Las letras perdidas de África

La exposición del Museo británico “GanchWest Africa: Word, Symbol, Song” intenta recoger la complejidad cultural e histórica del África occidental.

Francis Williams, uno de los primeros negros en haber publicado. / Archivo

En 1753, David Hume, reconocido como uno de los héroes filosóficos de la Ilustración y un enemigo acérrimo del prejuicio y la intolerancia, introdujo una nota de pie de página al ensayo De los caracteres nacionales, que había publicado en 1748, como respuesta, al menos de facto, al Espíritu de las leyes de Montesquieu. En esta nota, insertada en un momento cúspide del tráfico transatlántico de esclavos, Hume escribió:

“Sospecho que los negros y en general todas las otras especies de hombres (de las que hay unas cuatro o cinco clases), son naturalmente inferiores a los blancos. Nunca hubo una nación civilizada que no tuviera la tez blanca, ni individuos eminentes en la acción o la especulación. No han creado ingeniosas manufacturas, ni artes, ni ciencias… Tal diferencia uniforme y constante no podría ocurrir en tantos países y edades si la naturaleza no hubiese hecho una distinción original entre estas clases de hombre. Para no mencionar nuestras colonias, hay esclavos negros dispersados por toda Europa, de los cuales no se ha descubierto ningún síntoma de ingenio; mientras que la gente pobre, sin educación, se establece entre nosotros y se distinguen en todas las profesiones. En Jamaica, sin embargo, se habla de un negro de notable talento y erudito, pero seguramente se le admira por logros exiguos, como un loro que ha aprendido a decir varias palabras.”

El negro jamaiquino a quien Hume hace referencia en la nota es el primer escritor negro del que se tenga registro en el imperio británico: Francis Williams (1700-1771), quien habiendo impresionado con su talento al Duque de Montagu, gobernador de las islas Windward, viajó con su patrocinio a Inglaterra para cursar secundaria y, aparentemente, ingresar a la Universidad de Cambridge. El objetivo del duque era probar si un negro, recibiendo la debida educación, podía alcanzar el desarrollo intelectual de un blanco. Williams establecería su reputación como poeta de versos en latín, en Londres, y tras su regreso a Jamaica, fundaría una escuela para enseñar escritura, latín y matemáticas. A la memoria y obra de éste y otros africanos, como Ignatius Sancho, Ottobah Cugoano y Olaudah Equiano, y a la de mujeres como Phillis Wheatley y Mary Prince, que entre los siglos XVIII y XIX participaron en el debate abolicionista, concibiendo su escritura como una suerte de mercancía a intercambiar en reconocimiento de su capacidad pensante –y, por lo tanto, de su humanidad–, dedica la Biblioteca Británica de Londres una importante sección dentro de su reciente exposición “West Africa: Word, Symbol, Song”. De manera ambiciosa la exposición intenta recoger la complejidad cultural e histórica del África occidental, una amplia región que abarca 17 naciones –Benín, Burkina Faso, Camerún, Cabo Verde, Costa de Marfil, Guinea, Guinea Bissau, Gambia, Ghana, Liberia, Malí, Mauritania, Níger, Nigeria, Senegal, Sierra Leona y Togo– y de donde provino el mayor número de esclavos que llegaron al mal llamado Nuevo Mundo.

Lejos de suponer el fin de las penurias materiales y simbólicas para los africanos, la abolición de la esclavitud –vigente esta última en el mundo moderno desde el siglo XV– abarcaría todo el siglo XIX, entreviendo recompensas para quienes perdían sus propiedades y no para aquellos cuya humanidad había sido vulnerada. Avanzaría además de la mano de la consolidación del racismo científico –promotor de representaciones similares a la de la nota infame de Hume– y del colonialismo mismo. De hecho, si bien el control europeo sobre África hunde sus raíces en el siglo XV, fue en la Conferencia de Berlín (1884-1885) en donde las potencias europeas se repartieron, cual terra nullius, el “magnífico pastel africano”, tal como al continente se referiría el rey Leopoldo II de Bélgica. Contra el paisaje de intervención, explotación y ansia civilizatoria que allí se consolida, así como contra el longevo imaginario acerca de la inferioridad africana, que si bien la nota de Hume encapsula está lejos de inaugurar, se van a erigir, a lo largo del siglo XX, numerosos escritores, artistas y activistas políticos africanos clamando por la independencia, el fin de la desigualdad racial, así como reivindicando la existencia de una identidad africana.

La lista es larga y la exposición intenta ser exhaustiva, destacando, entre otros, al senegalés Leopoldo Senghor y al bisauguineano Amílcar Cabral, figuras claves durante el proceso de descolonización; a Wole Soyinka, escritor nigeriano y primer africano en haber sido galardonado con el premio nobel de literatura (1986) y a un número cada vez más creciente de escritoras, entre ellas, la reconocida, y también nigeriana, Chimamanda Ngozi Adichie.

Sin embargo, si bien escoger para resaltar es difícil, quizás no sea exagerado afirmar que una de las voces de mayor resonancia y acogida global del África poscolonial sea la de quien hoy es considerado el padre de la literatura africana moderna: el escritor y profesor nigeriano Chinua Achebe (1930-2013). Con una amplia producción, que incluye novelas, poemas, ensayos y literatura infantil, Achebe, ese “escritor en cuya compañía las paredes de la prisión se derriban”, tal como Nelson Mandela lo definiera, alcanzó fama mundial con su ópera prima y a su vez más importante: Things Fall Apart (Todo se desmorona), publicada en 1958. Desde entonces, ha sido traducida a más de 50 idiomas y vendido millones de copias alrededor del mundo. Esta obra, que aborda el impacto de la llegada del colonialismo británico a Nigeria, entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, registrando la desestructuración simbólica, política y social que el asentamiento de los primeros misioneros cristianos supuso entre los igbos –un grupo étnico del sudeste nigeriano–, es uno de los primeros trabajos de ficción en narrar la colonización de África desde una perspectiva africana. En esto reside la importancia de una novela en la que Achebe detalla la complejidad del entramado político, cultural y religioso de la sociedad de los igbos, sin caer en una visión idílica de la misma, pues la estructura patriarcal es evidente y Okonkwo, el personaje central, es un hombre violento que domina con mano dura a sus esposas e hijos. Asimismom la novela es contundente en subrayar la arrogancia del etnocentrismo blanco y cristiano en el que el colonialismo se funda y del que emerge el africano como una suerte de tabula rasa: un cuasiente, carente de contenidos legítimos en mora de ser iluminado.

El objetivo que mueve la obra de Achebe, y que captura de modo elocuente el ethos de la tradición cultural que esta exposición intenta recuperar, es el de asumir la vocería para contar su propia historia, una historia que, en sus propias palabras, “no puede sernos contada, sin importar cuan talentoso o bien intencionado sea quien nos la cuente”, tal como explicara en un ensayo publicado en 1975. Su objetivo, que también se entrevé en la exposición misma, es el de contribuir a presentar a África “como un continente de personas, no ángeles, pero tampoco almas rudimentarias, simplemente personas, con frecuencia muy talentosas en sus proyectos de vida y de sociedad”. En otras palabras, su objetivo es el de subvertir “las distorsiones y mistificaciones fáciles”, propias de la literatura colonial que antepone la civilización del europeo al primitivismo del africano; representaciones que dan cuenta de esa recurrente necesidad de la psicología occidental de usar a África como un espacio en el que, por contraposición, Europa encuentra su “estado de gracia espiritual”.

Es esto lo que el escritor realiza en su ópera prima y en otras posteriores y lo que claramente explica en su ensayo Una imagen de África: Racismo en “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, publicado en 1977. Aquí, sin más pretensiones que las de un novelista respondiendo a una famosa obra de ficción europea, Achebe intenta exponer el racismo en el que Conrad “afilaba su diente de acero”, no obstante hubiera condenado en su novela (1899) la explotación imperial en el Congo, por parte de los belgas. Para el escritor nigeriano, pese a sus buenas intenciones, el escritor polaco-británico presentó a África como “otro mundo”; como “la antítesis de Europa y por lo tanto de la civilización, [como] un lugar en el que los tan ponderados dones de la inteligencia y refinamientos humanos son ridiculizados por una bestialidad triunfante”. De ahí que mientras para Conrad navegar por el río Congo– en donde se desarrolla la historia– supusiera “retroceder a los comienzos del mundo”, el Támesis –en donde comienza la novela– reposara tranquilo “al final del día después de siglos de buen servicio prestado a la raza que puebla sus orillas”.

Para Achebe, el hecho de que la novela de Conrad estuviera inspirada en su propio viaje por el Congo no le otorga ninguna legitimidad a lo que escribe. Basta pensar, como agudamente sostiene el escritor nigeriano, en el hecho de que Marco Polo, tras su experiencia de veinte años en la corte de Kublai Khan en China, no hiciera referencia alguna a la Gran Muralla en sus relatos de viaje. A lo mejor, no la vio, “¡pero la Gran Muralla China es la única estructura construida por el hombre que es visible desde la Luna!”. De donde no deba sorprender que “los viajeros puedan ser ciegos”, pues no hay duda de que mucho más que esconderse en el bosque e importunar a Marlow tendrían que haber hecho los salvajes de Conrad.

En definitiva, por iniciar desde la literatura la rehumanización de África, hasta entonces congelada en los albores de la civilización por la imaginación de los escritores coloniales, por iniciar un “glorioso despertar” en las letras africanas, tal como Adichie definiera el legado de Achebe, Things Fall Apart, la novela más leída de la literatura moderna africana, es una obra seminal de la misma. Cabe destacar la escogencia del inglés como vehículo de comunicación, entre otras, por razones de tipo político, pues Achebe considera que la lengua del colonizador, fungiendo como lengua franca en un continente poblado de gran diversidad lingüística, puede servir de herramienta misma de descolonización cultural. Feliz paradoja: la obra de Achebe es hoy considerada como una de las más sobresalientes de la lengua inglesa. Feliz paradoja, también, el hecho de que sea la Biblioteca Británica la que hoy celebre la obra de Achebe y la producción cultural de una fracción de un continente otrora desdeñado, pues no pocos de los libros allí contenidos participan de ese supremacismo blanco, ejemplificado en la nota de Hume, en la pluma de Conrad y característico de buena parte del pensamiento occidental. ¿Acaso el historiador británico Hugh Trevor-Roper, siguiendo los pasos de Hegel, pero escribiendo hacia la segunda mitad del siglo XX, no afirmó que previamente a la exploración y colonización europea, África carecía de historia? Cabe destacar, sin embargo, que la condición de posibilidad de una exposición como esta hunde sus raíces también, hasta cierto punto, en la tradición crítica de Occidente. En este sentido, podemos considerar esta exposición como un feliz ejemplo de aquello que Foucault, releyendo a Kant, denominara “ontología crítica del presente”.

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