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Las frases y los adjetivos de Onetti: vencer el silencio

Hace poco alguien me preguntó qué ciudad literaria visitaría en cuarentena. Aunque son varias las posibilidades, Santa María me parece adecuada para el momento: es un espejo de la repugnancia y del fracaso de la humanidad. A lo mejor, se hace necesario volver a ella para reconocer en todo lo que hemos fallado.

Juan Carlos Onetti, fallecido 26 años atrás, y autor de "Los adioses" y "El astillero", algunas de las novelas más emblemáticas de la literatura latinoamericana del Siglo XX.Cortesía

No se puede empezar un ensayo sobre la frase con una mala frase. Pero es que es difícil. De las cualidades más complejas -y menos valoradas- en la literatura es eso que intento hacer bien: la oración. 

Una oración bien lograda puede lo que es normal en un buen verso: quedarse intacta, firme, imborrable en quien la lee. O simplemente: regocijar el oído de placer.

No sé si lo de Onetti sea regocijo. Me arriesgo a señalar que se trata de un fatalismo exquisito, de una danza que se desliza en paisajes oscuros; un pesimismo triunfante.

En lo mejor de Onetti los adjetivos abundan pero no aburren, ni sobran, ni saturan: contagian, contaminan, habitan las atmósferas, el sentimiento, las sensaciones que el narrador busca transmitir: “Cuando me presentan a alguien me basta saber que es ser humano para estar seguro de que peor cosa no puede ser” Cuando ya no importe (1993).

Como pasa con Proust -y con otros grandes del estilo-, uno lee al uruguayo y se afilia (o no), y de ahí en adelante se esclarecen sus coordenadas: la coma antes del adjetivo, el narrador en primera persona del plural, el cambio de perspectiva, la diversidad de voces, el soliloquio interior. Y sobra decirlo: ese desespero, esa insania, ese fracaso y esa decepción amorosa que agobian a sus personajes.

En las entrevistas que le hacían, le solían preguntar mucho por la influencia de Faulkner. No hay que esforzarse mucho por reconocerlo: se nota en sus estructuras narrativas, en esa conjugación de tiempo y espacio, en el intercambio de señales que conducen el relato, en la creación de la ciudad imaginada, etc. Le recuerdo apuntar en una con Joaquín Soler Serrano que leía mucho al autor de En busca del tiempo perdido. 

Esos párrafos extensos, digresivos y revestidos de belleza verbal se escuchan en los acápites cortos y potentes del uruguayo. Con una diferencia: el cielo que bañan las páginas del francés son azules, estivales, otoñales en su punto más intenso; en cambio, las del nacido en Montevideo son perentorias en su gris, en un cielo quebrado e hinchado por una desesperanza inamovible.  

No hay que irse muy lejos para demostrarlo: los nombres de sus obras son elocuentes. Como lector suyo le agradezco que se haya tomado el tiempo de aquilatar cada título. Y sé que en un lector rígido esto puede sobrar, pero Los adioses, El infierno tan temido, Para una tumba sin nombre, La vida breve, Cuando ya no importe, Tierra de nadie, Tan triste como ella, entre otros, no son encabezados: son frases; oraciones que anticipan un algo, una mirada, un comienzo o un ocaso suspendido.

A mí me hubiera gustado preguntarle si se sentía satisfecho con sus palabras. A lo mejor, Onetti habría alzado la ceja o prendido un cigarrillo. Así que como argumento que justifica eso le diría que esa generosidad de calificativos es inquietante: ¿es porque siente que lo que quiere decir no es suficiente con una palabra o es porque son tantas y tan diversas las sensaciones que el lenguaje es agotable y por eso hay que usarlo en su amplitud: para apenas rozar el sentimiento expresivo?

No. El interrogante verdadero y que demuestra la astucia de su oficio es ¿por qué en sus frases el adjetivo no estorba? ¿Por qué en tiempos en que se exige suprimir los calificativos se hace tan agradable la lectura de sus obras? 

Por salud y prevención, uno mismo le huye a la abundancia de alardes: a un párrafo emperifollado, barroco, ornamentado, se le previene, se le resiste, -si se puede- se le evita. Es que da vértigo.

Pero en cambio en él es regodeo. Un placer umbrío.

“Por las tardes, los cielos de invierno, cargados o desoladamente limpios, que entraban por la ventana rota podían mirar y envolver a un hombre viejo que había desistido de sí mismo, que prestaba indiferente su cabeza para que la habitaran y recorrieran recuerdos mezclados, rudimentos de ideas, imágenes de origen impersonal. De dos a seis el aire mordía una cara de viejo, malsana, colgante, boquiabierta, con el labio inferior estremecido por la respiración; se apoyaba grisáceo sobre el cráneo redondo, casi calvo, ensombrecía el mechón solitario aplastado en la ceja; exaltaba la nariz delgada y curva, triunfante de la decrepitud y la grasa de la cara”. (El astillero,1961).  

Si está interesado en leer textos de esta serie, ingrese acá: Primer ataque de ansiedad (Tintas en la crisis)

He ahí un ejemplo: más de ocho. Y he aquí su testimonio:

“Lo que más me preocupa es no repetir palabras en un párrafo. Y a veces, y sobre todo en un adjetivo que no me parece justo, me preocupo de buscarle un equivalente, un sinónimo que sea más exacto con lo que yo quería decir. A veces salto a las tres de la mañana de la cama porque se me ocurrió el adjetivo”. 

De modo que sí: se medita el lenguaje. Se hace de él un hechizo que, como en Los adioses (1954), anticipa lo que se viene:

“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada”.  

Es un comienzo invencible; con calificativos que a un narrador sin oficio se les alegaría la arbitrariedad: ¿Cómo así que manos “lentas, intimidadas y torpes”? ¿De cuándo acá las manos se mueven “con fe”? En Onetti son actitud, carácter, seguridad. La huella de un observador -Joyce, Céline, Baroja, Arguedas, según algunas de sus declaraciones-, que impone su propia pretensión. 

Esa personalidad onettiana se anunciaba en su primera obra: El Pozo (1939); cuando su protagonista, Linacero, describe a Electra, una de las prostitutas con las que se la pasa, se siente:

“Tiene la cara como la inteligencia, un poco desdeñosa, fría, oculta y sin embargo libre de complicaciones. A veces me parece que es un ser perfecto y me intimida; solo las cosas sentimentales mías viven cuando estoy al lado de ella”. 

De nuevo: ¿cómo así que la inteligencia es fría, desdeñosa y oculta?  De alguna manera, todo escritor es un desafiante que escribe sobre lo ya escrito, versifica sobre lo ya versificado, comenta sobre lo ya comentado, crea sobre lo ya fabulado. 

Y sin embargo, la ingenuidad de algunos plumíferos a veces conmueve; en Onetti presiento que nada es gratis, que todo es adrede, calculado; que el convencimiento de su subjetividad verbal es tan potente que persuade e interpela al lector constantemente, como ese provocador comienzo de La niña robada (1973): “(…) hasta que llegó la hora de la feliz mentira”.

Quizá el poder de su adjetivación estribe en una astucia: que en lugar de calificar a un personaje, lo delata, lo evidencia, lo desnuda en sus partes más desquiciantes. Así pasa con Larsen, Jorge Malabia, Petrus, Díaz Grey, Rita y su chivo y tantos otros que habitan en Santa María. Y otros que no, como ese almacenero que cuenta con maravillosa inverosimilitud la llegada del tuberculoso y el vaivén con las dos mujeres que los visitan en Los Adioses (1954):

“Yo era el más débil de los dos, el equivocado; yo estaba descubriendo la invariada desdicha de mis quince años en el pueblo, el arrepentimiento de haber pagado como precio la soledad, el almacén, esta manera de no ser nada. Yo era minúsculo, sin significado, muerto. Ella venía e iba, acababa de llegar para sufrir y fracasar, para irse hacia otra forma de sufrimiento y de fracaso que no le importaba presentir”.

No se puede hacer buena literatura sin caer en eso que Ungaretti llamaba servidumbre de palabras. Se adjetiva para vencer al silencio, no para arruinarlo. La marcha del silencio es excepcional; y por eso el uso acertado del lenguaje no lo interrumpe, lo remplaza, lo aloja en oposición a su naturaleza. 

“Sólo tenía ahora, Risso, una lástima irremediable por ella, por él, por todos los amantes que habían amado en el mundo, por la verdad y error de sus creencias, por el simple absurdo del amor y por el complejo absurdo del amor creado por los hombres”. (El infierno tan temido,1957).

Pero hay que ser cuidadoso con la abundancia, pues cuando se excede en el uso de la palabra, la historia y los protagonistas pasan a un segundo plano. No digo que en toda la obra de Onetti no ocurra; hay momentos donde la muchedumbre verbal asfixia lo narrado.

Lo invitamos a leer: Bajar de la montaña y escribir la historia: memorias de un escritor en el conflicto

 A juzgar por sus declaraciones, él nunca lo pretendió así: “No creo -y esto lo digo categóricamente- que el lenguaje sea un personaje dentro de la novela. Pienso que es un instrumento que cada escritor utiliza y renueva según su creación se lo exija, pero en ningún momento como personaje (…) El artefacto del lenguaje no puede estar por encima de la vida misma y de los hombres como protagonistas de una novela o un cuento”. (Réquiem por Faulkner y otros artículos, 1975).

Toda lectura es personal, se sabe. La de Onetti, como la de otros grandes, fomenta la discusión y la separación radical de posiciones. Es inevitable: pues lo del autor de La vida breve es un talante que se es fiel a sí mismo. Y por eso no contempla riesgos. Y tampoco le preocupa lo que otros puedan considerar. 

Aunque un poco exageradas sus declaraciones, dejémoslas aquí: “Nunca escribí para pocos o muchos; siempre escribí para mí, dulce vicio que no castiga el Código Penal. Quemé dos novelas y media; escribí largos capítulos sabiendo que estaban de más en la novela de turno y que tendría que suprimirlos. Pero me gustaban. En mi caso el lector no es imprescindible”.

Es consecuente que el leedor emule la rebeldía, que se quede o se vaya, que lo celebre o se queje.

Volver a sus libros, a esos kilometrajes de adjetivos, a esos párrafos impecables, supera cualquier búsqueda por lo correcto, lo ideal, lo deseable en una obra. Esos cambios y giros bruscos, que rigurosamente analizó Vargas Llosa en su ensayo El viaje hacia la ficción, demuestran que lo de Onetti es una devoción, una esperanza que atenúa el feroz desasosiego que asedian sus historias, porque a pesar de la cruda realidad, la literatura nos redime: 

“Se dice que hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene”. (El Pozo).

 De repente uno repasa algunas de sus historias más destacadas y se encuentra con algunas incongruencias que debilitan la urdimbre, pero entonces él termina con un párrafo que alivia el vacío existencial que acentúa toda aspiración por hacer de lo más insólito una ficción:

 “Lo único que cuenta es que al terminar de escribirla me sentí en paz, seguro de haber logrado lo más importante que puede esperarse de esta clase de tarea: había aceptado un desafío, había convertido en victoria por lo menos una de las derrotas cotidianas”. (Juntacadáveres,1964).

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Jaír Villano / @VillanoJair

Cultura

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