Las maldiciones en el fútbol: De Guttmann a Garabato

Bien se dice que una de las críticas centrales del denominado pensamiento postmoderno a la modernidad, consiste en esa suerte de agotamiento del principio de la razón, fundamento constitutivo de todo el discurso que esta última elaboró para el mundo como guía ineludible e infalible del comportamiento humano.

Béla Guttmann, en primer plano, mentor de Eusebio, uno de los jugadores más importantes del fútbol portugués, y protagonista de la maldición del Benfica, que desde el 62, cuando él renunció a la dirección del equipo, no ha podido obtener ningún título europeo. Cortesía

Uno de los mecanismos más socorridos a los que acude el ser humano, ante su impotencia o irracionalidad frente a una realidad que le es adversa, es el de maldecir a su interlocutor o a quien ejerce el poder. El vocablo maldición tiene su origen en maledictio, mismo que significa "acción y defecto de pedir que le ocurra un mal a otra persona". 

Junto a maldiciones famosas en la historia de la humanidad, como las de Tutankamón y Nostradamus, figura la de Malinche-Malineli Telepatl-, la princesa náhuatl que hizo de traductora, informante, amante y madre de hijos mestizos para ayudarle al conquistador español Hernán Cortés a dominar la ciudad de Tenochtitlán-origen de la capital mexicana-, razón por la cual su nombre se asocia no solo con la traición a su pueblo, sino que se hizo extensivo a todo aquel que desprecia lo propio y prefiere lo extranjero.

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El fútbol no ha escapado a esta práctica característica de la condición humana, con mayor razón si se trata de una actividad cuyo desenlace-resultado- está sometido a la incertidumbre, aunque hoy la razón instrumentalizada está convirtiendo al deporte en una ciencia exacta que-¡vaya paradoja!-, siempre debe culminar en triunfo para uno y otro competidor, porque la derrota es un ser extraño que ha sido lanzado a las tinieblas exteriores.

Una de las maldiciones célebres en el fútbol mundial contemporáneo, la protagoniza Bela Guttmann, un húngaro de origen judío, una especie de  trotamundos del fútbol, mismo que llegó al Benfica en los 60 y 70 del siglo XX y fue uno de los promotores de Eusebio, el africano nacido en Mozambique y que más tarde representaría a Portugal, el país colonizador, en el mundial de Inglaterra 1966, cuando dicha selección, por vez primera, asiste a un torneo orbital y alcanza el tercer puesto, detrás de Inglaterra y Alemania, y la llamada “Pantera negra” obtiene el título de goleador, por encima del rey Pelé, cuya selección salió eliminada en primera vuelta.

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El Benfica de Portugal ha perdido en siete ocasiones, y en los últimos cincuenta años, la final de uno de los distintos títulos que se disputan en el fútbol europeo; esa crisis de la razón reaparece con mayor fuerza cuando se ratifica que es la maldición del técnico húngaro la que no permite que la sonrisa del triunfo invada el rostro de los hinchas lisboetas. Pero desde ya dejamos en claro que experiencias como estas han aflorado en ciudades y equipos colombianos; el ejemplo lo representan otras dos instituciones rojas, como el club del legendario Eusebio: América e Independiente Medellín.

Al llegar al Benfica en 1962, Guttmann anunció que esperaba tener un premio en dinero si llegara a ganar el título continental. Las directivas le respondieron afirmativamente, convencidas de que ello sería imposible. Resulta que los portugueses, dirigidos por Guttmann, arrollaron al Real Madrid, liderado por el hispano-argentino Alfredo di Stefano, y lo derrotaron 5-3, luego de ir perdiendo 2-0. En el año inmediatamente anterior, 1961, el Benfica, orientado por el propio Guttmann, también derrotó al Barcelona de Ladislao Kubala, Czibor, Kocsic y el español Luis Suárez, y se coronó campeón europeo.  

"El Benfica no volverá a ser campeón europeo sin mí. Me voy". Así de contundente, expresado en un portugués pedregoso, Guttmann (1899-1981), se despidió de su club, en medio de la incredulidad de jugadores, directivos y socios -cerca de 200 mil-, además de los tres millones de hinchas, para ese entonces cerca de la mitad de la población portuguesa. 

Las flores de Eusebio 

La maldición del técnico magiar comenzó a cumplirse en forma casi que matemática: Benfica perdió las finales de la Copa de Europa de 1963 y 1990 (las dos ante el Milan), 1965 (con el Inter), 1968 (frente al Manchester United), 1988 (con el PSV de Holanda) y en la Copa de la UEFA de 1983, ante el Anderlecht belga. Y ocurrió que Guttmann fue víctima de su propio hechizo cuando regresó al Benfica y permaneció allí entre 1965 y 1966. En los cuartos de final de la Copa de Europa, fue eliminado por el Manchester United por un apabullante 1-5 en Lisboa y 3-2 en la ciudad inglesa.

Cincuenta y un años después, y a las puertas de una nueva final de Copa UEFA, y cuando muchos seguidores pensaban y deseaban que la maldición de Guttmann llegara a su final, teniendo como escenario de la confrontación el mismo estadio de Manchester, en donde el Benfica se coronó campeón en 1962, sucedió que la condena del húngaro estaba más viva que nunca. En los últimos segundos del tiempo de adición, el Chelsea se dio la mano con Bela y les recordó a los lisboetas que de nada sirvieron rezos, invocaciones y exorcismos, además de las flores que años atrás llevó Eusebio a su tumba en Viena para que los dejara en paz. Paradójicamente, y sin cargo de conciencia alguno, Guttmann duerme tranquilo.

Garabato y Villanueva

Estos dos nombres corresponden a sendas maldiciones que se abatieron, en periodos diferentes, sobre el América de Cali y el Deportivo Independiente Medellín. El apodo Garabato era el del odontólogo Benjamín Urrea Monsalve, fallecido en 2008 a los 94 años de edad. De él se dice que en 1948, a las puertas del comienzo del fútbol profesional, se opuso a que La Mechita fuera inscrita para ese torneo, pues consideraba que el equipo debía seguir siendo aficionado. Al ser derrotado por la mayoría, Benjamín sentenció que el América nunca sería campeón. Su maldición tuvo vigencia hasta 1979, cuando con Gabriel Ochoa Uribe a la cabeza ganó su primer título. Sin embargo, en el plano internacional la sombra de la maldición continúa haciendo estragos: en 1985, 86, 87 y 96, Los diablos rojos se quedaron con el subcampeonato de la Copa Libertadores de América, situación que se mantiene hasta la fecha.

En el caso del Deportivo Independiente Medellín, el fenómeno de la maldición es necesario relacionarlo con el nombre de Artemio Villanueva, uno de los íconos sagrados de Cerro Porteño. Fiel a la tradición paraguaya de producir grandes atajadores, Villanueva fue figura en la década del 60 y llegó a ser titular 21 veces de la selección guaraní, luego de lo cual fue contratado en 1973 por El Poderoso de la capital antioqueña.

Pero su rendimiento fue deficiente, a pesar del tercer lugar del Finalización; el DIM se quedó por fuera de la definición del título; situación similar ocurrió en el año siguiente, razón por la cual Artemio fue licenciado. Ante tal decisión, y sumado al hecho de que le quedaron debiendo plata, su esposa Liduvina, definida por algunos como una mujer mística y con fama de hechicera, maldijo al rojo Poderoso. A comienzos del siglo XXI, la familia Villanueva recibió la visita de unos delegados del Medellín, quienes fueron a pedirle a Liduvina que acabase la maldición, petición que la mujer aceptó. En 2002 se acabaron 45 años de maldición; y como para no dejar la más mínima duda, El Poderoso sumó luego los títulos de 2004 y 2009.

Equipos como Quilmes y Racing de Argentina, también sufrieron sus propias maldiciones: los directivos del primero no le pagaron a una bruja que celebró un exorcismo en 1994 contra Gimnasia y Esgrima de Jujuy y ayudarle así a subir a primera. Por el incumplimiento, la hechicera proyectó la maldición contra Quilmes y el equipo cervecero no pudo ascender. Las tres oportunidades posteriores de volver a la primera división, le fueron adversas a Quilmes. 

Ante tal situación, los hinchas obligaron a los directivos a volver a la ciudad de Chascomús, donde vivía Dora la bruja, pero esta falleció. Como para calmar su conciencia, los dirigentes de Quilmes depositaron una valiosa corona floral en la tumba de Dora, pero el equipo continuaba en segunda división. 

En 2003, un hincha de Quilmes le puso el nombre de Dora a su hija recién nacida, buscando que, desde el más allá, la bruja se compadeciera de su triste situación. Y parece que la mujer escuchó las súplicas del afligido torcedor del club cervecero, cuyo patrocinador, entre otras cosas, se ha dado el lujo de que equipos como Boca Juniors y River Plate, luzcan el logo de la empresa en sus camisetas: en 2004, Quilmes regresó a primera división. 

Benfica, América y Medellín, los tres unidos por el rojo y la maldición que los ha acompañado en amplios tramos de su historia, han enfrentado momentos cruciales pero diferentes: el primero, tratando de alejar hoy el casi legendario fantasma de Guttmann; el segundo, buscando volver a la primera división, hasta que lo alcanzó; y el tercero, enfrentando con estoicismo, como de costumbre, las secuelas de su temprana exclusión del primer torneo de 2019. Gane o pierda, eliminado o clasificado, el Poderoso estará siempre luchando contra el brujo que tiene dentro de sí porque está más allá de su ser. La única conclusión posible ante la suerte de estos tres oncenos rojos, es que cada quien deberá buscar la fórmula creadora para exorcizar sus propios espantos.

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Gonzalo Medina Pérez

Cultura

Las maldiciones en el fútbol: De Guttmann a Garabato

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