Columna

Las fotos nuevas no son fotos  

De cómo ha cambiado el proceso de tomar fotografías, debido a la poca importancia que se le da a la imagen, en contraposición con la relevancia que ha adquirido el aspecto tecnológico.

La vieja costumbre que se perdió de elegir las fotografías para el álbum familar. Cortesía

Había que revelar el rollo para ver las fotografías. Esto imponía, por lo menos, dos condiciones: paciencia y un fotógrafo de ojo fino. Ahora cualquiera puede ir por la vida tomando fotos a siniestra y diestra.

Fue así como rompieron su nostalgia y su magia: si el rollo era de 24, el fotógrafo debía tener buen tino y elegir 20, tal vez 21, momentos memorables, y uso este adjetivo con toda la precisión de su significado: 20, quizá 21, momentos “dignos de memoria”, es decir, que tuvieran méritos para ser recordados. Ahora las fotos pueden ser tontas: congelan momentos que no son “dignos de memoria”. Y como si la desgracia poca monta tuviera, sobreviven en las pantallas, ya no en los mágicos álbumes (no “álbunes”). El único acto más nostálgico que hojear un álbum fotográfico es escuchar una vieja canción después de la cuarta copa. 

Había que revelar el rollo. 15 días después, mi papá llegaba con las 20 o 21 (lean veintiuna, por favor) fotos metidas en un álbum. Pero no uno de los grandes, que parecían atlas, sino uno de los pequeños, esos del tamaño de una libreta. Magia: 20 o 21 momentos memorables, instantes siempre felices que con el paso vil del tiempo y su chorro de nostalgia helada van causando una punzadita estomacal, una “algia” del alma.

Había que revelar el rollo. Los expertos dirán que el rollo no se llama rollo, sino “película”. Pero aquí siempre lo llamamos rollo de 12, de 24 o de 36, y no royo, porque este último es el verbo roer (“yo royo”). Eso de tomar una fotografía, ver en el acto cómo quedó y borrarla si no enfocó o si alguno quedó con un ojo cerrado no se compara con la sorpresa de las 20 o 21 que íbamos viendo, una por una: “Qué bonita esta”, “aquí fulano quedó con la boca abierta”, “aquí cómo quedaron de lindos todos”, “uyyy, en esta quedé haciendo bizcos”.

Momentos dignos de ser recordados, de ser pasados, hoy y siempre, por el corazón (recordar significa eso: pasar por el corazón. Por eso “cordar” se parece a cardiaco, vienen de la misma palabra). Había que revelar el rollo para que los momentos memorables se quedaran quietos, así fuera a punta de un artificio, el artificio de la escritura con luz, foto es luz y grafía es escritura.