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Las coincidencias y los suicidios de Anne Sexton y Sylvia Plath (Lazos literarios)

Las dos poetas se conocieron en un taller de poesía que dictó Robert Lowell. Después de cada sesión se iban a hablar sobre sus intentos de suicidio, sus traumas de la infancia, la feminidad y sus enfermedades mentales, en el bar del Hotel Ritz de Boston.

Anne Sexton y Sylvia Plath se convirtieron en dos de las máximas exponentes de la poesía confesional. Cortesía

A Anne Sexton no le gustaba el término “poesía confesional”. Estaba convencida de que sus poemas representaban algo más que confesiones de sus traumas y hasta sus perversiones. Comenzó a escribir porque su psiquiatra se lo sugirió, y en cada poema escribió sobre su padre, su condición de mujer, de madre, de esclava.  Su hija, Linda Gray Sexton, contó que su madre priorizó la poesía por encima de todo, hasta de sus hijos. Reveló en una entrevista publicada por Vanity Fair, que la proximidad con su madre fue posible por una sola vía: la poesía. Dijo que entenderla le había costado, pero, sobre todo, perdonarla. Que le dolió saber que, para su mamá, la libertad que anhelaba para satisfacer sus anhelos era mucho más importante que suplir las necesidades de sus hijos. Que llegó a odiarla y que también la amó, pero tuvo que tragarse el asco y el dolor que le producía que ella jugara a ser su hija. “Fue tóxico” que ella terminara siendo la madre de su madre. La sensación de abandono fue insoportable.

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Sexton, que había cultivado un sarcasmo inteligente durante sus jornadas interminables de cigarrillos, lecturas y escritura, coincidió con Sylvia Plath en un taller que dictó Robert Lowell, uno de los mayores exponentes de la poesía confesional que más adelante las dos aplicarían a sus poemas. Después de cada sesión, las dos escritoras se reunían en el bar del Hotel Ritz de Boston, en el que hablaban sobre lo limitadas que se sentían como mujeres artistas, el matrimonio, el amor, el éxito y sus intentos de suicidio.

Al momento del encuentro, Sylvia Plath estaba casada con Ted Hughes, un poeta que conoció en Inglaterra. Decía que era “la media naranja perfecta para ella” y que sus éxitos la alegraban más que los de ella. A Plath, las pulsiones por escribir le llegaron en la infancia. La sorprendieron antes de convertirse en adolescente y se le presentaron como una oportunidad para descifrar las sensaciones que más tarde un psiquiatra diagnosticaría como depresión. Para ella, los poemas se convirtieron en el cuerpo creado, en el fuerte y en el transformable. El que habitaba ya estaba dañado: además de nacer con el órgano genital equivocado para su tiempo, estaba enfermo. Tenía claro que tendría que embarazarse y que su maternidad la iba a condenar de por vida al horno al que después se inclinó.

En 1959, año en el que las dos escritoras se encontraron, Plath todavía no era madre. En una de sus reuniones le pidió un consejo a Sexton sobre la posibilidad de tener hijos, a lo que ella, sin dudar, definió como la peor decisión que podía tomar. Le dijo que su carrera como escritora se arruinaría y que la carga de esa responsabilidad quebraría su espalda. Las dos, que narraban con recursos y desde estímulos muy distintos, representaban lo inoportuno de ser mujer en los 60. Se confesaban sobre lo que odiaban o ansiaban del sexo, la falta de equilibrio entre sus esposos y ellas, sobre lo demandante de suplir las necesidades de sus hijos, tan pequeños, vulnerables y dependientes.

A pesar de que Gray Sexton asegura que la relación entre su madre y Plath nunca fue tan cercana como se cree, mucho se ha escrito sobre las descripciones de los intentos de suicidio que compartían en el bar del Ritz. Lejos de competir, hablaban de la muerte como el estado más perfecto y en últimas, el poema más honesto, el más sublime, el que verdaderamente trascendería. Las dos, perturbadas, reflexivas y deprimidas, fueron incapaces de despedirse o dejarles una explicación a sus hijos, quienes después tuvieron futuros nublados por un pasado en el que se escondía una desidia maternal que llevó a algunos de ellos al mismo final de sus madres: el suicidio.

Las dos se mataron. Plath fue la primera: el 11 de febrero de 1963 se levantó a las seis de la mañana, enferma y sola. Ya sabía que su esposo estaba con alguien más, ya se sabía abandonada y el sentido de su vida seguía perdido. Después de llevarle a sus dos hijos pequeños una bandeja con leche, pan y mantequilla, se encerró en la cocina, bloqueó los orificios por los que podría salirse el aire, prendió el gas y metió la cabeza en el horno hasta asfixiarse.  

Morir

es un arte, como todo lo demás.

Yo lo hago extraordinariamente bien.

Tan bien que se siente infernal,

Tan bien que se siente real.

Podría decirse que he recibido el llamado de una vocación.

Plath.

“¡Ladrona! ¿Cómo te has metido dentro, / te has metido abajo sola / en la muerte a la que deseé tanto y tanto tiempo?”, escribió Sexton, que más allá de entristecerse, sintió envidia. Ella llevaba mucho pensando en el suicidio y ahora su amiga, la joven, la inexperta, la que se veía más indecisa, lo había hecho. Entre sus poemas malditos y la fe que le tenía a lo único en lo que las dos creían, se sentía plagiada.

¿Qué es tu muerte

sino una vieja pertenencia,

un lunar caído

de uno de tus poemas?

¡Oh, amiga,

Cuando aquello de la mala luna,

y el rey se ha ido,

y la reina llega al final de su juego,

la mosca del bar debe cantar!

Sexton.

Tiempo después y con sus dos hijos más grandes que los de Plath, fue ella quien se puso el abrigo de su madre, se sirvió vodka en un vaso y se encerró en su carro con el motor prendido.  Se metió ahí para asfixiarse y cumplir con lo que ya había pronosticado en sus poemas. Su hija, que jamás entendió por qué no dejó por lo menos una nota, dijo que durante mucho se amargó porque su madre solo se preocupó por cumplir la cita radical, pero que la de la vida, la que siempre rogó para ella, jamás la consideró. Caerse es muy fácil. Hundirse es sencillo. Enterrarse es tentador, atractivo. No moverse seduce, sobre todo cuando se tiene la certeza de que el movimiento no cambiará nada.

Según la iglesia, los gobernantes, sus padres, los hombres y, claro, las demás mujeres, sus cuerpos eran los dueños de la descendencia. Ellas no querían eso. Nunca lo pidieron.  Querían unas alas, unas parecidas a las que se ponían los hombres. Unas que las elevaran para elegir entre las posibilidades del mundo que desconocían. Se indignaban al entender que los únicos sabores que probarían serían los de las sopas y papillas que harían para esos niños que tampoco querían tener. No querían ser madres. Su fuerza les duró lo que la mente soportó. Los pronósticos de su éxito se frustraron cuando decidieron que de ellas no podría nacer nada más: ni hijos ni letras ni vida.

Entre las coincidencias, estuvo la inconclusa y complicada relación que tuvieron con sus padres. En sus poemas, sobre todo los de Plath, quedó demostrado que el complejo de Electra, que también más adelante expresaría Millet (otra feminista diagnosticada con depresión), atravesó muchas de las frases que escribieron. La relación con sus padres les cortó el aliento. Las dejó amputadas, incompletas.

“Dilo de verdad”, le dijo Sexton a su hija cuando hablaron de escritura. También le dijo a Plath, cuando estaba indecisa acerca de su futuro y la maternidad, que se elegirá a sí misma; porque además de creer que lo más importante siempre sería defender la verdad cuando se escribía, la única inversión significativa que transformaría esa verdad en convicción sería la que iría enfocada a uno mismo (a ella misma). Eso lo explicó todo.  

Las dos pusieron el arte por encima de todo y de todos. Para ellas, la victoria sería no morir cuando el destino eligiera o cuando el sistema las exprimiera: se irían cuando lo decidieran, por fin resolverían qué pasaría con su cuerpo. Era el momento en el que sus voluntades no podrían coartarse, y sería la última gran obra con la que concluirían un legado de resistencia que se reventó con la inestabilidad de la mente.

 

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Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

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