Ladrona de gestos

Juana del Río, actriz por convicción, sobre los escenarios se siente verdaderamente libre, sin importar si un día debe interpretar a una huérfana y al día siguiente a un transgénero.

La actriz Juana del Río, cuyo último rol fue en la obra Curare.

La niña es ella y llega con su pijama años 30 a un comedor, y camina a tientas, con la mirada extraviada y gestos extraviados. Su nombre es Ruth. Busca objetos, busca soluciones, busca a su hermana, Magdalena, y busca a su madre, Herminia, que no es su madre. Busca una salvación, en últimas. Grita, camina, se retuerce, llora y estalla y se golpea el brazo una, dos, cinco y cien veces. Su vida ha sido un destierro en su propia casa, un sufrir los excesos de su madre, que no es su madre sino su abuelo, y un sobrevivir en medio de la mentira. La niña es una de las miles de niñas que hay y ha habido regadas por toda Colombia, convencidas a la fuerza, y bajo la amenaza del pecado y el infierno, de que el amor es pecado, de que la vida es sacrilegio, de que respirar es malo, de que sentir es una perversión. La niña es ella, Juana del Río: mujer, actriz, sueño, pasión, locura, cordura, verdad y engaño. La niña es ella, que entre otras tantas cosas dice: “El único lugar en el que no miento es sobre un escenario”.

Antes de ser la niña llega como una mujer de veintitantos años a un teatro, La Maldita Vanidad, y sonríe cuando ve una vez más los carteles que anuncian Curare, la obra en la cual ella será Ruth. Se encierra en su camerino de actriz y enciende uno y otro incienso para liberarse y liberar el ambiente de posibles energías negativas. Fuma. Se toma un trago de brandy porque la noche es fría y los nervios atacan. Habla, repite algún parlamento. Es de nuevo la niña, Ruth, y es de nuevo niña, y por un instante sus papeles se superponen y algún espectador que la conoce recuerda cuando actuó en su primera obra, El dragón de Navidad. Más tarde dirá que el teatro es parte de ella, que el teatro la define, que jamás tuvo otra opción real en la vida, y que su vida es actuar, y observar para actuar, y estudiar para actuar.

Sus personajes han sido ella, y ella ha sido y sigue siendo sus personajes. Con cada uno se ha ido transformando, y cada uno la ha ido haciendo quien es, una mujer de cuatro en conducta, para hablar de una vieja puesta en escena. Una mujer a quien en realidad poco le han importado las calificaciones y las normas, porque sus conductas han sido producto de sus impulsos, y sus impulsos de sus convicciones, y entre impulsos y convicciones ha vivido, retrocediendo y avanzando en el camino, sin plazos ni horarios. Ha sido niña una y mil veces, pues fue de niña cuando comenzó a refugiarse en el teatro, en la danza, en la música y en la fantasía para llenar sus soledades. Fue de niña cuando empezó a soportar la crueldad de los otros niños, sus bromas pasadas de tono, y a convencerse de que debía crear un mundo para ella.

Ese mundo era El Mundo, y más que El Mundo, sus personajes, pues cada uno le ofrecía una invitación para que lo observara. Cada caminar podía ser para ella el caminar de alguno de sus papeles. Cada mirar, cada tic, cada silencio, cada insulto, la voz, las manos, los acentos, los cambios de ritmo, el humor. Con el tiempo, Juana del Río se convirtió en una ladrona de gestos, y sobre unas tablas, en una vengadora de sí misma y de los otros, de todos los otros. Como decía Emil Cioran: “Para alcanzar no tanto la felicidad, como el equilibrio, tendríamos que liquidar a una buena parte de nuestros semejantes, practicar cotidianamente la masacre tal como lo hacían nuestros afortunados y lejanos ancestros”. Ella roba, asesina, ama, miente, llora y ríe sobre un escenario. Allí, y sólo allí, es libre.

Temas relacionados