Las suntuosas ediciones de la obra de Cortázar que él mismo profetizó

La edición suntuosa de Rayuela, presentada en el Congreso de la Lengua de Córdoba, había sido profetizada de alguna manera por Julio Cortázar en una carta a un amigo de Mendoza. 

Imagen de la portada de la edición de lujo de Rayuela, según el dibujo original, que fue presentada en Córdoba. Cortesía

El Cortázar que jugaba, se la pasaba de brinco en brinco por las calles de su barrio de niño, Banfield, Buenos Aires. Pintaba rayuelas en el piso y saltaba, con piedras o sin piedras. Después se metía en su casa, en su habitación, y se encerraba a seguir jugando. Allí desafiaba las leyes del mundo, e incluso, las leyes de la ciencia. Por eso se aficionó a la física cuántica, y por eso el jazz y El perseguidor, uno de sus cuentos inmortales, como lo definió Mario Vargas Llosa en la sesión en la que presentó la edición conmemorativa de Rayuela. Por eso el boxeo, y por eso, también, el escribir en mangas de camisa, con soltura, con absoluta libertad, tachando lo que que dijeran los diccionarios que había que dejar, y dejando lo que sugerían los diccionarios que había que tachar. 

Y Rayuela fue juego, libertad, imaginación, honestidad. Huir del mundo de las convenciones, como lo sugirió Vargas Llosa, y en medio de la inocencia y el dolor, preguntarse por las cosas esenciales de la vida, como él mismo lo dijo en una de sus conferencias en Barkeley. Cortázar detestaba las imposiciones, y detestaba, aún más, a los que imponían. Para él, quien ordenaba se creía una especie de supradueño de la verdad, y no había verdades. Por eso habló tantas veces de que los diccionarios eran cementerios de palabras, y de que la lengua era y debía ser el principio de toda revolución, o una revolución en sí misma.   

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Mientras escribía Rayuela, Cortázar, Julio Florencia Cortázar, como se llamaba, llegó a pensar que la titularía Mandala, como el juego sagrado de los hindúes. “Luego me pareció pedante y recordé que la rayuela es un mandala, sólo que los niños la juegan sin ninguna intención sagrada”. Rayuela, mandala, laberinto, juego, fantasía, lo sagrado y lo profano, lo místico, lo real, el humor —humor negro— y la ingenuidad. La política, sus diversos rostros, el amor y sus irónicos rostros. Cortázar mezcló la vida, su vida y la que vio, en sus libros, y sus libros acabaron por parecerse a su vida. Todo laberinto, todo impredecible. 

Su primer libro, Presencia, lo firmó con un pseudónimo, Julio Denis. Con el mismo falso nombre suscribió un artículo sobre Rimbaud, en 1941, y un relato que llevaba por título Llama el teléfono, Delia, publicado en El Despertador, de Chivilcoy, el mismo año. Luego, cuatro años más tarde, firmó La estación de la mano como Julio A. Cortázar, y pasados algunos meses, escribió un ensayo sobre la poesía de John Keats bajo el nombre de Julio F. Cortázar.

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Aquellos tiempos, cuando Cortázar aún no era Cortázar, fueron tiempos de dificultades económicas, de ir de un lado para el otro y dictar clases. Pasó de Chivilcoy, al sur de la Capital Federal de Buenos Aires, a Mendoza; de dictar cursos, a hacerse cargo de tres cátedras de literatura francesa y de Europa septentrional. En una carta dirigida a su amiga Mercedes Arias, decía: “Creo que aquí estaré bien. Las clases las principié el miércoles pasado, y puede figurarse la diferencia que significa dictar seis horas por semana (dos por cátedra) y no dieciséis. Lo mismo en cuanto al número de alumnos; en tercer año me encontré con una multitud compuesta por dos señoritas. Luego, el trabajo universitario es hermoso, ¡por fin puedo yo enseñar lo que me gusta!”. 

Cortázar hablaba por aquel entonces, años 40, de la poesía francesa y su incidencia en las vanguardias del siglo XX, y dictó su primera charla en Mendoza, sobre Paul Verlaine. Los Andes y La Libertad, dos diarios mendocinos, reseñaron su conferencia. “Cortázar comenzó señalando la imposibilidad de comunicar las características esenciales de una poesía, por cuanto sus esencias son de orden personal y en modo alguno comunicables con otro lenguaje que no sea el de la poesía”, decía una de las notas. Medio irónico, y muy en serio, Cortázar criticó que su exposición hubiera sido juzgada como “difícil”, y le preguntó a Lucienne C. de Duprat, la esposa de su gran amigo por entonces, Sergio Sergi, “¿cree usted sinceramente que en un medio universitario puede haber dificultades para alcanzar las simples, hasta vulgares ideas que allí se expresan?”. 

Pasados varios años, irónico e inmerso en sus infinitos juegos, le preguntó a Sergi si guardaba sus cartas.“Por otra parte presumo que usted guarda cuidadosamente todas mis cartas, ya que en el futuro habrán de publicarse en suntuosas ediciones y usted se beneficiará con menciones como ésta: ‘El coronel Osokovsky, cuya fotografía no aparece aquí, fue uno de los corresponsales más fieles del gran cuentista J.C.’. Ya ve su conveniencia de guardar mis cartas. Por otra parte, si usted me manda todos su grabados, yo me ofrezco a guardarlos celosamente, para retribuirle la atención”. Sergi guardó sus textos, sus cuentos, sus obras, y Cortázar profetizó que su obra, algún día, sería publicada en suntuosas ediciones. 

En la suntuosa presentación de Rayuela en Córdoba, Vargas Llosa recordó a “su” Cortázar, un hombre de juegos que solía a irse a su casa y encerrarse a jugar en su cuarto o a tocar trompeta, irónico, con un gran sentido del humor, sorpresivo hasta el punto de que una tarde lo invitó a un congreso de brujas, y auténtico hasta el extremo de que un día le dijo que no quería que le presentara a Juan Goytisolo, pues Goytisolo era muy político.  “A Cortázar la fama por Rayuela no lo cambió, aunque luego cambió de personalidad de una manera que yo jamás he visto en ninguna otra persona”. Vargas Llosa hablaba, sin decirlo, del giro político de Cortázar, que pasó de la apatía a la militancia de izquierdas. Del juego infantil, al juego de la vida. 

“Ahora, a la distancia -escribió en sus charlas a los estudiante se Berkeley en 1980-, veo que es un libro profundamente individualista y que lleva muy fácil al egoísmo”, e hizo énfasis en que Oliveira se centraba demasiado en sí mismo. “Lo único que me faltaba era alguna vez dar ese salto que me hiciera pasar del yo al tú y del tú al nosotros”. Rayuela dividió la vida de Julio Cortázar, tanto en lo literario como en lo vital, y más aún, en lo ideológico, y a ese cambio fue que se refirió Vargas Llosa, escribiendo en una de las anotaciones del libro: “Este otro Julio Cortázar, me parece, fue menos personal y creador como escritor que el primigenio”. De cualquier manera, era necesario el Cortázar primigenio, como lo llamó Vargas Llosa, para que surgiera el otro. 

 

 

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FERNANDO ARAÚJO VÉLEZ

Cultura

Las suntuosas ediciones de la obra de Cortázar que él mismo profetizó

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