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Leonor Acevedo, mamá de Borges: "muy temprano supe que mi hijo iba a ser escritor"

La madre de Jorge Luis Borges publicó en 1974 un texto en La opinión cultural sobre la perspectiva que tenía de su hijo. Su relación ha sido rescatada varias veces debido a la presencia irrevocable de Acevedo en la vida y obra del escritor argentino.

A Leonor Acevedo y Jorge Luis Borges los amenazaron y excluyeron por estar en desacuerdo con el peronismo. Cortesía

Alberth Cohen, Isabel Allende, Bertolt Brecht, Federico García Lorca, entre otros autores de la literatura universal han plasmado la influencia de la figura materna en sus obras, en sus visiones del mundo y sus impresiones sobre la naturaleza humana.

“Recuerdos de mi madre”, el discurso de Jorge Luis Borges al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de La Plata, más el carácter omnipresente de Leonor Acevedo en los hábitos de lectura y de introspección del argentino en sus primeros años de vida son elementos por explorar en la obra del argentino.

Borges no abandonó a su madre ni en sus casamientos. Vaccaro, uno de los biógrafos del escritor, afirmó en una entrevista para El País de España que en la boda que el autor de El Aleph contrajo con Elsa Astete en 1967, Borges pasó la noche de bodas en casa de su mamá por petición de ella, pese a la molestia de su esposa por la propuesta y por haberse marchado al lugar donde tenían pensado quedarse en ese instante que resulta trascendental el día del matrimonio.

En la narrativa borgiana hay muy poco de Leonor Acevedo, los referentes directos son escasos, por no decir que inexistentes. No obstante, invisibilizar la importancia de una relación tan fraterna es un equívoco, un error que estaría negando la educación que Borges recibió de niño, pues no solo fueron los innumerables libros que su papá tenía en la biblioteca y que lo encaminaron a aprender tempranamente inglés y francés, sino también por las aparentes costumbres burguesas que su madre mantenía tras pertenecer a una familia que en su descendencia contaba con españoles que en antaño hicieron parte del gremio que colonizó a América Latina.

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Fiel a una tradición, Acevedo era una mujer conservadora, creyente, criolla y recatada. Ese comportamiento reservado y prudente lo legó Borges con sus silencios, con su tranquilidad, con una interminable curiosidad que no se remitió al contacto con todo tipo de objetos y de ambientes, sino que se trasladó a las aventuras y tiempos que encontró en los libros de Oscar Wilde, de Miguel de Cervantes, de Dante Aliguieri, entre otros.

Uno de los contrastes entre Leonor Acevedo y Borges se daba en el terreno religioso, en las costumbres ortodoxas de su madre. “ Se sabía la Biblia de memoria; creo que era la más religiosa de todos. Ese ambiente puede parecer de discordia, y sin embargo no lo era, porque eran unas personas que se querían mucho y se llevaban muy bien”, afirmaba el argentino. Inclusive, entre las anécdotas más conocidas entre los dos, está la de aquella conversación en que Leonor Acevedo se muestra asombrada por el “ateísmo” de su hijo, y como una mujer apegada a las tradiciones, que hacia valer a raja tabla sus creencias, le pidió a su hijo que todas las noches previas al sueño, debía rezar el “Ave María”. Borges confesó después que, debido a ello, a un posible fervor a su madre y no propiamente al catolicismo, nunca dejó de rezar aquella oración.

La religión fue motivo de debate, más no de discordia. No hubo un elemento lo suficientemente fuerte desde lo social, político o cultural que lograra quebrantar su relación. Acevedo fue valiente y leal, y así lo demostró con su esposo y con su hijo. Su amor incondicional fue fuente de voluntad y de acompañamiento cuando ambos sufrieron de ceguera, fue ella el bastión, el bastón y la guía de los pasos de ambos, en especial de su hijo, pues sus instantes de opiniones contradictorias fueron vistos por el escritor como un motivo más de esfuerzo y de convicción para pulir la escritura de sus poemas épicos, de sus cuentos impregnados por la literatura medieval, por las narrativas francesas, chinas y egipcias.

“Cuando era chico, dibujaba animales, boca abajo. Siempre comenzaba al revés, por las patas. Dibujaba sobre todo tigres, que eran sus animales favoritos. Luego de los tigres y de otros animales salvajes pasó a los animales prehistóricos de los que leía, durante dos años lo que era posible leer. Más tarde se apasionó por las cosas egipcias y entonces leyó todo lo que pudo hasta el momento en que se abalanzó sobre la literatura china; tiene una gran cantidad de libros sobre ese tema. En suma, le gusta todo lo que es misterioso. Así fue como escribió muchas conferencias sobre la Cábala; aun los israelitas le han preguntado cómo sabía tantas cosas sobre la Cábala”, afirmó en el texto publicado el 15 de septiembre de 1974.

Leonor Acevedo era una mujer de vestidos largos, de palabras certeras, de posturas incorruptibles. Coincidió con Borges en el antiperonismo, todos fueron señalados y condenados. A ella y a Norah Borges las encerraron por un tiempo, a Borges lo sacaron de su cargo como bibliotecario de la Biblioteca Nacional y lo delegaron como inspector de mercados de aves. Los peronistas fueron declarados como incorregibles y antidemócratas por el autor de cuentos como Funes el memorioso o El jardín de los senderos que se bifurcan.

Borges contó en la conferencia en la Universidad de La Plata que su mamá no podía negar su criollismo. La citó con la jocosa frase de “Caramba, se me fue la mano”, cuando cumplió sus 95 años y vio que su vida se estaba extendiendo más de lo que esperaba. Su hijo la acompañó como un acto de fidelidad, de amor inquebrantable. Vio su desespero en sus últimos años de vida, y cuando su salud flaqueaba también, fue cuando más valor demostró para acompañarla. Leonor Acevedo falleció a los 99 años, una mañana del 22 de mayo de 1975.

En El arrepentimiento, Borges afirmó: “Me legaron valor. No fui valiente”, evocando la solidez de la educación de sus padres, tal vez cuestionando también la forma en que lo hicieron. Tal vez nunca abandonó la niñez tímida que afirmó vivir, pero lo cierto es que adoptó una lealtad de antaño que se hizo eterna en sus propias palabras: “Siempre ha sido una gran compañera para mí -sobre todo en los últimos años, cuando me volví ciego-  y una amiga comprensiva e indulgente”.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

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