Leer en el desierto

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¿Cuántos de nosotros, al concluir una mala jornada, encontramos refugio en los libros que reposan en nuestra mesita de noche? Para un lector empedernido este hábito es único. Para un lector que lee en el desierto, creo, significa la posibilidad de transformar las montañas de arena en merecidos oasis.

Leí una frase célebre del físico británico Stephen Hawking que dice así: “Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene”. Estas palabras, aplicándolas al sentido de nuestras vidas, pueden funcionar. Pero dudo que tengan validez en la vida de un lector. Los lectores son maniacos que siempre tienen las expectativas por los cielos: el libro que nunca hemos podido conseguir, las obras completas de determinado autor, la edición de lujo que queremos, el libro siguiente y el libro siguiente. En fin: seres insaciables que no pueden controlar su adicción. La verdad de sus inquietudes —porque todo lector persigue una íntima verdad— está en lo desconocido. Ni las bibliotecas ni las librerías, donde cada tanto reúnen provisiones, son suficiente. Nada puede llenar el vacío de sus estanterías imaginarias.

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Bahir Amet, un antiguo monarca egipcio, cuando tenía que cambiar de lugar de residencia, abarrotaba sus camellos con más de diez mil papiros que había recopilado a lo largo de su vida (la leyenda cuenta que marchaban en orden alfabético). Lo impresionante no es la suma de su colección, sino, más bien, una historia que trataré de resumir en las siguientes líneas: el monarca, luego de una mudanza, descubrió que uno de sus camellos no había llegado con los demás. Así que ordenó a varios hombres para que lo rastrearan, pues era justo el que cargaba una serie de manuscritos que leía cada noche antes de irse a dormir. Este detalle, como podrán suponer, intensificó la importancia de la misión y el temor de volver con las manos vacías. Pero ninguno de los enviados logró dar con el paradero del animal extraviado.

El caso es que Amet no soportó el fracaso de sus hombres y decidió ir él mismo a buscarlo. Los peligros que reinaban en el desierto no fueron un impedimento. Por el contrario, dicha pérdida lo llenó de valor y heroísmo. Es innegable que podía adquirir cuantos manuscritos quisiera, sin embargo, necesitaba encontrar a los suyos costara lo que costara. Era la segunda vez que acaecía un acontecimiento similar y era la segunda vez que intentaría recuperarlos. El aprecio por ellos —algo que pocas personas pueden entender— trascendía el valor material. Entonces sucedió lo que debía suceder: a escondidas de sus propios guardias, una noche de octubre, bajo un cielo cubierto de estrellas, con apenas un recipiente con agua y un extraño reloj que había comprado en un puerto fenicio, salió a buscar los textos de su adoración.

Dicen que después de dos largas semanas el pequeño monarca regresó victorioso. No obstante, los encargados de administrar su fortuna habían huido con el oro que ocultaba en su tienda. Poco le importó: su tesoro, su verdadero tesoro, eran las historias que apaciguaban las preocupaciones que traían los días. ¿Cuántos de nosotros, al concluir una mala jornada, encontramos refugio en los libros que reposan en nuestra mesita de noche? Para un lector empedernido este hábito es único. Para un lector que lee en el desierto, creo, significa la posibilidad de transformar las montañas de arena en merecidos oasis. Es difícil saber qué ideas cruzaban por la mente de Bahir Amet, pero podemos imaginar que cada que abría sus papiros, sentía, aunque fugazmente, la certeza de saber que al fin hallaba un lugar en el mundo.

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