicara la creación de contradictores en su propio partido y en sus propias marchas. El precio de no cegarse y mantenerse siempre firme al lado de lo justo lo pagó con dos estadías en la cárcel: la primera en 1903 y la segunda en 1906. Ambas por rebelarse, por hablar pese a las prohibiciones y las posibles conveniencias. 

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Fue juzgada por pensar y por dudar. Fue siempre insumisa a lo arbitrario. En las fábricas y en las calles estaban sus hermanos. Desde allí se distanció de Lenin, pues ambos tenían ideales diferentes sobre la revolución. Luxemburgo afirmaba y creía que los vuelcos en la historia debían nacer desde abajo, desde la sed de los proletariados y los desfavorecidos. Pensar en una revolución desde la élite le causaba estupor a Luxemburgo, pues tenía muy claro por su propia historia y sus convicciones que las transformaciones debían darse de las manos y los puños de quienes no han visto otra cosa distinta a las migajas de pan y los trozos de tierra que trabajaban para sus dueños.  Sus vestidos de corset, sus sombreros y su vehemencia en la oratoria erigían un monumento a la elegancia y a la reflexión, a la palabra que antecede a la imagen de quien emite un mensaje de esperanza, conciencia y valor. 

Desde 1898 se fue a vivir a Berlín, la ciudad en la que vio que podía surgir una nueva fuerza del proletariado. Muchas veces habría de cruzar la Puerta de Brandemburgo, aquel lugar emblemático de Alemania donde se han cantado las derrotas y las más solemnes victorias. Allí vivió sus años más convulsos. Cada paso era decisivo hacia la consolidación de un activismo que velaba por el levantamiento de las masas, entendiendo este acontecimiento como un hito en la historia y como un momento cumbre para una Europa que empezaba a sumirse en la lógica imperialista. 

La Rosa Roja, como la llamaban, empezó a incomodar a sus copartidarios. Su poca afinidad con las organizaciones y con los discursos establecidos por estas mismas le causaron un odio acérrimo entre quienes trabajaban con ella y una admiración exacerbada entre quienes la escuchaban en las calles, en cualquier altillo improvisado, pues en su partido le era prohibido realizar intervenciones. 

Criticó a ultranza las acciones beligerantes de la Primera Guerra Mundial. Condenaba el uso y financiamiento de las armas y aunque tenía esperanza con la Revolución de Octubre promovida por los soviéticos, Luxemburgo sabía que la práctica del marxismo y de los ideales socialdemócratas se distanciaban de la dialéctica leninista y de la represión que empezaba a coartar las libertades que ella siempre defendió aun cuando estas representaran una diferencia. 

En Reforma y revolución, libro insignia del pensamiento de Luxemburgo, símbolo de un despertar sobre el marxismo que ella practicaba y sobre una postura que más que asociada a la izquierda era asociada al humanismo, la autora ensambló su crítica al revisionismo de Eduard Bernstein, teoría que postula, como su nombre lo indica, una revisión a las ideas y acciones emprendidas por una doctrina, en este caso, al materialismo histórico de Karl Marx. Esta revisión se hace con el fin de adaptar dichas ideas al contexto bajo el cual se está analizando. Bernstein fue uno de los que insertó los ideales socialdemócratas en Alemania. 

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Junto a Clara Zedkin y Karl Liebknech, Luxemburgo encontró el respaldo necesario para no creer que las huelgas y manifestaciones logradas para detener las pretensiones armamentistas habían sido en vano. Sus posturas antimilitaristas y su utopía de construir una socialdemocracia que abogara por el lado humanista de la sociedad eran los escudos a los cuales se aferraban para no dejarse atrapar por las cadenas ni por la sombra imperceptible de la muerte. 
Liebknech, quien le tendió su mano a Luxemburgo para no soltar sus luchas en medio de tantas incertidumbres, fue fundamental para la creación de la Liga Espartaquista —inspirada en el luchador Espartaco, que lideró una de las rebeliones más importantes contra Roma en el año 73 a. C—, que llevaba un mensaje de resiliencia y coraje, y dio origen al Partido Comunista de Alemania. 

En la aurora de un 15 de enero de 1919, cuando Rosa Luxemburgo estaba en el ya demolido Hotel Eden, en Berlín, un soldado perteneciente a los Freikorps de apellido Runge le destrozó el cráneo a la fundadora del Partido Comunista alemán. Varios culatazos le fueron propinados antes de ser baleada y transportada en un vehículo que la llevaría, quizá aún con vida, a uno de los canales del río Spree, lugar al que también llevaron a Liebknech donde los ataron con piedras y los lanzaron a las profundidades de un agua que recibió dos cuerpos ensangrentados. El fluir del agua y el tiempo les harían saber a las mentes autoritarias que las luchas por las minorías y las ideas humanistas permanecen en las almas soñadoras y en las mentes trabajadoras

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

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