Bitácora de feria

La vida de una bibliotecaria

Encontré el diario de una bibliotecaria. Sin pedir permiso lo abrí y de sus páginas cayeron algunos papeles sueltos. Dibujos, postales, pegatinas y hojas de apuntes.

La editorial Animal extinto publicó Libro de hallazgos, de la escritora y bibliotecaria Yessica Chiquillo Vilardi.Cortesía

Era, más que un diario, un cofre de tesoros, una colección de libros que ella había salvado del olvido. Para nuestra suerte, todos podemos abrir este Libro de hallazgos de la escritora y bibliotecaria Yessica Chiquillo Vilardi, editado por Animal Extinto y una de las novedades más curiosas de la Feria del Libro de Bogotá de este año. Las ilustraciones de Sebastián Cadavid tienen un trazo delgado y detallado que acompañan esta íntima conversación sobre el libro como objeto, como medio para conectar con otros. Incluso al final de este texto hay una práctica bibliografía dibujada sobre los títulos mencionados en él. 

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Entre estos hallazgos breves, aparentemente fragmentarios pero que juntos le dan sentido a un oficio silencioso, hay análisis casi freudianos de quienes visitan la biblioteca. Saber de alguien por el libro que busca o el que abandona, por sus rutinas, por el cuidado o la rudeza al pasar las páginas, por aquel separador artesanal que dejó a propósito en el texto devuelto. 

Sin ser una novela, esta historia tiene antagonista: el comején que está acabando con los libros de esta biblioteca de la que nunca se dice el nombre para que pueda ser cualquiera, para que visualicemos el espacio del que habla con la certeza de haber estado allí. La batalla es diaria para evitar que el comején devore los tomos de En busca del tiempo perdido, de Proust. 

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Hay animales más gentiles en las bibliotecas, como las libélulas arrepentidas en las persianas: “Quizá estudiando de lleno la vida de los insectos, aprendamos en secreto a prolongar nuestro estado larvario y a vivir menos tiempo como adultos: gastar toda una vida creciendo para luego poder morir colmados”, escribe Chiquillo tratando de entender a Navokov, de quien se decía era un gran estudioso de mariposas. 

Además de los insectos, esta bibliotecaria tiene un fructífero capricho botánico: “todas las descripciones biográficas deberían ser como la de los árboles, de principio a fin: desde el suelo que nos vio nacer por primera vez, hasta los lugares donde hemos ido esparciendo semillas y seguimos dando frutos”. 

Se trata de la mirada de quien tiene mucho tiempo. De quien pasa de una historia sobre la dificultad de organizar un estante con distintos países, pues no quiere que ninguno esté por encima de otro, a hablar de libélulas fugitivas. Llegamos al final de este Libro de hallazgos seguros de que el oficio de bibliotecario/a es uno de los más bellos. Siempre pasa algo, aunque sean solo las termitas.