Las memorias de Carlos Holmes Trujillo

En esta nueva entrega de Historias de vida, presentamos un texto escrito por el nuevo ministro de defensa del gobierno Duque. Sus estudios en el exterior y sus primeros cargos públicos son narrados en este capítulo.

Carlos Holmes Trujillo, excanciller y, ahora, ministro de defensa del gobierno de Iván Duque.Cortesía

En el relacionamiento con la gente, que es fundamental para cualquier ser humano y que naturalmente lo es para alguien que está en la vida pública, aplico y tengo como guía un pensamiento de mi abuela:

— Mijo, la gente no habla con lo que dice sino con lo que hace. Escuche mucho, pero tenga presente más que lo que dicen, lo que están haciendo, porque ahí está la verdad.

Afortunadamente en mi caso, lo que hago corresponde con lo que digo.

Provengo de una familia originalmente humilde en la que mis padres fueron creciendo gracias a su esfuerzo, mi padre como abogado y luego como protagonista de la vida pública y mi madre dedicada a su hogar y a acompañar a mi padre en sus tareas.

Mi mayor recuerdo de niño es que al regresar del colegio, cuando tocaba a la puerta de la casa, mi mamá me recibía, pues siempre estaba esperando a que llegara y pendiente de cómo me podía ayudar y contribuir al buen éxito de las tareas, porque ella, además, fue institutriz. Así que mi madre siempre respaldó mi esfuerzo aunque no todo eran sonrisas pues también estaba para regañarme.

Mi infancia fue muy alegre, fui juicioso y muy pilo, viví muy pendiente de las cosas quizás por el ambiente en que crecí que prestaba especial atención a los temas públicos y, naturalmente, ahí surgió una vocación que se fue consolidando a lo largo de los años. Pasé mucho tiempo en la biblioteca de mi papá, oyendo las conversaciones de él con sus amigos, especialmente sobre política y derecho penal internacional. En ellas se tenía una visión global.

Si bien el entorno tuvo una gran influencia en lo que ha sido mi desarrollo personal y profesional posterior, no me aislaba de los míos, pues disfruté en alegría con mis compañeros, jugué fútbol, y los juegos de entonces que integraban tanto, por ejemplo, con tapas de Coca Cola haciendo la vuelta a Colombia; esos juegos implicaban estar con los amigos y no en la soledad de las tabletas de hoy cuando hay compañía aparente pero, en realidad, mucha soledad. Conservo mis amigos de infancia y tengo una relación muy estrecha con muchos de ellos.

Estudié en dos colegios, originalmente y, por pocos años, en Cartago y, luego, en el Franciscano en Cali, del que me gradué. Hoy, precisamente, estoy recibiendo mensajes de mis compañeros porque estamos programando reunirnos a raíz del aniversario número 50 en el año de 1968, que fue muy importante, pues lo vivimos en medio de grandes debates ideológicos de la época, debates que también han desaparecido infortunadamente.

Uno de estos condujo a que se pusiera en entre dicho la presidencia del general Gustavo Rojas Pinilla, lo que se conoció como las movilizaciones de 1968. Todo eso dio lugar al nacimiento de un hombre emblemático, que es Daniel Valois Arce y, más allá, fue la presentación ante el mundo de la capacidad de los jóvenes para ponerle fin al gobierno de un hombre de primera línea, un hombre distinguido, respetado, que simbolizaba la jerarquía del poder ejecutivo en Francia y que se convertía adicionalmente en un punto de referencia de mucha organización democrática y ejecutiva en el mundo entero. Fue un año simbólico que, con posterioridad y en lo que tiene que ver conmigo, se trasladó en forma de ambiente universitario porque me fui a estudiar a una universidad pública, a la del Cauca en Popayán.

Eso dio lugar a que mis años de estudiante de derecho tuvieran lugar en lo que tiene que ver con lo político en medio de un gran debate entre dos corrientes de pensamiento. Eso hoy tampoco es tan claro porque las circunstancias han cambiado, pues el funcionamiento democrático es distinto y porque las posibilidades del ciudadano actual, a raíz del desarrollo de la ciencia, la tecnología y las comunicaciones, crean realidades sociológicas, psicológicas y vitales, que son nuevas y que cambian por completo la manera en que el ciudadano de hoy reacciona.

Cuando estaba en el colegio fui presidente de la Asociación de Debates Intercolegiales, presentaba a las grandes figuras públicas que nos visitaban y, mi gran aspiración cuando terminé bachillerato, era ser el orador en nombre de mis compañeros el día de la ceremonia, entonces el rector del colegio lo sometió a votación y gané.

Comencé a construir una vocación que ha seguido la misma línea, no sé si nací con ella, no sé si la construcción fue tan fuerte que me permitió caminar a lo largo de la vida en el mismo camino. Siempre soñé con lo público y eso lo he satisfecho, pero inicialmente pensé en ser un gran abogado penalista, lo que viene del ejemplo de mi papá. Los penalistas de esa época eran distintos a los de hoy, porque entonces existía la institución del jurado de consciencia y las audiencias públicas, eran exactamente eso, abiertas al público en todas las ciudades de Colombia para efecto de que la ciudadanía tuviera la posibilidad de escuchar los debates jurídicos sobre casos de mucho impacto en la vida local y daban lugar a que los penalistas destacados llegaran a tener una gran respetabilidad en sus respectivas regiones y en sus respectivos ambientes. Al final, eran unos representantes de la sociedad que después de escuchar los argumentos, de unos y otros, tomaban una determinación con respecto a los niveles de responsabilidad de la persona que estaba siendo juzgada o en relación con la inocencia probada a través de los argumentos.

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Yo quería eso. Logré hacerlo muy muchacho cuando terminé la carrera pero luego empecé a pensar en una carrera política de alto vuelo y llegué a la conclusión de que había que saber economía. Uno no podía aspirar responsablemente a dirigir los destinos de la sociedad si no tenía otras herramientas necesarias para efecto de adelantar una acción responsable. Eso me llevó a irme al Japón a estudiar economía internacional y hoy tengo una maestría en negocios internacionales en la Universidad de Sofía de Tokio. Ahí viene la desviación de un ejercicio profesional como penalista, que era mi orientación inicial, pues pasé luego al tema de una formación económica para efecto de completar lo que yo consideraba que era indispensable a fin de adelantar una tarea responsable en términos sociales.

El título que daban las universidades en aquel entonces, específicamente la Universidad del Cauca, era el de doctor en derecho y ciencias políticas y sociales, de manera que no existía diferenciación entre lo jurídico, lo político y lo social sino que se consideraba como una tarea académica integral. La Universidad en realidad no la escogí yo, sino que la escogieron mi papá y mi mamá, pues era una época en la cual los niveles de relación entre los padres tenían características distintas a las de hoy. Mis padres prefirieron tenerme más cerca de Cali que soltarme sólo en Bogotá lo que para mí fue una delicia porque me iba todos los fines de semana para Cali.

Con los números me fue mal, realmente muy mal. Le voy a contar esto: cuando decidí que tenía que estudiar economía escribí al London School of Economics pues mi aspiración era hacer una maestría; ellos me contestaron diciendo: “Estupendo que usted quiera estudiar con nosotros, pero no se le olvide que usted es abogado y aquí lo que le ofrecemos es una maestría en economía”. Eso para mi fue una frustración en su momento pero me dije: en otra oportunidad lo hago.

Mi papá fue embajador en el Japón siendo yo estudiante de la Universidad, así que viajé en el año 71. En ese momento el Japón crecía a unas tasas monumentales, 9%, 10%, 12%… Era la estrella nueva de la economía internacional, todo el mundo le ponía atención a las prácticas de ese país, al empleo vitalicio, al manejo de inventarios, a la relación laboral, a la falta de contrato escrito que era lo que más interés suscitaba. Estando allá supe que eso era lo que había que hacer.

Regresé a Colombia, me gradué, empecé a ejercer mi profesión con éxito, nombraron a mi papá como embajador en la República Democrática Alemana, así que me fui un tiempo para allá, luego resolví regresar pues tenía el asunto de la especialización en materias económicas pendiente. Un día, una vecina me entregó un recorte de periódico de El País de Cali, que daba cuenta de unas becas que estaba ofreciendo el gobierno de Japón, llamé inmediatamente a la Embajada para pedir los requisitos, tenía que presentar una entrevista y todo vencía al día siguiente a las diez de la mañana. Estamos hablando del día anterior cinco de la tarde. Pregunté:

— ¿Y no hay ninguna posibilidad de extender ese término debido a que yo estoy en Cali?

— No hay ninguna posibilidad.

Entonces, como no tenía opción de volar en ese momento, lo que hice fue subirme en el Simca que había comprado con mis primeros honorarios y venir a Bogotá manejando solo, y lo hice para poder llegar a tiempo a la Embajada que pisé a las 9:45 de la mañana del día siguiente. Nunca se me olvida que otra persona que ya había presentado su entrevista, me dijo:

— Se le está acabando el tiempo.

— A mí lo que me importa es que no se hayan acabado las becas. Le dije.

Y me la gané.

Primero me fui como becario del gobierno japonés, luego me vinculé a la embajada en un cargo administrativo menor, mi primer nombramiento fue auxiliar administrativo 4pA.

  • ¿Qué es eso?

Muchacha de servicio. (risas)

En verdad, porque esto fue lo que me pusieran a hacer: que vaya, que venga, que maneje el carro, que traiga el tinto, que espere a tal persona, que lleve al ministro que quiere comprarse una cámara, que saque la fotocopia, que escriba el informe. Si yo tenía que ser chofer lo era, además, en mi propio carro, recibía personajes, los llevaba y traía, los dejaba en el hotel, les organizaba los pasajes y los acompañaba a comprar cosas en los centros comerciales. Estando allá renunció el Cónsul y, como la única persona ahí cerquita era yo, entonces me nombraron en el cargo. Una suerte. La práctica normalmente se hace como funcionario diplomático encargado de funciones consularias, pero como estaba muy pelado, me nombraron tercer secretario de relaciones consulares, entonces de auxiliar administrativo 4pA pasé a tercer secretario y ejercí funciones consularias un buen tiempo.

Luego tuve la suerte de que después de un par de años renunció el embajador. Cuando un embajador renuncia, encargan al que esta inmediatamente después y ese era yo. Soy tan de buenas que ejercí como jefe de misión durante año y medio. Aprendí a ser embajador teniendo menos de treinta años porque el nuevo embajador se demoró año y medio en llegar.

Hubo además una cosa también afortunada para mí y es que yo trabajaba durante el día y por la noche me iba para la Universidad a estudiar el master en negocios internacionales, pero como mis profesores eran asesores de las principales grandes compañías japonesas, yo me convertí en una persona muy útil para el grupo de embajadores de toda América Latina y del Caribe por ser quien tenía los conocimientos más frescos de lo que estaba pasando. Yo escuchaba a los principales asesores de las grandes compañías en la visión internacional que ellos tenían, la evaluación que le hacían al tema de América Latina en el escenario de la economía global, de tal suerte que cuando ellos tenían que hacer algún informe o querían una presentación de trascendencia, pedían que yo la hiciera.

Naturalmente aproveché la oportunidad pero todo se dio por suerte acompañada de un sentido de responsabilidad clara y de unos deseos de salir adelante, de irme formando. Yo quería volver a mi país a hacer carrera, a participar en lo público.

Yo iba en tercer año de carrera cuando se da un problema muy fuerte en la Universidad, un cambio de pensum, así que hice dos años en uno. Decidí viajar por un año y lo hice con mi papá. En ese momento yo no hablaba inglés, y tuve que decidir qué aprender primero si ingles o japonés, elegí el ingles que estudié en el Foreign Language Institute, estando en Japón. El japonés que yo hablo es consecuencia de esta segunda oportunidad, cuando regreso como becario gracias a la beca que incluía un estudio de japonés en la Universidad de idiomas de Osaca.

Regresé a Colombia y me nombraron secretario de hacienda de Cali. Empecé a ejercer y, pasados siete meses en el cargo, me llamó el Carlos del Castillo, quien era presidente de Fedemetal gremio industrial que en ese momento era el más importante del país y que hoy es una cámara en la ANDI, y me dijo:

— Oye Carlos, ¿te interesa la vicepresidencia de Fedemetal?

— ¡Cómo que si me interesa! Claro que sí.

— ¿Quieres venir a Bogotá?

— Me voy mañana.

El trámite tenía alguna complejidad por las tareas propias de la Federación, entonces tuve que presentarme ante el Consejo Directivo a hacer una cita especial con su presidente. Viajé a Medellín y solamente después de ese recorrido fui aceptado y nombrado. Era el año 83, me instalé en Bogotá y permanecí por tres años en el cargo y, cuando iba a ser nombrado en la Presidencia, se dio la primera elección popular de alcaldes y decidí buscar la alcaldía de mi ciudad.

Empecé a trabajar con anticipación y de una manera muy directa con la gente, en los barrios, tocando puertas, poco a poco fui construyendo mi nombre y así me eligieron como el primer alcalde popular de Cali en una alcaldía que salió muy bien. Eso fue realmente importante porque el período era de apenas dos años, ahora es de cuatro, así que había que hacer buena tarea en la mitad del tiempo y responder a la expectativa tremenda que significaba para el país tener los primeros alcaldes elegidos popularmente. Ahora a la gente le importa menos pero en ese momento, cuando se inició el proceso, todos los ojos estaban puestos en los primeros alcaldes. El primero en Bogotá fue Pastrana, en Medellín Juan Gómez Martínez y el primero en Cali fui yo. Resolvimos fundar la Federación Colombiana de Municipios y llegó el momento en que había que elegir a su primer presidente, tuvimos la aspiración Andrés Pastrana y yo, y salí elegido.

Tengo unas historias de esa alcaldía que todavía se recuerdan. Puedo decirte que me descubrí a mí mismo en varias cosas:.

Durante la campaña, la capacidad de trato directo con la gente hizo que no descansara ni un segundo porque me comunicaba en forma directa con la ciudadanía; descubrí mi alto nivel de creatividad; la capacidad de ejecución y también que, en un país como el nuestro, para tener éxito en una gestión pública hay que ir mucho mas allá de lo material, que es limitado, en él el balance siempre es deficitario pues las necesidades son muchas y los recursos escasos. Si se trabaja en el área de relacionamiento con la gente, en la construcción de credibilidad, la que solamente se construye a raíz de ejecutorias concretas y rápidas sobre temas que se tengan muy identificados, se puede construir un escenario de ejecución satisfactorio para la comunidad. Eso fue lo que logré y le doy varios ejemplos:

Propuse la creación de los centros de atención al ciudadano, una tarea de desconcentración de la administración buscando acercarla a la gente. Cuando gané las elecciones pensé: “Bueno, tengo que proceder rápido y ponerle un nombre que sea atractivo y que genere un sentimiento de pertenencia”. Busqué nombres y, como había hablado de Centros de Atención al Ciudadano, se me ocurrió C A C A (dadas sus iniciales), pero esa vaina sonaba horrible; luego como había hablado de Centros Integrales de Atención, la sigla era CIA, pero no, eso resultaba peor porque después llegan los comunistas y me matan creyendo que le estoy haciendo un favor a los EU, entonces terminaba en tragedia esa vaina. Y dele y échele cabeza, hasta que se me ocurrió CALI por los Centros de Atención Local e Integral, dije: ¡Esa es! Entonces monté los CALI que siguen todavía, hay uno en cada comuna. Por eso la gente se acuerda todavía de esa alcaldía, que fue la primera, y ahí está pues quedó como una huella digital.

Luego viene el asunto de la credibilidad, era imperativo que pusieran a marchar eso rápido porque no teníamos sino dos años para hacerlo. Entonces le dije a la gente del gobierno:

— Señores hay que hacer el primer CALI rapidísimo.

— Es que no hay plata.

— ¿Quién está diciendo que se necesita plata para eso? Lo que tienen que hacer es buscar un espacio que ya exista, que esté disponible, que no se esté usando y ahí montamos el primero.

Entonces encontraron por ahí un comedor que había en una subestación de policía, y yo me fui para donde el comandante y le dije:

— Oiga, usted me va a tener que prestar esa vaina. Préstemelo por un rato mientras vemos, cuando venga el ejercicio presupuestal, cómo sacamos recursos para construir algo que tenga más permanencia.

Me lo prestaron y cada mes entregábamos uno, de manera que eso fue una tarea de cumplimiento permanente.

Luego me inventé la teoría de los problemas símbolo.

  • ¿Y eso qué es?

Así como usted reaccionó, lo hizo todo el gabinete cuando les dije (risas). Los problemas símbolo son aquellos problemas que la gente identifica y que no se han solucionado por falta de interés y por deficiencia del gobierno. Siempre hay unos temas en cada ciudad o en el país frente a los que la gente dice:

— No, pero si eso no lo van a arreglar pues lleva años así.

Propuse que hiciéramos una lista de esos problemas a ver cómo podíamos ir avanzando rápidamente. Llegamos a diez, pero me parecieron muchos porque necesitábamos arreglar una vaina en un mes, por lo que les transmití:

— ¡Que la lista sea de tres en esta primera etapa!

Luego debíamos ponerle un tiempo de solución:

— Seis meses (expresaron).

— ¡Cómo se les ocurre! Esa es la cuarta parte de un gobierno de dos años. No tenemos tiempo para eso. ¡Debemos arreglar el primero en un mes!

Y llegamos a un barrio, cerca de la plaza principal de la ciudad, al frente de la estación del policía, El Piloto, que llevaba años sin pavimentar. Entonces les dije:

— El Piloto es perfecto ¿En cuánto lo pavimentamos? Seis meses es mucho tiempo. Tres mucho. Esta vaina tiene que estar lista en un mes.

Y al mes se pavimentó. Y le pusimos una balita que decía:

— ¡Por fin!

Nos encargamos de que eso tuviera una gran difusión publicitaria y que la gente pasara por allá y dijera:

— Sí, por fin lo pavimentaron.

Eso fue creando la sensación de cumplimiento, de eficacia, de entrega, que es lo que permitió que esa alcaldía tuviera una gran calificación.

Al rededor de los CALI monté lo que se llamó el SUYO. Esto es suyo porque le está sirviendo a usted y, como es suyo, usted siente que le pertenece. SUYO es Servicio Unificado y Oportuno.

Le voy a poner unos ejemplos de ese rasgo de mi acción, de mi manera de ver lo público.

La prioridad es que la economía crezca rápidamente para que haya empleo, más empresa y equidad. Lo que se hace concertadamente. ¿Y cómo lo vamos a concertar? En el escenario del:

CRECER: Consejo para la Recuperación Empresarial y el Crecimiento Económico Rápido, en el que nos vamos a reunir para concertar lo que vamos a hacer y para crecer.

COSECHAR: Concertar Seguros, Estímulos y Créditos para que haya Rentabilidad. Es decir, es la definición de una política en el nombre del programa pero que se compadece con el programa.

GUATAPURÍ: Llegamos a Valledupar un día que había que presentar una vaina especial al Cesar y llevó por nombre Guatapurí por aquello de la Ganadería, Agricultura, Tecnología, Para Una Recuperación Inmediata.

CASA: Centros de Acción Solidaria Anti criminal. Es un programa de seguridad ciudadana en el que la solidaridad es fundamental para que haya seguridad. Trabajo conjunto entre la ciudadanía y las autoridades.

Asigné prioridades al crear condiciones para que la economía creciera mucho y rápidamente, pues, según mi visión, es la única manera de arreglar los problemas sociales. Un discurso social sin respaldo en la realidad es demagogia. Una tarea centrada exclusivamente en la función de lo privado es un privilegio. La única forma de que una sociedad arregle sus problemas, construya equidad y genere empleo, es mediante un crecimiento económico rápido: que haya más inversión, más empresa, más y mejor empleo. Por eso CRECER, porque la prioridad es que la economía crezca, pero hay que concertarlo, esto no se hace disparando sin objetivo claro, se logra poniéndose de acuerdo sobre cuáles son los sectores para poder definir la acción del gobierno a fin de favorecerlos.

  • ¿Qué sigue en su recorrido?

Después de la alcaldía, mi papá murió. Me faltaba mes y medio para terminar el período y cometí el error de renunciar, fue una cosa emocional. Venía un proceso político muy complejo: papá tenía una gran organización política de mucho liderazgo y dije:

— Esto hay que abordarlo de manera inmediata. Ya no falta si no mes y medio, ya todo está hecho.

En ese momento el error me costó. Pasado el tiempo la cosa se olvidó pero ahí aprendí que uno en un cargo de elección popular no debe renunciar nunca. Pero hubo una reivindicación bastante rápida por la siguiente razón. Cuando terminé, vino el proceso de elección presidencial, me retiré, apoyé a Gaviria, le dije que iba a renunciar para salir a apoyarlo a él. Entonces me dijo:

— Hombre, no tienes necesidad pero si lo haces te lo voy a agradecer.

Gaviria me nombró embajador de misiones especiales ante la Asamblea de Naciones Unidas que consistía en que nombraban una delegación pequeña de gente que no estaba en el servicio exterior pero que podía hacerle seguimiento a la Asamblea General. En ese momento Colombia era miembro no permanente de la institución más importante de Naciones Unidas, el corazón de la ONU, y casualmente en aquel año, Colombia era miembro no permanente. Me nombraron y al llegar le dije al embajador, Enrique Peñalosa Camero, que yo quería hacerle seguimiento de parte de Colombia al consejo de seguridad de la ONU.

Aprendí cómo negociar las resoluciones al más alto nivel; cómo tratar los temas de seguridad más importantes del mundo; cómo construir coaliciones internacionales; cómo tratar determinados temas de manera eficaz pero sin perder el lenguaje ni los canales diplomáticos. Eso, para mí, es de lo más importante que me ha pasado en la vida porque lo aprendí, no en la teoría sino en la práctica, viendo a la gente en los pasillos, oyendo las conversaciones de los embajadores y escuchando las intervenciones de los ministros. Fue una experiencia maravillosa y tuve la oportunidad de aprovecharla, además la vi clarísima desde un principio, me anticipé y le gané a mis otros compañeros de delegación.

Cuando estaba por terminar mi período, me llamaron a hablarme de la Asamblea Nacional Constituyente, era el año 91. Mis amigos me decían:

— No seas bruto, que te vas a meter en esa vaina, eso es perder la oportunidad de que llegues al Senado.

Naturalmente los amigos tenían la visión de senador, porque mi papá acababa de morir, había sido senador un tiempo y se oponía por completo a esa posibilidad. Yo me puse a echarle cabeza al tema, no lo tenía muy claro, la verdad, me pareció importante pero como estaba de por medio la posibilidad de una curul en el Senado bastante segura, pues las cavilaciones fueron fuertes. Pensaba en el costo político de mi renuncia.

Entonces me llamó Horacio Serpa y me dijo:

— Hombre, ¿por qué no te unes de segundo a la lista que vamos a presentar?

Yo era para ese entonces militante activo del partido liberal. Y le dije:

— Te agradezco en el alma eso, me honra mucho pero no acepto por esta razón y es que en una lista encabezada por ti, puedes llevar gente muy importante, amiga nuestra, que no tiene ninguna posibilidad de ser elegido solo. Si yo me presento yo gano solo, y nos ganamos una curul.

Llamé a Gaviria y le dije:

— Presidente, yo le estoy echando cabeza a esta vaina pero entenderá que no la tengo clara porque la decisión no es fácil.

Gaviria me dijo:

— Mire Carlos, si usted acepta se lo voy a agradecer en el alma.

Renuncié, me inscribí en el Consulado de Colombia de NY, regresé al país, hice una campaña de un mes y me eligieron miembro de la Asamblea Nacional Constituyente.

Estas #MemoriasConversadas están en construcción.

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Isabel López Giraldo

Cultura

Las memorias de Carlos Holmes Trujillo

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