Laura, treinta años después

En los años 80, mientras en Colombia surgía la violencia y se intentaba llevar a cabo un proceso de paz, nació Laura y el reto de Leonor Espinosa de mostrarle a su hija un mundo a través de una ventana diferente.

Una vez Laura aprendió a caminar, recorrió la bahía de Cartagena y observó frente a las murallas la puesta del glorioso sol caribeño. / iStock
Una vez Laura aprendió a caminar, recorrió la bahía de Cartagena y observó frente a las murallas la puesta del glorioso sol caribeño. / iStock

Había pasado la época de levantarse a las cinco de la mañana para ir al colegio. Aborrecía el sonido del viejo reloj de madera al anunciar de lunes a viernes la apesadumbrada hora. No quería volver a madrugar, así que me matriculé en el horario de la noche para estudiar economía en la Universidad Tecnológica de Bolívar, mientras asistía todas las tardes a la Escuela de Bellas Artes.

Era el comienzo de los años ochenta en Cartagena. La época del pelo rizado con el mechón levantado, el maquillaje colorido, blusas de grandes hombreras y pantalones acoplados a la cintura. Mis amigas bailaban los fines de semana al ritmo de Michael Jackson, Madonna, Cindy Lauper, Prince y las bandas sonoras de las películas Dirty Dancing y Flash Dance, en las discotecas Minerva, La Escollera, La Caja de Pandora. Mientras, yo de vez en cuando me escapaba con los compañeros de la escuela a bailar con picós ritmos afrocaribeños en barrios populares y a los recónditos bares de salsa dentro y fuera de la ciudad amurallada: Inolvidable La Brooklyn en Bocagrande y Donde Pico’s en Alcibia.

A la hora del pop y el rock prefería la música de los setenta: Donna Summer, Gloria Gaynor, Anita Ward, Led Zeppelin, Pink Floyd, David Bowie, Rod Stewart, Cat Stevens, cuyos discos hasta hace poco reposaron en los archivos de la casa de mis padres.

Añoraba la llegada cada año del Festival de Música del Caribe y el de Cine Internacional. El cine francés de los setenta triunfaba con películas irónicas: Los cuatrocientos golpes, Las dos inglesas y el amor, Domicilio conyugal, El hombre que amaba a las mujeres, de François Truffaut; Céline y Julia van en barco; Una venganza, de Jacques Rivette, El amor después del mediodía de Eric Rohmer, filmes que abrieron el camino a mi admiración por el séptimo arte.

Mi lugar preferido era un pequeño local en la calle de la Chichería de mi amiga cocinera María Josefina Yances (q.e.p.d.). Luego lo cedió a su socio el “Goyo” Payares, quien lo trasladó a la Calle de Baloco. La Vitrola de ese momento congregaba a los amantes del festejo bohemio. Celia Cruz, Héctor Lavoe, Ismael Miranda, Pete “Conde” Rodríguez, Roberto Roena, Willie Colón, Richie Ray y Bobby Cruz, Larry Harlow y, por supuesto, los ritmos cubanos de grandes orquestas como la Aragón, Casino, Benny Moré, los conjuntos Chapotín, Miguel Faz, Chano Pozo, Celina y Reutilio e Israel López “Cachao”, hacían parte del repertorio musical del lugar.

Era el tertuliadero de una esquina deleitosa.

Goyo de manera jocosa hacía referencia del nombre aduciendo que no provenía del gramófono sino de dos “trolas”. Publicistas, teatreros, arquitectos, artistas, abogados, literatos, personas de diversos pensamientos, clases, razas, edades, opción política, religiones, unidos por la misma visión, llegaban en las primeras horas de la noche a conversar sobre distintas disciplinas, sin dejar de lado el hazmerreír de los aconteceres sociales.

Nunca los desacuerdos terminaron en conflictos.

Allí, en medio de tantas alegrías, se celebró con orgullo el 21 de octubre de 1982, el Premio Nobel de Literatura concedido a Gabriel García Márquez. También los triunfos de los boxeadores Miguel “Máscara” Maturana y Miguel “Happy” Lora, y del pelotero Orlando Cabrera en el juego de la pelota caliente. Algunas veces los rostros se comprimían de incertidumbre por la situación que atravesaban los países latinoamericanos afectados por la más intensa y alargada recesión económica. El mundo vivía el aumento de las tensiones de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética; la hambruna por la sequía asolaba países de África. Una nueva epidemia, sida, se hacía notoria, y el auge del tráfico de drogas marcaba un nuevo destino para Colombia.

Se comenzaba a dibujar en Cartagena una nueva línea entre cavilación y divertimento.

En plena década de surgimiento de violencia, extorsiones, asesinatos, desapariciones, secuestros, grupos al margen de la ley, estancamiento económico, sobornos, fallidos intentos de diálogos por la paz, y otras tantas frustraciones para el país, nació mi hija Laura. Acababa de cumplir 22 años.

Consciente de la deshumanización, decidí mostrarle un mundo a través de una ventana diferente. Una vez aprendió a caminar, recorrió la bahía. Detuvo su mirada en los alcatraces intentando robar peces al mar. Observó frente a las murallas la puesta del glorioso sol caribeño. Se sosegó con la magia de las viejas calles coloniales, mientras modelaba ante mi inexperto lente fotográfico. Otras veces en La Vitrola, antes del crepúsculo, montó los pequeños pies sobre los míos con el propósito de aprender a bailar son y guaguancó.

Los domingos jugaba con hijos de vendedores de paletas, raspaos, frutas, cocadas, que sin posibilidad de comprar un vestido de baño se refrescaban desnudos en el reventar de las olas de las playas de Marbella. Comía en las ventas callejeras coctel de camarón. Su quiosco preferido era la Ostrería Sincelejo, de Manuel Cárdenas de Ávila. Allí arrimaban parejas a comer la poderosa mezcla de mariscos Siete potencias, antes de visitar residencias sitiadas de corralito. La divertía comer arroz chino y lumpias en el restaurante Dragón de Oro. Laura se encargaba de hacer el pedido tan sólo por el simple hecho de imitar al mesero pronunciar “aloz”. No olvido la picardía de su rostro.

En algunas ocasiones la complacía tomar transporte público hacia zonas surorientales para escuchar champeta a bordo de buses recargados de coloridos chécheres. Los piropos del sparring, ayudante o cobrador del conductor, a las “viejas buenas” que embarcaban y desembarcaban, le suscitaban curiosidad.

La orienté en valores fundamentados en la diversidad, aun cuando la dignidad, igualdad, justicia, respeto, libertad y tolerancia eran tan complejos como lo son en el presente.

Treinta años después me dijo: “El día que tenga un hijo le enseñaré que nadie puede coartar su libertad y le mostraré el camino para que escoja lo que quiera ser, incluyendo su género. Quiero que crezca en un país que respete sus derechos”.

La formación de Laura a partir de criterios éticos cimentados en experiencias poco convencionales vanagloria mi sentido de ser madre. Hoy somos dos, unidas en una soñada cultura de progreso.