Lilia Miranda, arte, colección y memoria

La artista comenzó a formarse en la UIS, en Bucaramanga, y luego se radicó en Bogotá, donde estudió en la Universidad del Bosque y en la Academia de Arte Fábula. En la actualidad habla sobre el universo femenino desde sus trazos.

Lilia Isabel Miranda es artista plástica de la Academia de Arte Fábula. / Gustavo Torrijos

Ya nos conocíamos, pero volver a verla y recordar lo que hace, siempre es una sensación sorprendente. Pocas veces las personas causan tanto impacto en mí, pero con ella siento afinidad, empezando porque en la pintura encuentro una forma de expresión y, segundo, por la religión.

Su casa es su reflejo. Al entrar, lo primero que uno ve es un antejardín con unas verdes y abundantes plantas. La puerta blanca llena la atmósfera de paz. Un paso adelante se empieza a entrar en el mundo de Lilia Miranda. De golpe, una colección de llaves que, según ella, tiene porque su abuela coleccionaba baúles y siempre escondía las llaves en un llavero grandísimo.

Sigo entrando y encuentro cuadros. Y cuadros. Más cuadros. Cuadros horizontales, cuadros verticales. Su galería personal. Mujeres, flores, ganchos, tijeras, es lo que más prevalece.

Lilia Miranda es espontánea, es risueña. Es de esas mujeres que no pasan desapercibidas. Tiene sensibilidad, es obsesiva. Una acumuladora de memorias, ganchos, ropa, nodrizas y tijeras.

Es ella de pies a cabeza, su cabello crespo refleja sus raíces, una mulata producto del amor y la unión de un negro de María La Baja y una blanca de San Juan, él testigo de Jehová y ella adventista. Creció en medio de esas dos religiones: sábados en la iglesia adventista y domingos en el Salón del Rey. Pero fue hasta los 48 años que decidió desligarse de la religión.

Sus ojos brillan sin tregua, son redondos y grandes, su sonrisa transmite la alegría de sus vivencias. Sus aretes, un par de cucharas que se llevaron toda mi atención y que reflejan su gusto por la cocina. Su camisa blanca, su pañoleta que simboliza lo que está haciendo actualmente, que es el diseño de telas con temáticas sobre los insectos y las flores enfocados en la sexualidad. Su madre está dentro de ella, pero también en su ropa, en su cotidianidad y hasta en su pantalón de flores. Sus Converse muestran parte de su personalidad, una mujer que busca la comodidad y sueña con una vida relajada.

No son sólo las pinturas, son las letras, la fotografía y la cocina. Es abuela, es madre, pero también es pareja y encuentra en Gabriel Combariza su apoyo. “Si yo no tuviera a mi esposo no creo que pudiera hacer lo que hago, porque lo que hago son temáticas que no le gustan a todo el mundo, la gente a veces no quiere hablar de ciertas cosas”, dice.

Una de las temáticas predilectas de Lilia Miranda es la sexualidad como en la Petit Mort (La pequeña muerte), que luego de varias investigaciones, entrevistas y libros, supo que así se le llama al estado en el que entra la mujer después de un orgasmo y decidió reflejarlo en su primer trabajo individual, que realizó con performance e instalación en la Galería Nebeex, en el centro de Bogotá. Esta propuesta refleja que el orgasmo, el deseo y la seducción femenina siguen siendo un tabú en pleno siglo XXI, porque se cree que si una mujer se autocomplace es pecado, nos negamos a ver la masturbación como algo natural a raíz de la religión y la doble moral.

La artista también es memoria con retazos que cuentan las vivencias, en especial de las mujeres, como en su proyecto La colcha de retazos. Miranda cuenta que “la temática de la mujer me importa mucho. Desde la cotidianidad, hablar de lo que piensan, de lo que hacen, de lo que sienten. Más o menos es la temática que uso, la mujer”. Y en su trabajo, lo demostró junto a Gilma Carreño. Se fueron a Honduras y les dictaron talleres a mujeres maquilas –industria de mujeres que se dedican a coser- sobre la colcha y su simbología.

Hablar con Lilia Miranda es encontrarse de frente con alguien que quiere hacer de la pintura su vida desde los 18 años, y lo logra en su edad adulta mediante un largo proceso, primero en Bucaramanga en la UIS, luego en Bogotá con maestros de forma personalizada, en la Universidad del Bosque, y finalmente en la Academia de Artes Fábula. “Estudié ahí durante tres años y me gradué. Mi proyecto de grado fue sobre mi vida y se llamó Metáforas de mi piel, fue sobre un cáncer de seno que tuve hace unos 15 años”. En su tesis fue la voz de muchas mujeres que han atravesado esa dramática experiencia, habló de las heridas porque es necesario hablar, perdonar y sanar.

Con el arte, la pintura y las diferentes manifestaciones culturales ella le dice a la sociedad que el mundo en que estamos ahora es otro, es diferente. Se trata de un universo en el que una mujer tiene derecho a disfrutar de sus orgasmos, en el que el hombre no tiene que demostrar que es el más, en el que amamos de las maneras más diversas, en el que podemos convivir, así pensemos y creamos de forma distinta.

El mundo es ella desde sus ojos, su sensibilidad, su rebeldía, su revolución, sus manos, sus obsesiones, sus senos, sus tatuajes y todo lo que tiene por decir y por expresar. Y, especialmente, por crear.

Una charla con esta artista me abre la mente para verme a mí y a otras tantas mujeres que ven en Lilia Isabel Miranda un apoyo, una amiga desde sus trazos. No de las que utilizan un pincel porque sí. Ella es de las que se entregan, estudian, investigan y aprenden y luego expresan y crean. Como ahora, que está aprendiendo a manejar programas digitales como Illustrator y Photoshop. O leyendo libros sobre moda porque quiere estudiar costura, o sobre la paz porque cree que es necesario perdonar. Siempre le está metiendo información nueva a su cerebro y espera seguir rompiendo paradigmas. Y, claramente, pintando, porque a través de su arte es capaz de plantear muchos puntos de vista.

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