Las letras del Atlántico

En la región Caribe han nacido escritores esenciales que, como Gómez Jattin, Zapata Olivella o Luis Carlos López, han revelado su cultura a través de novelas, ensayos y poemas.

Abrirse paso entre las hojas y adentrarse en la selva primero y en las ciénagas luego. Navegar después, con acordeones zumbando, los sinuosos ríos y pasar por Lorica, Cereté o Barranquilla, mientras el Sol y la Luna juguetean con las nubes. Seguir con paso firme y lento, sin tropezarse con los puntos y las comas, para llegar donde los tambores se mezclan con las gaitas y los cánticos ancestrales. Detenerse a escuchar sus rimas y sus historias, su pasado y sus esfuerzos. Ya, con más calma, aventurarse hasta las murallas y comprobar cómo los versos, con agudeza y destreza, causan alboroto, perforan el sentimiento y la razón de sociedades rezanderas. Y ese pequeño viaje será apenas un abrebocas. Será la certeza de que el Caribe le ha dejado a Colombia un importante cúmulo de ensayos, cuentos, novelas y poemas.

No habría necesidad de hacer pretensiosas listas ni de hurgar en los recuerdos para que los nombres de esenciales escritores empiecen a emerger como el mejor argumento de que el Atlántico nos ha concedido un valioso tesoro literario. Es apenas obvio que para muchos el primero que se atraviese sea el de García Márquez. Es más: puede que por su rotundo éxito y los perpetuos halagos, sea el único que aparezca en la boca de quienes traten de recordar las plumas costeras. Por eso, volver al nobel y a su grupo de La Cueva, liderado por José Félix Fuenmayor y en donde se recuerda a Álvaro Cepeda, sería una gran injusticia si con eso se deja de lado a quienes también han contribuido —de manera admirable y prolífica— a la construcción de las letras caribeñas.

No se podrían evadir, por ejemplo, los versos de Luis Carlos López, “el primero en hundir —diría en 1994 Germán Espinosa— un estilete en nuestra alma social”. Sin sus antecedentes —dice el maestro, nacido como López en Cartagena— las contorsiones de León de Greiff o de Luis Vidales habrían sido más tímidas.

Su poesía, en varias ocasiones, no fue bien recibida, porque más allá del humor que le imprimía a la cotidianidad en sus composiciones, López, que sólo se ausentó de su ciudad en tres oportunidades, era un incendiario, un crítico del clericalismo y de los personajes esnobistas. Era un hombre que, como alguna vez escribió Piedad Bonnett, fue un “provocador que arroja su obra a los académicos dueños de un lenguaje endomingado y a la conciencia de la sociedad pacata y tradicionalista”. (Canijo, cuello de ganso / cruza leyendo un misal, / dueño absoluto del manso / pueblo intonso, pueblo asnal).

Sus poemas, venidos del escepticismo, de la ironía y de observar una cruda realidad de la primera mitad del siglo XX, serían una enorme influencia para próximas generaciones. Así lo fue para el también cartagenero Raúl Gómez Jattin. Él, quien muy pequeño se fue a Cereté, al borde del Sinú y después, ya en su adolescencia, partió a Bogotá, sorprendió —y sorprende 13 años después de que lo arrollara una buseta— con sus versos sobre su tierra, su soledad, su locura, su dolor, su pasado y sus nostalgias.

Sin formalismos y haciendo patente su inclinación sexual y alguna desviación a la zoofilia, Gómez Jattin, quien siguiendo a Rimbaud quería oponerse al lenguaje establecido, renunció al mundo para vivir junto a la poesía. (Ah desdichados padres / Cuánto desengaño trajo a su noble vejez / el hijo menor / el más inteligente. / En vez de abogado respetable / un marihuano conocido. / En vez de esposo amante / un solterón precavido./ En vez de hijos / unos menesterosos poemas. / ¿Qué pecado tremendo está purgando / ese honrado par de viejos? / ¿Innombrable?).

Y si por el Sinú viajaba parte de la inspiración de Gómez Jattin, esas aguas, 25 años antes de que él naciera en 1945, habían visto crecer a uno de los más importantes novelistas: Manuel Zapata Olivella. Tras abandonar Santa Cruz de Lorica (Córdoba), su tierra, se convirtió en una carismática voz que comandó la emancipación de las negritudes. En sus primeros artículos en revistas y en su primera novela, Tierra mojada (1947), ya se atisbaba un conocedor de las tradiciones, de su tierra y de su historia. “Es —como escribió Alfonso Carvajal— una tromba de ideas, un catalizador de todo lo referente al hombre negro y a su problemática”.

Numerosos ensayos y Changó, el gran putas, su principal novela, evidencian una juiciosa investigación sobre la cultura afro, con sus mitos y sus leyendas, sus tradiciones y sus creencias.

Así, como estos autores, se podrían seguir nombrando a grandes escritores que revelan la riqueza del Atlántico. Se podría, si se quiere, hacer alusión a Germán Espinosa y a sus Cortejos del diablo o a su Tejedora de coronas, con Genoveva Alcocer mostrándonos, en el siglo XVII, la crudeza de Cartagena. También se podría mencionar a Héctor Rojas Herazo, que es, en palabras de Gonzalo Arango en un texto de 1966, “un campeón de lucha libre; un talador de bosques; un rufián; un levantador de pesas; un buldózer que camina; un marino mercante; un arenero de Tolú; un Prometeo desencadenado; un profeta del trópico; qué sé yo... un hombre de duros oficios. Pero si usted va al fondo, descubrirá que su piel esconde el alma de un poeta puro. Ni siquiera la esconde, la transparenta, la palpita”.

Y así se podría seguir, tomándose el espacio de este diario para llenarlo con nombres, adjetivos y ejemplos de ingenio. Giovanni Quessep, Fanny Buitrago, Alfonso Fuenmayor y Roberto Burgos Cantor estarían, naturalmente, en esas líneas. Igual lo estaría, con sus versos sobre Ciénaga, Fernando Denis y otras tantas plumas faltantes. En parte, gracias a todos ellos es que el país sigue abriéndose paso entre las hojas y se sigue queriendo tropezar con puntos y comas.

 

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