Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín

Las palabras elementales

Los poetas Fredy Chicangana y Vito Apüshana estarán en la 11ª Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín conversando sobre la fuerza de la palabra ancestral. La poeta Manuela Gómez se acercó a la obra de estos dos maestros.

Vito Apüshana y Fredy Chicangana .Cortesía

Uno

Quizás en alguna parte un hombre habla con una luciérnaga. La noche ya se ha puesto sobre la selva y el fuego y la lluvia tienen voces pequeñas pero para él perceptibles. Por qué no, si es el mismo hombre sentado junto a la hoguera que cierra los ojos para escuchar a sus muertos, el que sabe además, el lugar preciso dónde anidan los pájaros y conoce las ramas, los palos secos, el barro con que se creó esa miniatura que no dura para siempre. El hombre se llama Vito Apushana nació en La Guajira, se llama Fredy Chicangana, nació en el Cauca.

Ese hombre es a su vez todos los hombres.
Quién no le ha confiado sus deseos a las luciérnagas.

“Nosotros sabemos que el día tiene un huequito, donde se sostiene el mundo, ahí ponemos nuestros oídos y escuchamos los latidos”. Es la voz de Vito, atenta al “licor corporal de la selva precisa”. “Entonces vino la hormiga, el grillo, el pájaro de la noche, la serpiente de los pajonales”. Fredy enumera, ordena su propio universo y no se cansa de mirar porque sabe que la poesía está en todas las cosas y “es una de las formas más bellas para poder respirar en esta tierra”. El poeta Vito “viaja como la flor de la tuna sobre la tierra”, “inventando el aliento, el suspiro en medio de la arcilla, la hierba y las hormigas”.

Seguramente, Vito Apushana y Fredy Chicangana comulgan con Whitman cuando escribe: “Cualquier insecto es una explicación”.

Dos

“La poesía es como la mochila de la abuela que contiene lo esencial: los recuerdos, las locuras, los signos del amor, las quejas, los botones de violetas entre un cuaderno…”, cuenta Fredy, que escribe junto a sus hermanos yanacunas, agachando la cabeza a la altura del corazón para agradecerles, chasqueando los dedos y masticando coca. Los primeros minutos de sus poemas vienen con las palabras del quechua, su lengua propia. Pero luego, él las lleva, las teje en castellano. “Ejercito una relación de lo que llamamos en lengua Runa Shimi, ser Chaka, hago un puente entre el campo y la ciudad. En ocasiones canto, vivo y escribo desde el campo y en otras, canto, escribo y sobrevivo desde la ciudad. Creo que son dos espacios que no se quieren pero se necesitan”.

Una vez Chicangana levantó la mirada mientras leía y se encontró con una escena tras su ventana, diez, quizás once de sus hermanos indígenas abandonaban sus casas con sus hijos entre los brazos. Salió entonces de su casa para ver más cerca, para entender. Pero aparecieron unos ancianos vestidos de colores y le dijeron: “siéntese y escriba”. “Y bueno, ahí está aquel poema Puñado de tierra”:

“Me entregaron un puñado de tierra para que ahí viviera
toma lombriz de tierra me dijeron:
ahí cultivarás, ahí criarás a tus hijos,
ahí masticarás tu bendito maíz
entonces tome ese puñado de tierra
lo cerque de piedras para que el agua no me
lo desvaneciera
lo guardé en el cuenco de mi mano, lo calenté
lo acaricié y empecé a labrarlo…
Todos los días le cantaba a ese puñado de tierra
entonces vino la hormiga, el grillo, el pájaro de la noche
la serpiente de los pajonales y
ellos quisieron servirse de ese puñado de tierra
quité el cerco y a cada uno les di su parte
me quedé nuevamente solo
con el cuenco de mi mano vacío
cerré entonces la mano, la hice puño y decidí pelear
por aquello que otros nos arrebataron”.

“Las poesías eran así: sencillas, hechas con nada. Hechas con las cosas que se veían”, dijo la autora italiana Natalia Ginzburg acerca de los poemas que escribía en vacaciones junto a sus hermanos. “Hay poesía cuando coinciden lo claro y lo hondo”, escribe Diana Bellessi otra autora, pero argentina. Lo que Vito y Fredy miran, lo que Vito y Fredy encuentran: “el brillo de las aguas”, “la canción de la luna sobre los hombres”, “el canto-aullido de los pájaros monos”, “el granizo entre las hojas del árbol”, “algún enamorado/ solo bajo la luz de la luna”, “la pluma del tucán”, “las tercas raíces que esquivan la muerte”.

Tres

Fredy nació en 1964 y para sus hermanos yanacunas su nombre es Wiñay Mallki, quiere decir “raíz que permanece en el tiempo”. Mallki conserva de su infancia el sonido del viento, de la flauta y los tambores, el olor de la hierba en la tierra caliente, el olor del barro y de la montaña, de la chicha y la coca. La vida de sus primeros años lo acompaña si duerme, si camina, si canta, si escribe: “La palabra me viene desde los ojos de mi madre a la orilla del horno de hacer pan”.  

Vito Apusahana también es Miguel Ángel López, nació en 1965 y creció entre “canelos y copihues”. Las copihues son flores rojas parecidas a campanas y polinizadas por colibríes. Vito confiesa que experimenta la poesía en momentos de suma calma, porque solo así llega esa revelación llamada belleza, que aparece incluso en escenas cruciales como esta: “Yo soy la calma de mi abuelo Anapure que murió sonriente”.

Dos poetas de la selva y del desierto, a veces de la ciudad, siempre de la tierra. Dos hombres que escriben para sus taitas, sus muertos, para los micos mochileros y las niñas que viven dentro de las gotas de agua. Que cultivan sus propias palabras en los caminos de polvo y de humo, que conocen los pájaros de la noche y las serpientes del río, que escriben también versos de amor, aunque estos sean los más difíciles: “Entrada la noche sucedió un sueño en mí/ lleno de mujeres aves: estaba jierü-witush, la mujer-azulejo, tejiendo con todos los colores del tiempo; jierü -wawaachi, la mujer-tórtola, llamaba a sus hijos: a partir de entonces he venido descubriendo las plumas ocultas de las mujeres que nos abrigan”. Vito cree en sus sueños a Chicangana lo leemos así: “Y solitario en el mundo/me aferro a tu aroma de aromáticas hierbas”.

La poesía es el hilo subterráneo que reúne todas las manifestaciones del arte y se encuentra en la vida, no lejos sino cerca. Al leer a Vito, al leer a Fredy tenemos la selva precisa delante. Somos tal vez esa selva. Ya lo sabía Whitman: “¿Creías que esas líneas verticales son las palabras? ¿Esas curvas, esos ángulos, esos puntos? No. Esas no son las palabras, las palabras elementales están en la tierra y en el mar, están en el aire, están en ti”.