Las armas del periodismo: el caso Watergate

La investigación de Bob Woodward y Carl Bernstein, periodistas del The Washington Post, sobre el robo al edificio Watergate, erosionó la confianza del pueblo estadounidense en la institucionalidad que lideraba en ese momento Richard Nixon. Este artículo recupera la historia de dos reporteros que lograron la dimisión del primer hombre de Estados Unidos en 1974.

Ilustración: Daniela Vargas

“Tras mis conversaciones con los miembros del Congreso y otros dirigentes, he llegado a la conclusión de que el caso Watergate me ha privado del apoyo del Congreso, que considero necesario para tomar las decisiones más difíciles y cumplir con las responsabilidades de este cargo, de acuerdo con los intereses de la nación. Por consiguiente, renunciaré a la Presidencia mañana al mediodía”. Con estas palabras, Richard Nixon dio por terminado su mandato presidencial. El 7 de agosto de 1974, el presidente número 37 dimitió acorralado, intentando evitar salir de la Casa Blanca destituido. Nixon se fue cuando entendió que ni él estaba por encima de la ley.

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El 17 de junio de 1972, cinco cubanos con nacionalidad estadounidense entraron sin ser vistos en el complejo de apartamentos y oficinas Watergate. Uno de ellos le pegó un pedazo de cinta adhesiva a la puerta del primer piso para que no se cerrara, y siguieron hasta el sexto, lugar en el que estaba ubicada la oficina del Comité Nacional Demócrata. Esa noche, este grupo de hombres planeaba saquear de la oficina pruebas para desacreditar al líder del partido de oposición, Larry O’Brien. También llevaron equipos para dejar instalados escuchas en los teléfonos y micrófonos en las paredes, todo con el fin de comenzar una campaña de desprestigio que le daría la gran victoria a Nixon en las  siguientes elecciones. Todo se habría logrado si no hubiera sido porque el guardia de seguridad avisó a la Policía al notar la cinta adhesiva que bloqueaba la puerta. Los cinco ladrones fueron capturados y, aunque al principio todo parecía tratarse de un robo corriente, los nombres de dos de ellos no coincidían con el perfil de unos rateros comunes: James W. McCord, exagente de la CIA y funcionario de seguridad del Comité para la Reelección de Nixon,  y Howard Hunt, también exagente de la CIA y consejero de seguridad de la Casa Blanca.

Después del robo, Bob Woodward y Carl Bernstein, dos periodistas del periódico The Washington Post, comenzaron a investigar el hecho, que cada vez arrojaba más datos cercanos a la Casa Blanca. Bernstein empezó su pesquisa con los detalles que generalmente se ignoran: meseros de restaurantes, personal de limpieza y guardas de seguridad. A su vez, Woodward comenzó a hablar con las personas que frecuentaban los entornos de los ladrones. Algunos, inocentemente, les daban los datos que terminaban por relacionarlos con la Casa Blanca o, sin que el periodista preguntara, terminaban por intentar alejarlos de “estar relacionados con el personal del gobierno”.

“Un amigo del comité nos dijo que usted estaba preocupado por algunas de las cosas que vio, que sería bueno hablar con usted, que usted es absolutamente honesto y que no sabe bien qué hacer. Nosotros entendemos el problema, usted cree en el presidente y no quiere ser desleal”, les decían a sus fuentes, que siempre se mostraron reacias a hablar con la prensa. A medida que iban saliendo los artículos con los hallazgos de Woodward y Bernstein, la tensión iba aumentando y los métodos para conseguir información se agotaban: personas amenazadas, contradicción en las versiones, testigos que se negaban a cooperar o que lo hacían sin comprometer sus nombres, mensajes anónimos e imprecisión de los datos.

“¡Ojo con lo que escriben!”, les advertía continuamente Benjamin Bradlee, director del periódico. Cada vez que alguno de los dos reporteros entraba corriendo a su oficina con notas en la mano para comunicarle algún dato que confirmaba sus sospechas, Bradlee les hacía preguntas que desbarataban sus avances. Les exigía precisión, pruebas, confirmaciones: rigor, ese que muchas veces se difumina entre la ansiedad y el hambre por concretar una historia.

Para la investigación del periódico fue fundamental la participación de Garganta Profunda, una fuente que se encontraba con Woodward en un estacionamiento a las dos de la madrugada para darle pistas del caso. Por años, las únicas personas que conocieron el nombre de la persona escondida detrás del seudónimo fueron los periodistas y el director del periódico, que le juraron no revelar su nombre hasta el día de su muerte. Con los años se supo que se trataba de Mark Felt, exoficial del FBI.
Lidiar con las ambiciones de un colega, saciar el hambre sin perder el foco, calmarse, respirar, pensar... Estos eran algunos de los retos con los que estos dos reporteros tenían que enfrentarse a diario. Alan J. Pakula lo narró con detalles en la película Todos los hombres del presidente, en la que, por ejemplo, en una escena, Bernstein decide corregir cada uno de los párrafos que Woodward escribe. Le dice que su forma de narrar es confusa e imprecisa. Le repite la importancia del primer párrafo, de no asumir que el lector ya conoce la historia, pero también, de tener cuidado de no tratarlo como idiota, de hilar los datos. Woodward, contrariado e impotente, reconoce que su colega tiene razón, pero sus gestos son los de alguien que siente que se están metiendo en sus terrenos más sagrados: los de su escritura, los que inevitablemente lo exponen. Con un claro gesto que parece gritar “y ahora cómo firmo el texto, si ya no es mío. Si sus correcciones me quitaron de ahí”, se traga su indignación y es capaz de continuar. Los dos, con la energía desbordada y el olfato cada vez más agudo, comienzan a dejar de lado sus egos, tan peligrosos en este oficio. Esas ínfulas tan atractivas pero enceguecedoras, que terminan por nublarles la mirada a los periodistas que, por sobre todas las cosas, deben mantener su foco en el beneficio de su historia para el resto, no para su nombre, no para su brillo, no para su sed.

Con las publicaciones del periódico y las investigaciones de la justicia estadounidense, se comenzó a revelar que el robo en el edificio Watergate fue financiado con dineros que salían del Comité para la Reelección del presidente. Que Nixon, aunque sabía que ganaría las elecciones, pretendía una victoria que aplastara a su rival del partido demócrata: George McGovern. Que la Casa Blanca, después de verse acorralada, comenzó a presionar funcionarios para que se declararan culpables. Que la paranoia de Nixon lo llevó a tomar decisiones que lo fueron ahorcando cada vez más: la desconfianza en su círculo más cercano lo condujo a cortar cabezas que más adelante se vengaron, vinculándolo directamente con el saqueo del Watergate y confesando que el presidente grababa todas sus conversaciones. Sus colaboradores, que interpretaron este hecho como una clara traición, dejaron de protegerlo. Después de meses de negarse a entregar las cintas, Nixon tuvo que ceder, y aunque intentó borrar algunas partes que lo comprometían y en las grabaciones aún se desconoce el porqué de algunos silencios, se comprobó, mediante su propia voz, que además de saber sobre el robo, saboteó a la justicia nacional que intentaba investigar el caso.

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Después de que muchas veces el director de The Washington Post rechazó los textos de Woodward y Bernstein por falta de pruebas y conclusiones sin comprobar, las investigaciones terminaron siendo publicadas. “Estoy menos convencido de que la publicación inmediata de todo proporcione la verdad. Más bien creo que se puede informar mejor de la verdad si se esperan unas horas hasta que uno se entera mejor y la verdad está más clara. Las lecciones sobre este asunto fueron que una información agresiva y persistente en momentos difíciles puede tener un éxito extraordinario. Los propietarios de los periódicos aprendieron que practicar esa clase de periodismo les daba una sensación de éxito y prestigio. No creo que los políticos cambien y se vuelvan honestos de repente”, dijo Bradlee años después en una entrevista para el periódico El Espectador.
Los dos reporteros se enfrentaron a la paciencia de quien ya había corrido con notas incomprensibles, por el afán y la adrenalina, para armar una historia. “No me interesa lo que creen, me interesa lo que saben”, les decía, y ellos salían de la oficina con las venas brotadas y las manos dormidas de la impotencia y las ansias por publicar. Fue así como entonces, después de mucha comida chatarra, una fila interminable de cigarrillos y café, golpes a los escritorios, doscientas mil formas de hacer la misma pregunta para conseguir alguna respuesta y mucha indignación por correcciones en los textos que les sacaban frases como “cómo no vi eso”, “cómo quiere que piense en eso” o  “eso no se me hubiera ocurrido”, lograron una investigación que llevó a la renuncia del hombre que había sido elegido con un porcentaje de aprobación histórica.

El poder, el embriagante, atractivo y destructivo poder, llevó a Richard Nixon al declive, a él y a otros cuarenta funcionarios del gobierno. Su ambición por no levantarse de la silla presidencial develó los alcances de una institucionalidad enferma, desmoronada a causa de un descuido torpe. En Estados Unidos, las investigaciones de dos periodistas, el respaldo del medio en el que trabajaban, las convicciones de su director, la presión de un Congreso traicionado y la indignación de un pueblo estafado cercaron cada una de las vías por las que Nixon, el hombre que batió la bandera de la decencia y al que más indecencias se le comprobaron, se quiso escabullir.

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Laura Camila Arévalo Domínguez- @lauracamilaad

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