Lisandro Duque: el ateo que quiso ser santo

Un niño marcado por el peso ideológico de la religión, la adolescencia universitaria en la época política más convulsa el país, el cine como la mejor y la única revolución. Todos los factores que determinaron cómo un hombre decide quién ser.

Lisandro Duque nació en Sevilla, Valle, el 30 de octubre de 1943. / Cristian Garavito

Cuando Lisandro Duque tenía diez años decidió convertirse en santo. Su mamá, que lo llevaba a misa tres veces a la semana, decía que su mayor deseo era tener un hijo sacerdote: “Sacerdote no. Prefiero ser un santo de una vez”, le dijo un martes en la tarde cuando iban saliendo de la iglesia principal de Sevilla, Valle. Comenzó por lo básico: no mentir, no robarle a su papá los pesos que dejaba deliberadamente sobre la mesa del comedor, no pensar en niñas. “Me apliqué desde que tenía diez años a un ideal de perfección en mi conducta para volverme santo”. Duque está sentado en una de las salas en la redacción de El Espectador. Es viernes, el clima de Bogotá empieza a volver a su estado natural: frío, cielos lácteos, brisas ácidas. “¿Está lloviendo? Tengo frío, el frío nos hace sentir vivos, ¿no?”. Todo de verde: pantalón de paño y saco de pana. Zapatos cafés.

Su camino a la santificación continuó con la lectura de Vidas ejemplares, un libro de historietas que mostraba, a través del cómic, la vida de algunos santos como Domingo Savio y Juan Bosco. Lisandro Duque se propuso imitar sus vidas en todos los aspectos: “No podía participar en los juegos frívolos de mis compañeros, por eso fui un mal futbolista, pésimo atleta. No pronunciaba malas palabras, no pensaba en obscenidades. Una vez un cura que me confesó a los diez años me preguntó si yo tenía placeres solitarios. Yo no sabía qué era eso. Luego, varios años después, supe que los placeres solitarios por los que él me preguntaba eran la masturbación. Ni siquiera sabía qué significaba la palabra cuando el padre la mencionó”.

En las noches, antes de irse a dormir, recordaba lo que el padre, desde el púlpito dorado, decía como refiriéndose a él: “Si uno no se subordina a la perfección de Dios puede llegar a padecer del fuego eterno”, dice, mientras se queda quieto encima del sillón negro. Está mirando por la ventana y deja cerrados los ojos por varios segundos. “Recuerdo que tenía muchas pesadillas con una parábola que dice: ‘Un hombre le preguntó a Cristo ¿Cómo hago yo para entender la grandeza de Dios? Entonces Cristo respondió: Haz un hoyo en la arena con tu dedo e intenta meter todo el mar ahí’”. Duque deja de mirar la ventana, clava los ojos en la pared que está detrás de mí. Sus brazos caen lánguidos a cada lado del mueble. Vuelve.

“Esa es una figura tan compleja, además de ser literariamente hermosa. Uno de niño la traduce de una manera literal y yo fracasé en mis empeños de imaginarme cómo iba a hacer para meter todo el mar en un huequito hecho por mi dedo. Tenía pesadillas enormes con eso: me veía en una playa —y eso que no conocía el mar, pero lo había visto en cine—, tratando de meterlo en el huequito. ¿Cómo hago? ¿Cómo hago? Estaba tan desesperado”.
La niñez arremete en la memoria en dos sentidos: el bueno, recuerdos que uno magnifica para hacer más soportables los peores días y poder salvarse —como si fuera posible— con el vacío: “todo tiempo pasado fue mejor”, y el malo, segmentos del tiempo que uno oculta de la mayoría de miradas ajenas y que vienen siendo, al fin y al cabo, los que forman nuestra manera de actuar.

“Una de las condiciones para ser santo era que uno debía entrar en un éxtasis, sin embargo, yo nunca logré eso. No me elevaba, no ganaba la ingravidez, y eso me empezó a preocupar y me di cuenta de que algo estaba fallando. Un buen día, cuando tenía 14 años, supe que no lo lograba por un exceso de orgullo, de soberbia, el pretender la santificación: eso era demasiado, estaba pecando contra la humildad. Humildad que nadie tenía en la Iglesia; de la que los padres nos hablaban, pero ellos, con sus anillos de oro y sonrisas falsas, no practicaban”. Llegó la decepción y con eso, como pasa siempre, el enfrentamiento con el espejo —el peor de los enemigos—, los reclamos por haber renunciado a todos los placeres, a las fiestas, los juegos, los besos a escondidas. Ahí pasa, en esas grandes pérdidas: no se consigue sosiego, ni calma, ni nada cordial consigo mismo.

“Todo cambió cuando leí un libro de Bernard Shaw. Descubrí la frase: ‘He sido bueno sin asustarme ante el soborno del cielo’”. Se bebe de un sorbo el café que recién le traen. Pasa seguido: en la mitad de las oraciones se queda estático como si no encontrara la palabra precisa para referirse a algo. Hace un gesto particular con el índice, apoya el brazo izquierdo sobre el derecho y sube el pálido dedo hacia el cielo, lo mueve como si estuviera señalándole a alguien o algo la verdad. “Me decepcioné profundamente de la religión y empecé a mirar lo religioso, la idea de los curas y de dios como un estorbo para mi desarrollo. Renuncié a toda esos pensamientos y, desde entonces, soy una persona relajada en mi conducta y descubrí, además, que no necesitaba ser santo ni creyente para ser un caballero y un buen ciudadano”.

Perder a Dios es, no solo, perder la imagen creada por siglos de historia del mayor poder, del inmortal omnipresente; es —como si fuera poco— afrontar la idea de que no hay nada que remedie lo que somos, lo que hacemos. Es, mejor dicho, la certeza de estar solo. Siempre.

Lisandro Duque tenía 16 y la rebeldía vana de la adolescencia lo llevó a estudiar antropología en la Universidad Nacional, en Bogotá. Cambió la iglesia por los salones y comenzó a seguir, con el ansia sagrada de quien va a comulgar, a sus profesores: Darío Mesa, Magdalena León, Patiño Roselli. El mundo universitario lo atrapó entre las filas de los movimientos políticos de izquierda de la época y la repulsión y rabia que traía hacia la institución religiosa la descargó en el arte porque la guerrilla, como él mismo lo dice, no era para él. “Yo tranquilamente pude pertenecer a cualquier frente de algún grupo guerrillero. La Universidad Nacional tiene como hermosa cualidad fomentar el pensamiento libre y autónomo de sus estudiantes. Conocí a Carlos Pizarro, Alfonso Cano y todos los jóvenes que por esa época solo hablaban de la Revolución Cubana, de la creación de grupos insurgentes como las FARC (1964) y el ELN (1966). Pero sabés qué, yo no soy bueno para meterme al monte. Hubiese sido un pésimo guerrillero. Además creo que el arte hace grandes revoluciones, también”.

En 1970 fundó con Nelson Osorio, Carlos José Reyes, Santiago García y Patricia Ariza las Peñas Culturales de La Candelaria y en la Universidad Nacional recibió de Alberto Rahal la dirección del cineclub Ocho y Medio. Según la Revista Cinemateca ‘Duque es un autodidacta, estudioso del cine, que se ha hecho profesional, como tantos directores colombianos, en la prolífica y controvertida “escuela” del cortometraje del “sobreprecio’”. En 1974 dirige el corto Favor correrse atrás, con el que gana el primer premio en el concurso de cortometrajes del Festival de Cine de Cartagena. Después de este vendrían las producciones cortas No se admiten patos (1975), Lluvia colombiana (1976) en co dirección con Herminio Barrera, 38 corto 45 largo (1979), Hoy no frío, mañana sí (1980), TV or not TV (1980), Vivienda Campesina (1980).

En 1982 realiza su primer largometraje, El escarabajo, con el que gana un premio especial de la junta Organizadora del Festival de Cine de Cartagena y es presentado en Moscú a más de 45 mil personas. En 1983 realiza el mediometraje documental Arquitectura de la colonización Antioqueña, producido por FOCINE. Durante 1985 dirige Cafés y tertulias de Bogotá y Un ascensor de película. En 1986 haría su aparición su segundo largometraje Visa USA. En 1988 dirige Milagro en Roma (De la serie Amores difíciles). En 1990 adapta y dirige para el Canal RCN, La Vorágine, basada en la novela homónima del escritor colombiano José Eustasio Rivera. Esta producción resulta finalista en el Festival Mundial de TV de Nueva York, en 1991. En 1999 gana el premio a mejor guion de Largometraje de la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura con su obra Los actores del conflicto. En 2001 estrena el largometraje Los niños invisibles, película que consiguió el primer premio de guion argumental del Ministerio de la Cultura en 1997.

En todas las películas de Lisandro Duque hay un cura, una iglesia y un cementerio. “Son temas que me seducen desde el punto de vista moral, desde el punto de vista estético: a mí me encanta la estética de las iglesias, de los cementerios, eso me seduce mucho. Me seducen mucho los curas como factor de provocación ideológico, mía contra ellos, y por el papel que ellos han cumplido en la construcción de mi propia memoria y mi visión del mundo. Ahora te dije, desde la infancia he sufrido las pesadillas de toda la liturgia a la que fui sometido”.

El soborno del cielo, su quinta película, no es la excepción. Esta cinta, que dirige después de ocho años de no presentar trabajos fílmicos, está cargada de detalles que hacen parte de su propia vida. La tesis: el poder indiscriminado de un sacerdote en un pueblo conservador. Los personajes: jóvenes con repulsión hacia la religión con deseos de unirse y estropear las acciones religiosas de la iglesia en el pueblo. “Los jóvenes de los años 60 nos exaltábamos contra la presencia de lo religioso. Esta película se refiere a esa polarización entre jóvenes laicos y clérigos dogmáticos”.

Durante la conversación el celular le suena dos veces. Con agilidad cuelga cada llamada en menos de un minuto: “No puedo hablar. Ahora te llamo”. Creo que quiere otro café. Hace frío: las ventanas de la sala están salpicadas por pequeñas gotas de lo que sería dos horas más tarde, la tormenta que no había caído en Bogotá hacía más de tres meses.

—A veces creer en algo nos mantiene vivos.

—Ser incrédulo me ha garantizado una gran tranquilidad y serenidad de conciencia. Por eso sigo vivo.
 

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