La trashumancia de la escritura

En Críacuervo, la segunda novela del cartagenero Orlando Echeverri Benedetti, se dan cita personajes marcados por la trashumancia y el desamparo. Contada con precisión, la historia de los hermanos Zweig lleva al lector a enfrentarse al sinsentido de los lazos afectivos y de la violencia.

Orlando Echeverri Benedett habla sobre la novela Criacuervo.Cortesía

En Criacuervo, de nuevo, fija usted la lupa en las vidas de los forasteros. ¿Cuál ha sido su experiencia vital al vivir fuera del país? ¿Qué tanto esta experiencia ha transformado su visión de la literatura y de la existencia?

Bueno, la idea de la novela se presentó así, con base en esos forasteros, y simplemente obedecí el instinto. Tal vez se debió a la libertad que me concedían esas condiciones y a que me facilitaba abordar el tema desde el ángulo que pretendía; o quizá haya sido producto del insomnio. El caso es que no creo que un escritor latinoamericano tenga la obligación de escribir exclusivamente sobre personajes latinoamericanos.

En el esbozo de Criacuervo, una de las primeras cosas que supe con claridad, fue que se trataba de una historia de desarraigo, de individuos rotos, extraviados dentro de sí mismos. La memoria jugaba un papel fundamental en la idea, porque en ese vacío de sentido se suele repensar el pasado como una incansable búsqueda de algo perdido. Pero el pasado es como un saco lleno de aire. Supongo que ese mismo ejercicio ha sido una de mis experiencias vitales fuera del país. Sé perfectamente de dónde vengo, pero me cuesta trabajo identificar a dónde pertenezco. Todos queremos pertenecer a algo, a un amigo, a una mujer, a un hombre, a una familia, a una comunidad, a un lugar. Hablo de la identidad que se construye a partir del otro, que es la única identidad posible. Cuando me fui a Buenos Aires, tenía poco más que nada y no sabía con exactitud cómo iba a sobrevivir. Las razones de mi partida, en fin, no son originales en absoluto. Primero que todo, decidí irme porque me sentía sofocado en el país. Me fui, además, con la ambición romántica e ingenua de hallar una voz propia en otro lugar, es decir, creyendo que en otro sitio, aislado, me vería forzado a pulir un estilo. Tenía entonces un par de novelas malogradas que nunca intenté publicar. Viví en pensiones, habitaciones familiares y finalmente en un apartamento estrecho que pude alquilar. Escribía en las madrugadas mientras trabajaba de día como mesero, luego como agente financiero en una compañía estadounidense que vendía ollas, filtros de aire y cuchillos de porcelana. De esa obstinación surgió algo. No sé qué, pero está en lo que escribo. Me cuesta trabajo responder la pregunta sobre cuál resultó siendo mi visión de la literatura al abandonar el país. Estar fuera de Colombia no me ha revelado algo especial. El mundo de la literatura tiene un lado sublime y un lado podrido. En el lado sublime podría mencionar el coraje y la lucidez que ofrecen ciertas lecturas o el gozo y la angustia que implica escribir. En el otro lado, en el lado podrido, están las cofradías, la mezquindad, las exclusiones y muy especialmente la gente inepta y con poder.

El lector asiste al clímax del agreste destino de los hermanos Zweig: ¿de qué se valió a la hora de trazar la personalidad de ambos?

Una de las razones por las cuales decidí escribir la novela en tercera persona fue que me permitía guardar distancia. Me refiero a que podía cosificar a los personajes y definirlos sin sentirme especialmente reflejado en ellos. No tenía la menor intención de hablar de mí mismo. De hecho, al menos en ese instante, los libros al estilo de Knausgård, que es quien se me viene a la mente ahora mismo, donde todo es yo, yo, yo, me generaban desconfianza y hartazgo. Desde luego, no pretendo afirmar aquí que los personajes salieron del fondo de un sombrero. Sin embargo, no me basé en alguien particular ni adapté una historia que había oído. Ahora, si me pides indagar a fondo, creo que Klaus me recuerda mucho a mi abuelo por parte paterna. Mi abuelo fue uno de los primeros buzos de la Armada Nacional y tenía un carácter que me helaba la sangre. Podía ser un tipo orgulloso y violento, pero también fui testigo de su ternura áspera y del amor incondicional por su familia. En mi infancia, su personalidad me parecía enigmática y compleja, y supongo que hay mucho de Klaus en la impresión que me dejó. Recuerdo que una vez le pregunté a mi papá por una cicatriz que tenía en el labio superior. Una raya blanca en relieve bajo la nariz. Me dijo que mi abuelo le había reventado la jeta de una trompada cuando le respondió con una insolencia. La marca se la había dejado un anillo de la Marina que mi abuelo tenía en el dedo anular. Y a pesar de ese episodio, mi papá le rendía a mi abuelo un amor reverencial, un amor que yo no entendía, que no entendería hasta pasados los años. Adler, en cambio, es un personaje más vulnerable. Creo que Adler surgió de mí propia debilidad, de mi desnudez, de mis inseguridades, de los desamores, de la pregunta por la utilidad del sufrimiento. Ambos personajes, en todo caso, formaban una dualidad, un juego de contrastes que orbitaban uno en torno al otro y que definieron la dinámica de la novela. O eso me gustaría creer.

Buena parte de la historia de Criacuervo transcurre en el desierto de La Guajira. Pareciera que la naturaleza define el sino de los personajes, como ocurre en La vorágine y en Cuatro años a bordo de mí mismo. Como viajero y escritor, ¿cuáles son sus tratos con la naturaleza?

No dispongo de muchos espacios silvestres donde vivo. He visitado algunas reservas en España, pero están adaptadas al tránsito humano y uno difícilmente siente haber salido de la civilización. Por la naturaleza siento un amor profundo. Si tuviera los medios y si el mundo no fuera una sopa desbordante de humanos, me habría gustado vivir una vida rural. Podría ser fácilmente uno de esos tipos que se pasa el día entero viendo pájaros con unos binoculares. Cuando vivía en HatYai, una pequeña ciudad al sur de Tailandia, iba todas las noches a una montaña donde había un templo, el Phra Phutthamongkol Maharat. El templo era lo menos importante. Lo que me gustaba era conducir mi moto escuálida por la carretera que surcaba la montaña, que a esa hora estaba abandonada. A los costados se levantaban muros inmensos de árboles y arbustos plagados de flores y hongos e insectos que chirriaban en la oscuridad. La brisa olía a hierba fresca y la luz de la moto hacía brillar el polen que flotaba en el aire. Cuando llegaba a la mitad del camino, que era la más agreste, apagaba la luz de la moto y me quedaba ahí, sentado, escuchando con atención. Eso era todo lo que hacía: escuchar absorto la maraña abrumadora de sonidos, las cigarras y las lechuzas y otros animales nocturnos, sonidos tan intensos que te ponían la piel de gallina. En esa clase de instantes lo que menos me importaba era escribir al respecto. Una noche me pillaron los guardias del templo, unos policías que patrullaban por ahí de vez en cuando, y, desde luego, pensaron que estaba borracho o que me había vuelto loco.

 

 

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