¿Literatura de lo real?

Los dos escritores se encontraron en Barcelona para debatir sobre realidad, ficción, crónica y periodismo.

El conversatorio de Villoro y Caparrós, visto por un asistente. / Pedro Strukelj
Tomás Eloy Martínez imagina lo que Evita le dice a Perón en un documental y lo incluye en su libro de ficción Santa Evita (1995): “Gracias por existir”. Años después, él encontraría estas palabras en el Museo de Peronismo como una frase pronunciada por Eva Perón, y aunque él mismo las había inventado le dijeron que quién se creía para atreverse a desmentirla. La anécdota la cuenta Juan Villoro y concluye: “Tomás Eloy era un inventor de realidades que afirmaba que la crónica debía intervenir en el porvenir”. “¿Y qué más da si lo dijo o no?”, agrega Martín Caparrós con una sonrisa. La historia recuerda los 3.408 muertos de Cien Años de Soledad, en la Masacre de las Bananeras en 1928, cifra que se acerca más a la realidad que los 8 muertos y 20 heridos oficiales que reportaba la prensa del momento y que continúan en debate.
 
Literatura de lo real es el ciclo organizado por Casa América de Catalunya, que reúne a Caparrós y Villoro, reconocidos periodistas y escritores latinoamericanos. Los dos se hablan con la mirada, recuerdan anécdotas del pasado que no cuentan al público, pero que están en la memoria de tantos años de amistad y de admiración mutua. No tienen un límite cuando se reúnen a hablar sobre fútbol, libros, mujeres y viajes; pero esta noche es diferente y existe un tema específico: el legado literario de Carlos Monsiváis y Tomás Eloy Martínez, a propósito de los cinco años que se cumplen de la muerte de ambos. En primera fila está sentado Jorge Herralde, dueño de Anagrama y editor de los dos invitados, quien ya debe haber oído muchas de las historias, pero que no quiere perderse el buen rato que se pasa escuchándolos. Justo detrás de él alguien los dibuja.
 
“Literatura de lo real es como decir cocina de la comida”, afirma Caparrós. Es un hecho que la gente todavía se emociona y le da más puntos a favor cuando una película o un libro dice que es basado en hechos reales. Y continúa: “se le llama así porque no hay otra forma de llamarla, pero toda literatura viene de lo real, de experiencias vividas”. Es entonces cuando aparece en la charla el ingeniero alemán, que se afeitaba con jugo de duraznos que se inventó García Márquez para escribir su crónica “Caracas sin agua”. Y por supuesto, la conversación llega al punto inevitable cuando se habla de la verdad en la crónica: Ryszard Kapu?ci?ski. “No estamos leyendo las tablas de la ley y sigue siendo maravilloso leerlo”, dice Juan Villoro, “el problema fue que él afirmaba su presencia en el hecho histórico y se anunció como apóstol de la realidad”. “La verdad es que a Domoslawsk se le notaba la mala leche”, agrega Caparrós. Hablan de Kapuscinski non fiction, biografía escrita por Artur Domoslawsk, discípulo y amigo del cronista polaco durante nueve años, en la que desmiente hechos narrados por su maestro.
 
Carlos Monsiváis nunca escribió ficción y la realidad en México no existía sin él, tenía una capacidad para juzgarla que lo llevó a ser un reconocido ensayista y cronista, admirado y respetado por colegas y lectores. Caparrós dice que supo de su importancia en una charla sobre la vida y la muerte, en la que las personas se empujaban para entrar a verlo. Villoro cuenta que una vez le preguntó a un directivo del Palacio de Bellas Artes cómo decidían quién era velado allí, “fácil, le pregunto a Monsiváis”. Era tanta la admiración que la gente sentía por él que nadie se atrevía a contradecirlo, y continúa Villoro: “una vez, en una charla sobre fútbol, le pidieron su opinión sobre los penales y él respondió que el hacinamiento era uno de los mayores problemas de las cárceles del país y que para solucionarlo… Es el colmo que la selección de México no le hubiera hecho un homenaje a Monsiváis, que murió durante el mundial de Sudáfrica, en cambio los jugadores de Portugal sí se lo hicieron a Saramago, y bueno, es que Monsiváis odiaba el fútbol”.
 
Los cronistas latinoamericanos están de moda, los nuevos periodistas quieren escribir como sus maestros, mejorarlos si es posible. Varias revistas los publican. La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, apoya proyectos de periodismo  narrativo y editoriales como  Anagrama y Alfaguara, entre otras,  han editado antologías al respecto. 
Sin embargo, el término cronista no siempre tuvo el prestigio de hoy. Anteriormente era quien recogía los datos en la calle y se los pasaba al redactor que hacía la nota. Villoro supo que escribía crónicas cuando leyó en un diario que él escribía crónicas y Caparrós se llamó a sí mismo cronista, porque le gustaba el lado oscuro de la palabra —Crónica se llama un periódico amarillista de Argentina—. La crónica, como dijo Tomás Eloy Martínez, debe intervenir en el porvenir, así como lo hizo él mismo, también Carlos Monsiváis, Caparrós y Villoro, entre otros.
 
Afuera del salón, se puede comprar El hambre, el último libro de Caparrós; Arrecife, de Juan Villoro, El vuelo de la reina de Tomás Eloy Martínez y Los ídolos a nado, de Carlos Monsiváis, al que está dedicado el altar de muertos tradicional de la Casa América de Catalunya. Se acaba la charla, el ilustrador termina su trabajo y cierra el cuaderno. Caparrós y Villoro firman autógrafos, piensan en la cena y la charla que seguramente continuará más tarde.

 

últimas noticias

Fidel Castro el día de su cumpleaños 70

Una botella en la maleta