Las desaparecidas huellas de José Eustasio Rivera en Orocué

Las huellas del escritor de La Vorágine, muerto un día como hoy, 90 años atrás, están desapareciendo entre el polvo que cubre al pueblo llanero. Sólo en la memoria de las más ancianas generaciones hay recuerdos del periplo del autor por ese rincón del Casanare.

Una de las imágenes de la versión ilustrada de La Vorágine, obra de Óscar Pantoja y José Luis Jiménez. Cortesía

Su tinaja, su silla de mimbre, los documentos que firmó en 1919 mientras trabajaba como abogado en un proceso herencial, apenas sobreviven guardados con otras reliquias en la oscuridad. El Espectador tuvo que dar más de una vuelta en mototaxi, preguntando de puerta en puerta, hasta dar con el olvidado lugar donde el abogado solía hospedarse hace 93 años.

Es la derruida casa de Isabel Amézquita, más conocida como Chavita, una anciana que vive con un gato, una tortuga y una considerable colonia de arañas, esperando a que el techo de madera podrida se le venga encima con cualquier ventarrón y acabe con lo que queda del lugar donde Rivera concibió las primeras ideas de su famosa novela La vorágine. Chavita les tiene fobia a los periodistas, porque muchos inventaron que ella era la novia del autor, lo cual es imposible. Ella nació en 1920, un año después de que el escritor partiera para siempre de Orocué. Si sabe algo de él es a través de lo que escuchó de su padre, Teodoro Jacinto Amézquita, quien era el juez del municipio y amigo del frustrado litigante y exitoso escritor.

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Rivera no llegó a Orocué pensando en escribir un clásico de la literatura hispanoamericana, sino en ganar un pleito por la sucesión de la hacienda Mata de Palma. Fue contratado después de hacer su tesis, La liquidación de las herencias, con la que se graduó como penalista de la Universidad Nacional en Bogotá.

La casa de Amézquita, dicen sus vecinos, para entonces lucía como cualquiera. Hecha de bahareque, con un par de habitaciones, un retrete y techada en hojas de palmiche. Allá llegaba Rivera encorbatado, al estilo europeo que se usaba en la época, a trabajar hasta que se consumieran las velas; o montaraz, después de una jornada de caza con los indígenas, a devorar el agua de la tinaja y fundirse sobre un chinchorro de cumare.

Así eran sus rutinas. Pero entre los relatos que escuchó en la tienda de la Puya, a donde llegaban los caucheros del Vichada a cambiar el caucho por víveres; sus contactos con el personal del consulado alemán que comerciaba perfumes, telas, drogas y hasta plumas de garza por el río Meta; las mujeres que amó y los hombres que odió, un buen día no le quedó más que ir al antiguo parque ubicado a media cuadra de la casa de Amézquita, sentarse bajo una ceiba, mirar cómo el vasto río Meta se funde en el encanto del Orinoco y esbozar la novela de amor que muchos colombianos leímos en el bachillerato.

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Para inventariar los personajes que saltaron del Llano a La vorágine hay que retroceder más en el tiempo, hasta 1916, cuando Rivera visitó por primera vez Casanare, en unas largas vacaciones. En el municipio de Trinidad conoció a Ramón Oropeza, quien aparece en la novela como el Viejo Zuleta. Oropeza era el dueño de la hacienda Mata de Palma, que en la obra es La Maporita. Dos años después, cuando ya Oropeza había fallecido, es Rafael Ruiz Bejarano (Don Rafo en la novela) quien entrega a Rivera el poder para que ante el juzgado de circuito de Orocué le defienda el derecho de propiedad que cree corresponderle dentro del juicio de sucesión del hato Mata de Palma.

Rivera pierde el juicio: “el memorial de la oposición ha sido manuscrito sobre papel común, por lo que Rivera tuvo que presentarlo ante la Recaudación Municipal de Hacienda Nacional de Orocué el 6 de octubre de 1919, oficina que pegó en el documento una estampilla de 20 centavos”, dice un escrito de Justo Severo. En el pueblo, mientras tanto, conoce al manizalita Luis Franco Zapata y su novia Alicia Hernández Carranza, quienes, cuentan algunos ancianos orocueseños, hospedaron a Rivera un tiempo y le relataron como habían huido de Bogotá al Llano en una aventura idílica, la misma que luego el autor escribiría en boca del poeta Arturo Cova, en la primera parte de su libro.

En las calles de Orocué los ancianos rumoran sobre una premeditada venganza literaria de Rivera contra José Nieto, quien era la contraparte en el juicio de sucesión. “Su enfrentamiento fue más allá de los estrados judiciales”, dice Rosalía Orjuela de Nieto, la esposa de José, e “hizo que Rivera fuera una persona poco querida para muchos en el pueblo”. La venganza de Rivera habría sido representar a Nieto como el malévolo personaje Pipa, o Pepe Murillo Nieto, condenado al fracaso y reducido a la miseria en La vorágine.

No sólo el señor Nieto tuvo roces con Rivera, parece que a los indígenas tampoco les cayó en gracia el autor nacional, pese a que denunció la forma en que fueron explotados durante la fiebre del caucho. Líderes guahibos y salibas de resguardos de Orocué, en un español rudimentario, hablan de una denigrante ficción de la etnia, representada en el libro, según ellos, como una guerrilla asaltante y ladrona, instruida y liderada por el Pipa.

Salvador Daza, poeta, gestor cultural y declamador conocido en el pueblo, reclama en nombre de los pocos intelectuales orocueseños que el nuevo alcalde, Monchy Giovanni, les dé el empujón que necesitan para realizar el proyecto que planean hace más de dos décadas: convertir la casa de Chavita en un museo, mediante un trabajo de reconstrucción y preservación que logre revivir el mérito histórico de La vorágine y no dejé que se borren las huellas de Rivera en Orocué.

 

 

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