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Las mujeres de Carlos Pizarro

Este es un testimonio de la mujer con la que Carlos Pizarro compartió ideales, recuerdos y musas. Su vínculo refleja el carisma que el líder del M-19 tuvo con su entorno.

Carlos Pizarro y su hija, María José Pizarro, en La Habana, Cuba.Archivo

Nací en una familia conservadora, aunque no fueran del Partido Conservador. Me casé a escondidas por la Iglesia con mi primer esposo, siendo menor de edad. Viajé a Nueva York. La gente con la que yo trabajaba, todos eran artistas. Me involucré con ellos. Fui a las marchas, a los conciertos de Central Park. Peleé en contra de la injusticia. En Estados Unidos empecé a involucrarme en el activismo. Me devolví a Colombia. Al llegar a Bogotá entré a trabajar en el sector textil. Acá tuve la oportunidad de vincularme al sector obrero. La empresa no tenía sindicato. Lo creamos, apoyado un tiempo después por el M-19.

Mi excuñada me llevó a una fiesta formal, elegante. De lejos vi al único hombre que me llamaba la atención. Ella lo llamó y lo presentó. Bailé con él, hablamos y al final terminamos saliendo. Su nombre: Carlos Pizarro Leongómez. Empezamos a salir, a charlar, a hablar de la vida.
Al principio era muy chistoso porque me decía que su familia era de gitanos y que él trabajaba vendiendo libros. En ese momento yo no sabía que él había desertado de las Farc. Nos veíamos muy seguido, pero a Carlos le parecía muy aburridor dejarme casi todas las noches en mi casa después de las 24:00. Me fui a vivir con él.
Cuando empecé a saber sobre el Eme quise pertenecer. Le comenté a Carlos, pero él no estaba de acuerdo. Cómo iba a dejar a mi hija sola, no podía sacrificarla. Luego de varios intentos fallidos de convencerlo, decidí hablar directamente con Álvaro Fayad, quien era en ese momento el comandante en jefe.
Le conté a Álvaro que quería pertenecer al M-19. Él estuvo de acuerdo, me indicó a que célula debía pertenecer. Carlos, al estar en los altos comandos, se enteró de mi participación. Seguía en desacuerdo, con los mismos argumentos.
Al trabajar en el sindicato de la empresa, mi papel en el Eme era averiguar las direcciones de mis compañeros, en las noches ir a sus casas y por debajo de las puertas dejarles panfletos del M-19. Al otro día, en el trabajo, debía estar pendiente de sus comentarios y así saber a quiénes les interesaba ser parte de la organización.

Después del robo de las armas del Cantón Norte hubo una arremetida muy fuerte en Bogotá. El Eme perdió dos estructuras de las tres que había. Las más importantes. Por una persecución terrible, donde hasta García Márquez salió exiliado del país. Una persecución directa contra la izquierda. Las calles de Bogotá estaban llenas de militares. Yo no podía seguir así. Menos con dos hijas a bordo, así que busqué la manera de dejárselas a mi mamá. Lo logré. Carlos estaba por Santander, con otros compañeros, así que viajé hacía allá.

El M-19 se estaba organizando. Ellos estaban trabajando con el pueblo santandereano. Nos quedamos en una casa, llamada Tonogales. Las personas todavía van a visitarla, a mirar y rebuscar entre la historia los huecos que las balas dejaron en las paredes. Entregué mi guardia faltando un cuarto para las cinco de la mañana. Entré a la cocina. Me estaba sirviendo un café cuando, de la nada, un disparo. Los disparos no paraban. No teníamos con qué defendernos. Alguien tenía que salir con un pañuelo blanco. Decidí salir.

Un general dio la orden de mandarnos en el helicóptero a Carlos y a mí. Carlos me dijo sin voz: Cimitarra. Él ya sabía para dónde nos llevaban. Vendados y amarrados nos metieron en calabozos diferentes, en el campamento militar de Cimitarra.
Pasaron muchos días allá. Interrogatorio. Tortura. Interrogatorio. Tortura. Una y otra vez. Muchas veces bajo el sol y el calor agobiante de allá. Yo estaba sola. No sabía si Carlos estaba vivo. Curiosamente, cuando me dejaban al sol, los soldados me decían que no soltara información.

Estuve tres años en la cárcel. Supe de Carlos porque cartas venían, cartas iban. Las primeras cartas que me mandó las escribió Israel, su compañero de celda. Carlos, torturado, no podía hacer nada, así que le dictaba a Israel. Pizarro estaba en La Picota. Cuando salí de la cárcel viajé a Bogotá. Lo primero que hice fue ir a visitarlo. Cuando llegué, me miró. Se paró. Nos abrazamos por un largo tiempo. Lloramos. Lloramos. Y lloramos. No era un sueño.
Empezaron a pasar cada vez más cosas. Me fui con María José, mi segunda hija, a Ecuador. Carlos me buscó. Me dijo que llevaba dos años sin saber de mí. Nosotros terminamos por otra relación que él tenía. Nos vimos en Bogotá. Hablamos. Me contó que estaba decidido a hacer la paz con el Gobierno. Volví a Bogotá. María José entró al Liceo Francés.

Carlos logró un acuerdo de paz con el Gobierno. Se lanzó a la Presidencia. Andaba escoltado. Nunca utilizó chaleco antibalas; decía que sí lo iban a matar, le disparaban a la cabeza.

Me llamó un compañero. Me dijo que Carlos estaba herido. Salí derecho al colegio de María José. Cuando iba entrando escuché claramente en la radio: Carlos Pizarro ha muerto. No lo creía. Le pedí al rector que la llamara, que tenía que irme con ella urgente. Cuando la vi, le dije de una: A tu papá lo acaban de matar. María José empezó a pegarle puños a la pared. A gritar: Mi papá no.

Mi papá no. Mi papá no.

Después de este magnicidio quedé muda. No pude volver a hablar de él, de mí, de nosotros.

María José se fue a vivir a Barcelona, ya siendo mayor de edad. En un viaje que hice para visitarla le llevé todas las fotos, documentos, recortes, cartas que habían quedado de esa época. Se las di. Le dije: Esta es tu historia. Léela, apréndetela y trabaja con esto.
Nunca pensé que volvería a tener un familiar tan cercano en la política. María José es congresista para la Cámara de Representantes. Carlos estaría orgulloso de su hija. Creé mi propia empresa de café. Es un café muy rico, por cierto. Acompaño a mi hija en lo que puedo. Cuido a mis nietas. Estoy tranquila. Tranquila y feliz.

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Laura Valeria López Guzmán

Cultura

Las mujeres de Carlos Pizarro

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