Leer Aracataca

Es casi imposible rastrear todas las traducciones de los libros escritos por García Márquez. Se dice que por ahí circulan 40 millones de copias en 36 lenguas.

Siempre he creído que la dimensión literaria de Gabo se puede ponderar en la cantidad de idiomas a los que ha sido traducido y la cantidad de ediciones que cada una de esas traducciones ha tenido. No dejan de asombrar la frecuencia y el volumen en los que se le reedita, y que haya pasado de ser un best-seller a ser un long-seller en muchos países.

Sería arduo enlistar a todos los traductores que ha tenido y francamente imposible hacer un cálculo preciso del número de libros suyos publicados en todos los idiomas, en todos lo países. Circula un dato: cuarenta millones en 36 idiomas; yo sólo he visto sus libros en 33 lenguas, incluyendo el eusquera, el hebreo, el malayo, el coreano y el código de claves de la policía mexicana. Además, a esos supuestos cuarenta millones habría que sumar las ediciones piratas: para hablar de un solo caso, en Colombia, baste decir que hasta diciembre de 1982 la editorial Oveja Negra había reportado la publicación de 198.000 ejemplares de Cien años de soledad, y todos sabemos que esa editorial pirateaba a Gabo.

Latinoamérica parece existir sobre todo gracias a su literatura: cuando un boliviano de Cochabamba y un colombiano de Anorí leen a García Márquez se sienten identificados. Ahí, en esas letras, está la mejor posibilidad de encontrar sus semejanzas. Porque es tan sorprendente que un holandés y un chino encuentren algo propio en La mala hora, como que lo haga un zipaquireño, un bonaverense o un salentino: la literatura de Gabo sale de Aracataca y Aracataca está en cada una de sus letras, en cada una de esas historias que suceden bajo un calor inmóvil que podría ser el verdadero protagonista. Sin embargo, el diluvio de Macondo se lee con naturalidad en el desierto de La Guajira y la delirante expedición de José Arcadio parece ser la misma que fundó nuestras ciudades durante la conquista. Aracataca, ese pueblo nuevo donde nació Gabo, es cualquiera de los pueblos que en nuestros países tienen menos de cien años.

Aracataca podría ser un sitio de peregrinación cultural, pero al parecer cada vez es más difícil: su único hostal cerró hace poco y el acueducto sigue siendo una promesa política incumplida, como toda promesa política. Esa es la otra identidad latinoamericana: la posibilidad de ser sin ser realmente, la promesa de un político ficticio que se puede llamar Onésimo Sánchez, como el de Muerte constante más allá del amor, o Santos, que en la vida real le prometió un acueducto a un pueblo que sigue sin tener agua potable y tirando sus desechos a un río nada diáfano que se precipita por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.

Gabo es un escritor popular en todos los países donde se le publica, la precisión de sus palabras para llegar a hacer brincar los sentimientos no se pierde con la traducción y sus historias generan una identificación en el lector que muchos autores han intentado, muriendo en el intento. Su fallecimiento ha generado una avalancha impresionante de comentarios en las redes sociales; muchos citan fragmentos de sus obras y muchos reenvían frases que nunca escribió, como la inefable carta de despedida que inexplicablemente muchos le siguen atribuyendo. Después vendrá un nuevo boom de sus libros y creo que para muchos esa será una segunda oportunidad para comentar su obra habiéndolo leído.