Literatura después de la guerra

El novelista, poeta y ensayista Pablo Montoya –ganador de los Premios Rómulo Gallegos y José Donoso–, con ocasión de su visita al Quindío en el marco del X Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales –que irá del 6 al 9 de septiembre– reflexiona sobre los retos que la escritura literaria enfrentará en la Colombia del postconflicto con las Farc.

Cortesía

En su trabajo literario hay una permanente preocupación por el papel de los intelectuales y de los artistas en las sociedades en crisis. ¿Cuál será, en su opinión, el rol de estos personajes en la Colombia de hoy, después de cerrado el capítulo del conflicto armado con las Farc?

Goethe decía que a los hombres les es difícil soportar una serie de días buenos.  La ausencia de esta guerra que acaba de terminar sería, en principio, el inicio de unos días buenos. Pero si hay algo arduo de manejar es, justamente, la paz. Conservarla sin que se quebrante es de las cosas más complicadas, teniendo en cuenta sobre todo el tipo de país que hemos construido, plagado de inequidad social, violencia y corrupción. Hemos visto que al dejar las Farc sus armas, se han manifestado otras bestias del crimen y la brutalidad. Pero esto es así, de alguna manera, porque tenemos un Estado, con su clase dirigente, que también tiene hundido sus pies en terrenos delictivos merecedores todo nuestro repudio. En realidad, los seres humanos de esta parte del mundo siempre hemos transitado la crisis, y los acuerdos de paz no significan esos días buenos que señalaba Goethe. Al contrario, se avecinan tiempos aciagos en que los escritores y artistas, en el sentido en que ellos son la conciencia crítica e independiente de la sociedad, deben indagar en esa guerra que se ha terminado, en sus zonas oscuras que son muchas, en sus rincones silenciados que son tantos. Nuestro rol, una vez más, como siempre ha sido, es indagar en esa bruma viciada desde nuestro oficio, con nuestras herramientas, para cicatrizar las heridas provocadas por esa guerra. Qué tremenda obligación verle los lados espantosos al país, no para olvidarlos después, sino para transformarlos en una especie de perdón. Erasmo dice que ya es un paso inmenso que damos hacia la salud reconocer nuestra inmensa enfermedad. Porque una paz que solo beneficie intereses económicos y políticos y olvide nuestra labor cuestionadora y a la vez reparadora, es una paz que provocará en los ciudadanos más resentimiento y dolor. 

En un famoso texto Orwell habló del uso que daban los partidos al lenguaje político: que las mentiras parezcan verdades. ¿Cómo se le puede volver a dar valor a las palabras después del empleo sistemático de los eufemismos: la guerrilla llamando retenciones a los secuestros y la derecha llamando migrantes internos a los desplazados?

Siempre he pensado que los acuerdos de paz, y el de Colombia no se salva de esta consideración, son acuerdos firmados por victimarios. Sé que es un acuerdo logrado no por victoria militar, sino por negociación y las leyes de la justicia han evolucionado.  Pero esto no significa que deje de ser un acuerdo firmado entre asesinos arrepentidos de sus fechorías legales o ilegales.  Sin duda, en ello hay magnificencia en el sentido ético y moral, pero todo acuerdo está rodeado inevitablemente de sospecha. El problema, además, es que son legalizaciones de la paz que terminan beneficiando, una vez más, a los representantes del poder militar, económico y político, y las innumerables victimas pueden correr el riesgo de quedar varadas en el limbo de la impotencia y el resentimiento. No ignoro que todo eso puede pasar en un país como Colombia, tan proclive a la amnesia y a la injusticia. Es muy posible que los grandes culpables sean tildados con otro eufemismo: responsables, y que esos responsables no serán los verdaderos culpables de nuestro infortunio. Pero también tengo presente la afirmación de Erasmo: “la paz más injusta es siempre preferible a la más justa de las guerras”. Los negociaciones de paz entre el gobierno y las FARC, hasta el momento, han demostrado que la violencia que ejercían antes se ha reducido. Y esto, por supuesto, lo celebro.  Y celebro, igualmente, que ya no haya tanto dinero y tanta energía humana gastada en las siempre inútiles y absurdas guerras. Soy un pacifista en la línea de Erasmo, de Tolstoi, de Stefan Zweig, de Romain Rolland, de Hermann Hesse, de Tagore. A ellos acudo, más que a los juristas o a los columnistas de opinión, para comportarme ante el mundo vil y degradado que nos ha correspondido. Pero mi apoyo a este tipo de paz, no quiere decir que yo, como escritor, esté inclinándome ante los representantes del poder militar, y esté al servicio de uno u otro partido político. La apoyo, simplemente, porque es una manera de hacer retroceder la guerra. Por lo tanto, creo que lo que debemos hacer los artistas, en la construcción de esta paz tortuosa, es ponernos no al lado de los representantes del poder, sino del lado de las víctimas. Con esta divisa indestructible, con la confianza en nuestro oficio, acudiendo a la imaginación y a la inventiva, al trabajo azaroso que emprendemos con la palabra, con el sonido, con el color, podremos enfrentar esas mentiras disfrazadas de verdades, esa ironía ominosa que utilizan los políticos en sus lecturas de los males con que han azotado a Colombia.  

  ¿El postconflicto marcará un momento de quiebre en la literatura colombiana? ¿Saldrán temas distintos y escrituras distintas?

Es muy posible que así suceda. Recordemos que con la violencia partidista de los años 50 del siglo XX surgieron un montón de obras literarias sobre ese tema. Pero fue un fenómeno, a mi juicio, más cuantitativo que cualitativo. Con todo, no podemos negar que en ese período surgieron libros importantes para nuestra historia literaria. Pensemos, por ejemplo, en El cristo de espaldas de Caballero Calderón, en El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez, en los cuentos de Cenizas para el viento de Hernando Téllez. El problema es que con este posconflicto vendrán obras marcadas por un tema muy delicado porque es muy manido en nuestra literatura: el de la violencia. Pero con una buena dosis de talento y de disciplina surgirán obras notables. Acaso en este tiempo aparezca, por fin, la gran novela sobre el narcotráfico que estamos esperando; la gran novela sobre las guerras entre paramilitares, guerrilleros y narcotraficantes. Porque no hay que olvidar que hay una dura premisa en la historia del arte: de los tiempos sombríos es que brotan las obras maestras. Pero si no llegan obras de tal altura, de todas formas el impacto social que tiene el posconflicto hará que los historiadores hablen de una literatura que inaugura un nuevo período. Ahora bien, por mi parte, frente al propósito de escribir una novela sobre la violencia hice Los derrotados, que es un libro que aborda el tema de la militancia revolucionaria y su vínculo con la ciencia y el arte desde la Independencia hasta los inicios del siglo XXI. En ella quise oxigenar un poco el panorama de nuestra novelística enfocando la narración a través de una propuesta formal que asume la novela como una bodega donde caben diversos tiempos, diversos espacios, diversas escrituras genéricas.  

¿Cuáles han sido los libros que han ayudado a consolidar su visión sobre los problemas colombianos –un tema que usted abordó en un discurso reciente?

Fue La vorágine de Rivera la primera novela que me reveló uno de los panoramas más pavorosos de Colombia. No sólo el de las matanzas indígenas de las caucheras cometidas en las selvas del Putumayo y la Amazonía por la Casa Arana, sino la realidad de una nación conformada por varias regiones periféricas, pegadas por las babas mezquinas de una administración centralista. Luego vinieron un grupo de libros de la violencia partidista donde podría ubicar los cuentos de Cenizas para el viento de Hernando Téllez, El cristo de espaldas de Caballero Calderón y El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez. Creo, además, que Cien años de soledad me mostró el triste equívoco, la extraviada decepción que dejó la derrota de los liberables de la Guerra de los Mil días, y luego el silenciamiento de la masacre de las bananeras, también recreada magistralmente por Cepeda Samudio en La casa grande. El impacto que me produzco Changó el gran putas de Zapata Olivella fue impresionante porque en esas páginas conocí las formas en que los negros colombianos han sido estigmatizados por esos mismos poderes blancos y católicos que han regido con torpeza los destinos de Colombia. Aunque sé que no es propiamente un libro de literatura, considero que No nacimos pa semilla de Alonso Salazar muestra con claridad la dura realidad de los jóvenes sicarios que dejó el paso del narcotráfico por Medellín en los años 70 y 80 del siglo pasado. En esta dirección, La virgen de los sicarios de Fernando vallejo me zarandeó con su mirada sarcástica de esa misma Medellín agresiva y enferma que Salazar empezó a trazar. Hay una novela, finalmente, que me parece las más liberadora de todas las que he leído en la narrativa colombiana, se trata de La ceiba de la memoria de Roberto Burgos Cantor. Esta novela ausculta en la profunda herida de la esclavitud en la Cartagena de Indias del siglo XVII. Burgos Cantor no solo nos devela esa fisura del pasado que continúa en el presente, pues Cartagena, y Colombia misma, es una ciudad segregacionista y racista, sino que a través de la lectura de su novela provocó en mí una suerte de liberación de esas dolencias que deja el pasado. Liberación que, por supuesto, agradezco siempre.

 

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