Las huellas parisinas de Julio Cortázar

Recordamos el Quai de Conti, el café Old Navy, la Galería Vivienne y la ribera del Río Sena, lugares que frecuentaba el argentino en la ciudad que, para él, era "un corazón que latía todo el tiempo".

Julio Cortázar falleció el 12 de febrero de 1984 en París.Cortesía

“Nos miramos por primera vez en lo más hondo de la Galerie Vivienne, bajo las figuras de yeso que el pico de gas llenaba de temblores”, escribió Julio Cortázar en su cuento El otro cielo. Desde los suelos construidos por mosaicos que quiebran el color monótono del asfalto, el argentino observaba el techo de cristal que le permitía ver los cielos custodios del arte.

Con un abrigo oscuro que cubría su cuerpo hasta las pantorrillas, Cortázar turnaba sus días por el distrito número dos, en las que las galerías, pasajes y bibliotecas revestían las calles color crema y por el distrito número seis, aquel emblemático sector de París en el que Hemingway, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Gabriel García Márquez solían tomar café mientras anotaban aquellas expediciones que vislumbraban la moral y el devenir de los seres humanos.

Tres pisos hay que subir para llegar a la habitación número 40 de la Casa Argentina en la que habitó Cortázar los primeros meses de su llegada a la capital francesa. Una ventana que permitía los tímidos rayos de sol y un mueble de madera que tenía dos cajones en los que no cabía ni el más pequeño de los pensamientos eran las únicas cosas que se podían destacar de ese pequeño cuarto que se hizo famoso por ser la primera trinchera del escritor.

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El argentino se olvidó del trabajo de literatura francesa que debía entregar por la beca que lo llevó a París. Las supuestas intenciones con las que iba se refundieron entre las hojas de los árboles que se movilizaban en las corrientes de aire embalsamadas por el Río Sena y sus riberas. La nueva patria de Cortázar eran las galerías. Y habló de nueva patria, tal vez, como un desarraigo voluntario de su tierra, asumiendo el valor de despojarse de los apegos, de las costumbres, de las relaciones que dejaba entre los tangos de la Argentina. Se trasladó paulatinamente a los cielos rasos, a los brochazos de colores crema y a los sonetos de bulevares y calles rimbombantes.

Por muchos años las vivencias de Cortázar quedaron grabadas en las misivas que le enviaba a Eduardo Jonquiéres. En cada una de ellas se evidencian desde las más entrañables confidencias hasta los más evidentes sollozos que podían sucumbir de un día en el que los anhelos parecen frustrarse en las eternas condenas de la cotidianidad.

“Caminar por París –y por eso califico a París como “ciudad mítica”- significa avanzar hacia mí”, afirmó Cortázar en una entrevista. Y por eso, pese a los recorridos obligados, Cortázar deambulaba entre las siluetas y lo que él llamaba las constelaciones mentales que cada individuo construía entre pasajes de mármol y calles atiborradas de hojas, zapatos manchados y sobres abandonados.

La calle Condorcet, Rodier, de Faubourg-Saint-Deni, de Seine, Martel y la Isla de San Luis fueron algunos de los pasadizos y lugares emblemáticos que el argentino frecuentaba, andando y desandando el idilio que representaba París y descubriendo ese territorio que sufrió de constantes y vertiginosas metamorfosis provocadas por una curiosidad que perduró con el paso de los años y que fue nutrida por los versos que alguna vez leyó de la poesía maldita de Charles Baudelaire y que luego construyó en los días en que se enajenaba de su propia sombra.

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En la Le Monsieur Le Prince, un restaurante de fachada en madera y con letras del color dorado que brillaban en los candados que pretendían resguardar un amor pero que se oxidaban junto a las promesas de los amores efímeros, se asomó en la ruta de Cortázar. Polidor era el nombre de aquel establecimiento en el que el autor reflejó al final del recinto su interminable sed de cuestionar hasta la más pequeña minucia que sucedía en su vida.

A un par de cuadras de Polidor, está el café en el que alguna vez García Márquez lo esperó durante varios días, pues le habían dicho que en Old Navy solía sentarse a escribir el argentino de cabello liso y barba tupida. En las mesas de madera, mientras las manecillas del reloj sabían amargas a causa del color oscuro del café, Cortázar se sentaba a observar las alegrías de los cronopios y las artimañas de los famas. Luego volvía a su casa en el distrito 10 de París. Allí tocaba la trompeta, evocando su fascinación por el jazz, por esa estética de la improvisación y del supuesto desorden. Y de esas estrechas corrientes de aire que surgían de la trompeta saltaban los cronopios, los que no conservaban los recuerdos y no le temían al desorden del silencio, del espacio y del tiempo.

En las sombras que se contraponen a la grandilocuencia de las iluminaciones parisinas gravitan las rayuelas. En el Pont de las Arts, donde colgaban los candados que se contraponen a la utopía del amor en libertad, merodean historias como las de Oliveira y La Maga. La biblioteca del Arsenal, lugar predilecto de Cortázar en su génesis parisina, es el escenario en el que las huellas del argentino menos se marchitan. El humo de la pipa del autor aún se escabulle entre los estantes y las escaleras de aquella morada de remembranzas, anhelos y angustias. En el cementerio de Montparnasse Cortázar empezó a palpar la eternidad de lo desconocido. Luego de la muerte de Carol Dunlop, su último y fervoroso amor, el escritor se sentaba al lado de la tumba de ella, resistiéndose a una noción de amor basado en la compañía y tejiendo un lazo que sucumbía lo terrenal. La realidad no estaba fuera del cementerio, el mismo Cortázar así lo hizo saber y así mismo la fue configurando, pues en 1984, tras concluir su trayecto en las galaxias refractarias de París, el cuerpo del argentino fue sepultado al lado de la tumba de Dunlop. Y pese al fin presencial, los turistas y ciudadanos locales siguen haciendo odas a la vida y obra del autor con las palabras que plasman en cartas, en las palabras que se turnan con las bocanadas de humo constituidas por pesquisas de nicotina y en las rosas que terminan por hacer parte de la tierra custodia de una de las voces más sublimes y excepcionales de la literatura universal.

 

 

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