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Las moneditas de oro, por Evelio Rosero

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Editorial Norma publica el libro “Colección Torre 30 años”, oportunidad para leer un cuento de la edición conmemorativa.

Pascualito Contento era dueño del “Café Pascualito”. Servía un delicioso café negro, en tazas de barro. Pero su especialidad eran las arepas de maíz, horneadas a fuego lento, calientes y amarillas. No había parroquiano que no se detuviera a comer una y dos y hasta tres arepas de maíz.

Un día, después de mucho trabajo, Pascualito decidió irse de paseo a un vecino país: no quería volverse viejo sin conocer, al menos, ese país, donde existían las ruinas de un imperio, en medio de montañas colosales, cuyas puntas nevadas rasgaban las nubes.

Pascualito caminó varias jornadas, alojándose en tierras sin dueño, durmiendo a la intemperie. Y al fin llegó ante las puertas del país. Una sorpresa lo aguardaba: los del país le dijeron que en su tierra solo valían las moneditas de oro. Tendría que comprar moneditas de oro, si deseaba continuar. Y descubrió, desalentado, después de comprarlas, que sus ahorros se habían convertido en solo unas cuantas moneditas de oro; eso sí, eran unas bellas moneditas de oro, redondas y perfectas como pequeños soles helados.

Empezaba a sentir sed, y pidió un vaso de agua.

—Cuesta una monedita de oro —le dijeron.

Pascualito tenía tanta sed que pagó. Lo mejor que podía hacer, antes de que se acabaran sus moneditas de oro, era seguir el camino hasta el pequeño poblado, cercano a las ruinas que tanto deseaba conocer.

Pero todavía tuvo que pagar diez moneditas de oro por un plato de arroz sin pollo.

Seis moneditas por un gorro para el frío.

Y quince por un par de zapatos, porque sus viejos zapatos se habían roto, de tanto caminar.

De modo que cuando llegó al pequeño poblado, a las orillas del antiguo imperio, no le quedaban sino muy pocas moneditas, y, lo que era peor, ya la fatiga lo atormentaba: sus piernas temblaban, su corazón desfallecía.

En el parque se sentó en una banca de piedra, para decidir qué hacer, cómo seguir, con todo y su cansancio a cuestas. Petro los cobradores del país, muy disgustados, le cobraron tres moneditas de oro por sentarse en el parque, y tres más por sentarse sin preguntar primero cuánto costaba sentarse.

Pascualito tuvo que pagar.

Y empezaba a maravillarse:

Por un suspiro le cobraron una monedita de oro.

Por dos suspiros dos moneditas de oro.

Por tres suspiros seis moneditas, ya que eran demasiados suspiros.

Dos moneditas por hablar solo, en voz alta, y seis más por sonreírle a una gallina que pasaba.

Diez por soplar una flauta que se encontró en la calle.

Seis por una carcajada que arrojó cuando le dijeron que costaba tres moneditas de oro rascarse la nariz.

Le cobraron por mirar y por no mirar, por tocar y por no tocar.

—Y eso que solamente le cobramos la mitad —le dijeron—. Usted nos cae bien.

Pascualito empezó a preocuparse. A ese paso, quién sabe si lograría alimentarse, o beber agua. Pero estaba tan cerca de las ruinas del imperio que decidió continuar. No se atrevía a revisar en su bolsillo cuántas moneditas de oro le quedaban. Y echó a caminar por las montañas, en dirección a las ruinas. La niebla y el frío lo reanimaron. Bebió agua de un río ancho y caudaloso, creyéndose solo, pero en eso aparecieron los cobradores a exigir diez moneditas de oro —por beber de las aguas del río, sin permiso.

Pascualito Contento no lo podía creer, y pagó.

En la mañana llegó por fin ante las ruinas del imperio. Casi no lograba caminar, sus rodillas se doblaban, la sed y el hambre lo debilitaban. Vio que un horrible muro de ladrillo rodeaba y ocultaba las ruinas del imperio. Detrás de una ventanilla, junto a la puerta giratoria por donde entraban los turistas, un encargado le explicó que debería pagar 20 moneditas de oro por conocer las ruinas.

Pascualito contó desesperado las últimas moneditas que le quedaban: eran 20 moneditas, para su suerte, y las entregó. Se encontraba ante las puertas de su destino, las fabulosas ruinas del imperio.

Al cruzar el muro de ladrillo, Pascualito se deslumbró. Allí estaban las ruinas, eran como luces entre laberintos: todo un pueblo de casitas de piedra, en la cima de una inmensa montaña, ante el abismo. Lo rodeaban otras montañas, tan altas como nubes.

Una alfombra de espigas amarillas engalanaba la orilla de los senderos de piedra; blancas terrazas y largas escalinatas se dispersaban en la montaña, todas las ruinas fulgían bañadas por el sol; era deslumbrador: la antigua civilización había dispuesto sus casas y fortalezas en lo más alto de la montaña, de manera que el sol las calentaba permanentemente durante el día.

Pascualito caminó penosamente por entre las ruinas, pues se sentía desfallecer, y temía que llegaran ahora los cobradores, a cobrarle por su cansancio, justo cuando ya no tenía una sola monedita de oro para pagar.

Tropezando, se apartó de los demás turistas y se introdujo en una de esas sombreadas pero cálidas casuchas de piedra. Allí encontró un rincón en la tierra, oscuro y tibio como un lecho, y se quedó profundamente dormido.

Un sueño espeso y solemne lo separó del mundo.

Soñó —o creyó soñar— que despertaba. Que ya no existía el muro de ladrillo en torno a las ruinas. Se asomó y lo comprobó: no había un solo turista alrededor. Las ruinas no parecían ruinas. No era un pueblo vacío.

El pueblo entero estaba vivo.

Cerca de él, una familia de hombres y mujeres charlaba sentada alrededor de una gran olla de barro, que hervía.

En todas partes, hombres y niños y mujeres, muy distintos a los que había conocido (con otra vestimenta, con otra mirada), deambulaban tranquilos, algunos en sus respectivos quehaceres; otros solamente paseaban, de montaña en montaña, y se les veía como hormigas en la distancia. El humo de las hogueras cruzaba el límpido cielo. Muy abajo se veía el río, puro. Era todavía un río sagrado.

Pascualito quiso saludar; pero no le era posible pronunciar palabra, debido a la sed que resecaba sus labios. En vano pretendió sonreír: del hambre que sentía, su estómago se había tragado su risa, que era lo último que le quedaba.

Entonces los hombres y mujeres lo saludaron como si ya lo conocieran. Pascualito oyó sus voces, los entendió. Y le ofrecieron una vasija de agua, que Pascualito bebió, desfallecido. Después le presentaron toda suerte de exquisitos manjares, que él se comió de un tirón, y siguió comiendo mucho más.

Bebió con los hombres de un néctar refrescante y amarillo, y luego bailó, cada vez que las mujeres lo convidaron. Pero al final del baile recordó las moneditas de oro, y se aterró. ¿Qué haría? No tenía una sola monedita de oro.

Nadie, sin embargo, le pidió una sola monedita de oro.

Más bien lo alentaron a que repitiera, baile, comida y bebida.

Y le indicaron un alto y estrecho sendero entre montañas, por el que le sería muy fácil volver a su país, bailando.

—Solo tiene que bailar —le dijeron—. Es más divertido que caminar.

Era un camino de piedras blancas y pulidas, que Pascualito nunca imaginó que existiera.

Cuando despertó ya era tarde. Los últimos turistas abandonaban las ruinas del imperio. Pascualito se refregaba los ojos: había soñado, pero no sentía hambre, ni sed. Tenía fuerzas para echarse a caminar, o bailar.

Y, bailando, Pascualito Contento hizo muy contento su viaje de regreso.

Pero todavía le aguardaba una desagradable sorpresa: recibió en su casa una carta de los cobradores de aquel país. Le exigían el pago de 200 moneditas de oro, porque lo vieron bailando en las mismísimas ruinas del imperio, una ofensa imperdonable.

Pascualito Contento ya no lo pudo creer. Su descontento fue tanto que se echó a reír.

Y se dio a la tarea de hornear diminutas arepas de maíz. Fueron 200, las más deliciosas arepas que había horneado en toda su vida. Doscientas arepitas, amarillas y calientes como el sol. Las empacó cuidadosamente, para que no perdieran su calor, y las envió por correo.

Los cobradores abrieron el paquete y se indignaron al descubrir que en lugar de moneditas de oro Pascualito Contento había tenido la ocurrencia de enviar doscientas arepitas de maíz.

—¿Qué burla es esta? —se enfurecieron.

Pero las arepitas se veían tan tibias y blandas aún, y olían tan sabroso, a queso derretido, a maíz horneado, que los cobradores se miraron entre sí, y empezaron a comer y a comer, encantados. Parecían hechizados de alegría. Hasta bailaron. Y volvieron a escribir a Pascualito, pidiéndole más y más arepitas de maíz, en lugar de monedas de oro.

Pascualito Contento nunca les contestó.

* Escritor colombiano, autor de novelas como “Los ejércitos”. El cuento se publica con autorización del autor y de Editorial Norma.

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